Anécdota de un secretario y guía turístico / Roberto Quiñones Rivera

TirismoHace varios años atrás mi compadre y concuñado, Nandy Rodríguez y Yo, decidimos hacer un viaje de placer junto a nuestras esposas a una país muy concurrido por los puertorriqueños.

Ya establecidos en el hotel decidimos salir a explorar el ambiente. Para sorpresa nuestra se acercó un joven y se ofreció como nuestro secretario para ayudarnos con la carga de lo que compráramos. En realidad no nos sorprendió su ofrecimiento ya que notamos de inmediato que el chico era muy educado y decidimos permitirle que cargara los paquetes y nos acompañara por la ciudad.

Verdaderamente fue un acierto tenerlo con nosotros. Se conocía al dedillo la ciudad y la historia de su país. Muchos detalles que tanto Nandy, como yo, conocíamos del país los comentábamos y sorprendía como era capaz de responder, aclarar y abundar sobre los mismos.

Como indique al principio nuestro grupo estaba compuesto de gente mayor y acompañados por nuestras esposas. Este joven se comportaba de manera extraordinaria y se ajustaba a nuestros pedidos de lo que queríamos ver y al tiempo que queríamos dedicarle. Varias veces se le dijo que no era necesario que nos acompañara todo el tiempo si no eran de su agrado los lugares que queríamos visitar, pero nunca quiso dejarnos solos. Al amanecer ya estaba en el vestíbulo del hotel esperando por nuestro grupo.

Cuento esta historia como una anécdota porque el chiquillo, del cual no recuerdo su nombre, en un momento donde se entabló la conversación clásica, ya que las esposas estaban retrasadas, de que los puertorriqueños iban a ese país pendiente a cierto grupo de féminas dedicada a complacer al hombre visitante, el chico, demostrando vasta experiencia, nos dijo que también conocía ese campo.

Sorprendidos por su afirmación y para matar nuestra curiosidad, porque solo fue curiosidad, le preguntamos que sabía de ese campo. El sin pensarlo mucho dijo que dejáramos a las niñas entretenidas en el hotel y complacía nuestra curiosidad. Por supuesto simplemente la curiosidad nos permitió seguir preguntando sobre el tema, en lo que las esposas bajaban del cuarto.

Para probar su conocimiento le pregunté cuánto me costaría una odisea en ese campo. Me respondió que hiciera una oferta para determinar el sitio adecuado. En forma de broma le digo que disponía únicamente de cinco dólares, de inmediato reaccionó indicando que eso sería para una porquería. Yo le digo entonces que hasta cien. Su reacción entonces fue de imposibilidad de su parte porque esa oferta seria por la chica del Presidente. En ese momento bajaron nuestras esposas y cambiamos el tema.

©Roberto Quiñones Rivera

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