piedra

El Río Seco

por Roberto López

El olor a pólvora todavía circulaba el aire cuando Guillo Mono regresó de Cerrillo con una hermosa piedra, de color amarillo latón que estaba rajada por la mitad.

A mi amigo Güisín no le quedó una chispa de duda que aquello era oro.

Atrás quedaron las fracasadas y ciegas  excursiones sabatinas en busca de La cueva del indio. Ese sábado nos arrojamos a la desesperada búsqueda del preciado metal y fuimos para el Cerrillo donde dinamitaban los montes para construir la autopista. Allí con cada explosión, el oro parecía caer del cielo y llenamos dos sacos de piedras hermosas.

Queríamos regresar antes que cayera la noche y nos cruzara el paso el látigo negro, el jacho centeno o un chulo con corva en mano. Por eso enterramos el tesoro y marcamos el escondite con osamenta y mierda de vaca y regresamos de prisa para El Malecón.

Al día siguiente recogimos nuestra fortuna y bajo el candente sol arrastramos aquellos sacos de piedra por 5 horas desde Las Marías hasta Borinquen. El río seco era como un desierto y remolinos de arena castigaban nuestras caras hiriendo los ojos y la boca.

No sé si era la fiebre de oro o la sed, pero Güisin deliraba cuando dijo que iba a comprar un unicornio de color negro azabache, con silla de plata y riendas de oro para ir a Las Ochenta a conquistar unas  muchachas guerreras, que según Guillo Mono, tenían la piel canela, los labios carnosos, el pelo sedoso y unas curvas de diosa.   Yo tenía los pies firmes sobre la tierra, y solo entretenía la idea de ir para las machinas y comprar cien taquillas para mí y para Nancy, una rubia del caserío que me tenía loco y la que siempre quise que se montara en el gusano conmigo en pos de un primer beso.

Dejamos de hablar aquellos disparates de bucéfalos y amazonas cuando divisamos, con la ansiedad del que  descubre un oasis, una humilde casa a la entrada de Borinquen, donde una señora de porte agradable vendía guarapo de caña envasado en canecas. Llegamos hasta allí y pedimos tres canecas para cada uno y ofrecimos pagar con una piedra que seguro era suficiente para que ella se comprara una lavadora de ropa, una estufa de gas, un traje nuevo y con todo y eso le sobraría un montón.

Ella en cambio, nos regaló una sonrisa y una caneca del delicioso néctar y llamó a Paíto para que fuera el ministro de las malas noticias. Paíto era un melonero que había viajado mucho.  En esos viajes por los campos del norte adquirió mucha sabiduría y era gran conocedor de metales preciosos, cosa que atestiguaba su dentadura de oro que cuando él se reía, opacaba al sol.

Y se nos nubló el cielo por su risotada después que nos dijo que las piedras eran oro del bobo.

No todo fue perdido, pues la viejita nos compró los dos sacos de piedra por cincuenta centavos. Y le ayudamos a espetar en la tierra una vara de junco que usó para ondear orgullosamente una bandera verde y blanca que le trajo Cachola el independentista. Las piedras y sus destellos de esperanza sirvieron de base y apoyo para que el junco jamás se doblegara ante los vientos del norte.

De regreso al Malecón vi a Nancy montada en el “manubrio” de la bicicleta de Josecito.  Y con el corazón roto fui y le pregunté a Guillo Mono si era verdad lo de las amazonas en Las Ochenta.

©Roberto López

2 pensamientos en “El Río Seco

  1. Roberto fantástico tu relato…de hecho había extrañado tus escritos que todos han sido muy buenos.

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