Pues… hoy quiero invitarlos a mi fiesta, los invito a danzar, cantar… ¡vamos!… ¡los invito a la vida! Pinten de colores vivos los paraguas y pinten de color las bicicletas.

O vengan como estén, es decir, pueden dejar las máscaras si así lo desean… aunque es posible que el mundo ya no los reconozca. Y no teman, esto que ven rodando por mi rostro no son lágrimas, no es dolor ni tristeza, es que estuvo lloviendo en el camino y ya ustedes saben: la lluvia nos alcanza. Pero miren mi máscara, esta sonrisa grande, esta alegría inmensa, tanta felicidad que se me salta que, aunque las lloviznas haya desdibujado un poco, sigue ahí, en el rostro que aún no se derrumba. Mi máscara… compañera de oficio. Y sí, es posible que oculte un vacío grande como la vida misma, es posible… Pero no importa: mi oficio es reír y hacer reír, pues… ¡nada más importa!, los invito a la fiesta.

Y si me ven llorar, no se preocupen; es función del payaso, parte de la comedia. Vengan con todo lo que tienen, descorran la cortina, canten desaforados, suelten globos al aire con estrellas y lunas, tiren besos al aire desde la palma de sus manos y rueden por la arena, llénense esos ojos con la dulce locura de esta vida alucinante, hasta que el público aplauda con delirio….

Después, siéntense aquí, a mi lado. Y pensemos….

José Manuel Solá

20 abril de 2015