La Musa Puertorriqueña /Marinín Torregrosa Sánchez

A Zeus le intrigaba el sentimiento que podía esconderse bajo la piel de ébano de los esclavos traídos de África. Admirado por su fortaleza y resistencia al trabajo pesado, decidió ir en busca de la diosa que procreó esa raza tan férrea. Cuando encontró a Yemayá quedó fascinado con la belleza de la diosa, su rostro impávido, su piel tersa y brillosa, uniformemente coloreada de una oscura pasión. Mientras, Yemayá se mostró esquiva a sus requerimientos amorosos.

— ¿Qué deseas diosa de la piel nocturna? Lo que pidas traeré ante ti: ¿Inmortalidad? ¿Belleza? ¿Poder?  Lo que quieras.., venerada diosa.

—Tengo pleno dominio de estas extensas tierras, pero anhelo poseer un lugar pequeño rodeado de todas las bellezas. Que las pueda tener a mi alcance con solo voltear mi rostro. Quiero un paraíso en medio de los mares.

Dicho esto Zeus lanzó rayos en una tormenta sobre los mares y de un turbulento remolino brotó una Isla repleta de bellezas y manjares. Seducida por tanta hermosura, la diosa se entrego al amor.  Allí pasaron noches intensas, días felices. Procrearon una sola hija, Atabey, a la que dejaron por herencia aquella Isla y todas sus riquezas.

Jamás laflora tropical historia menciona este incidente, lo ocultan como si fuese pecado de dioses herejes.  Atabey nunca conoció su origen, solo que sus deseos siempre fueron cumplidos. Así se creó la flora, la fauna y los hermosos contornos del archipiélago borincano:  en una conspiración de dioses: un antojo de Yemayá, un deseo ardiente de Zeus y la providencia de Atabey.

Lo demás está en los libros de historia. Nació una nueva raza, la puertorriqueña. Es por eso que esta musa nacida en la isla del encanto, poetisa, con bemba pintada de achiote y tambor en las caderas; teje versos descalza y en tacones coquetea con letras en su garganta.

Un hombre, convencido de que era la fuente de inspiración de sus versos, la ató bajo su sombra. La poetisa vivió muchos años sumisa al dominio de un ego ajeno. Del amor y el desamor deshiló tejidos dolorosos, desenterró espinas que convirtió en luceros de extremo fulgor. Porque le hicieron creer que los versos más bellos nacen del dolor.

Hasta que una noche de tormenta, iluminada por Zeus, pudo cantar su verso consciente de que en ellos hablaba de sus anhelos, no con las voces de aquel hombre. Aquella noche tormentosa en cada estrofa parida encontró el rastro de ella misma, de sus deseos. Entonces broto la cantera de sentimientos que latían en su piel, el largo exilio bajo la sombre de su carcelero no mató su inspiración.

Marchó entonces con su libreta a fotografiar con letras al mundo. Descubrió la diversidad en la creación, caminó las veredas de otros, trazó nuevos senderos, esculpió cuerpos de agua y luz, domó al salvaje tiempo y encerró en su puño el canto del turpial. Se entregó al mar, besó la copa del flamboyán, la llenó de vino tinto y la derramó en su corpiño sólo para sanar la sed de un destino.  Elevó su pensamiento a la cumbre del pico más alto, se fumó la niebla, bebió sol y lluvia. Esperó el amanecer a la orilla del precipicio… contó estrellas hasta que salió la luna llena.

La esencia estaba en ella. No devolvió los versos escritos al hombre, como había pensado. Los revistió de vida, de libertad…

¿A dónde fue a parar la poetisa? La última vez que la vieron, andaba hablando con unos ingenieros: quiere aprisionar la luz del sol para observar desde su balcón una luna llena eterna, en noches de bohemia.

 

©Marinín Torregrosa Sánchez, 19 de noviembre de 2014.

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