Juan Ventura: exponente del arte dominicano

por Abil Peralta Agüero

JUAN VENTURA, PINTORYo sabía por convicción propia y por estudio y conocimiento de la filosofía, la psicología y la sociología del arte, que Jakson Pollock, uno de los padres fundadores del expresionismo abstracto norteamericano y uno de los artistas más cotizados del mundo había cultivado una siembra de música, danza, aire y tormento existencial en su memoria creativa para convertirla en extensión de su propia sangre y espíritu en las estructuras formales de sus pinturas. Un fenómeno sociológico y antropológico, que posteriormente lo convertiría a él en un poderoso signo y marca de orgullo para el pueblo norteamericano, y en un admirado artista universal.

Eso yo lo sabía. Pero lo que no había descubierto aun, a pesar del largo y apasionado andar por la historia del arte dominicano y el arte universal era que, justamente al norte de la República Dominicana había un Juan Ventura que era artista, específicamente pintor, y que había tenido el coraje místico de sembrar en la memoria de su corazón y de su espíritu, en su sangre y su cabeza todos los huracanes del Caribe y sus vientos más desatados y misteriosos para, poco a poco, convertirlos en santuarios de belleza en los campos de acción pictórica que traduce en verdades reflexivas y meditativas en sus telas; en las que nos habla con profundo amor y pasión sobre las múltiples heridas que durante los dos últimos siglos ha sufrido la tierra como consecuencia directa de los severos ataques del hombre al que generosamente le ha proporcionado belleza, hábitat, alimento, agua, aire, luz, espacio de amor y color. Un ecologista biblista y profético, dotado de una tormentosa carga de amor a la humanidad y a la tierra, reconociéndola en su arte como nuestra única casa primera.

Juan Ventura es un pintor monástico que por iniciativa personal ha decidido vivir en el claustro del silencio de su taller, fuera del ruido del espectáculo circense, de la banalidad y del falso abrazo de hoy, para poder producir una pintura sincera y visceral, cargada de poder, energía y pasión en la que prevalecen las fuerzas de la palabra primera; el drama y las ciencias primarias de la línea que vimos y sentimos en el Vitrubio de Leonardo Da Vinci y en las tensiones de líneas cruzadas del conjunto de murales que componen El Juicio Final Miguel Ángel de la Capilla Sixtina, en Roma, Italia. Ventura es un audaz constructor de ríos y de tormentas, un mágico hacedor de espectrales campos de color y de luz, desde los que anuncia la omnipresencia de un nuevo y seguro nacimiento del hombre y de la tierra; un constructor de verdades latentes y de seres y símbolos no visibles que nos hablan en parábolas y en lenguas vivas de un nuevo momento para la belleza y el arte como reflexión; y lo hace con coraje y determinación, apostando al misterio del arte y su sensible y sabio hablar.

Desde las metáforas criticas y manifestaciones psicológicas y emocionales de de su arte, nos habla de la memoria y de su sombra; nos habla de la intensidad de las contradicciones de la historia contemporánea, de la alegría del siglo xxi; nos habla con la vigilia y con el sueño en sus manos; lo escribe con los gestos, trazos y campos magnéticos en que convierte sus telas.

Nos habla fuerte y vibrante para que el que esté dormido sienta el golpe del sonido de sus trazos, de sus brochazos, pinceladas y espatulazos cargados de ira y también de amor; nos habla desde sus colores, empastes, manchas, veladuras y sombras, para que el que mira y contempla su arte, si tiene conciencia crítica, despierte y se mantenga alerta ahora y siempre.

Para la producción de su obra pictórica, tan propia de la demencial expresión de las emociones altas de un esquizo, como el ser y el crear de los grandes y muy sensibles poetas y artistas, el pintor Juan Ventura, siempre armado hasta los dientes del poder de la poesía, porque es también poeta, se ha apropiado de los recursos estilísticos del expresionismo abstracto; ese movimiento de la pintura norteamericana, tan poderoso, nacido después de la Segunda Guerra Mundial, que la propia Central de Inteligencia CIA se apoderó de el por su carácter seductivo, adictivo e hipnótico, porque como bien lo alcanza el artista en la fuerza de sus telas, los campos de color y repertorio simbólico de la arquitectura interior de su arte penetran como rayos hasta el alma misma de quien mira y siente las estructuras alfabéticas de su lenguaje visual.

Todo cuanto afirmo, con el expreso propósito de que así lo recoja y suscriba la historia de la pintura moderna y contemporánea de la República Dominicana, lo percibí desde el primer contacto de lectura de su obra en su taller de Sosua, Puerto Plata; pero ya antes había sentido sus señales cuando una de sus obras había merecido la distinción de especialistas en 1994 durante la xix Bienal Nacional de Artes Visuales, donde una de sus telas había sido seleccionada para aquella memorable exposición nacional en el Museo de Arte Moderno.

Se trata de un auténtico artista que ha cultivado y trabajado desde una personalidad discreta y humilde, un creador que a pesar de la discreción de su presencia en la escena del arte nacional ha encontrado la legitimación y la respetuosa atención de maestros consagrados de la modernidad pictórica dominicana como el artista Orlando Menicucci, quien lo distinguió exponiendo sus obras junto a las de Juan Ventura; contando igualmente con la determinante admiración y legitimación histórica, critica, teórica y conceptual de especialistas e historiadores de arte dominicano de la dimensión y trascendencia del reputado historiador y Danilo de los Santos y Laura Gil.

El primero, crítico de arte y autor de una monumental producción editorial sobre la historia del arte nacional; y la segunda, crítica de arte y académica, además de una enjundiosa estudiosa y filosofa del arte, ambos, en respectivas presentaciones de catálogos pusieron su ojo crítico y analítico sobre la obra irrefrenable que nace de las manos de Juan Ventura y de su intensa capacidad de diálogo con el viento, con el centro de la tierra y con el corazón de los océanos, en un parlamento extendido hasta sueños tan intensos, que parecieran ser espasmos orgásmicos de la tierra misma bramando porque un ser como él escriba, como lo hace en sus pinturas, letras como gritos en su nombre, una y tantas veces, como fueron escritos los versos enunciadores del Apocalipsis de Juan, los que el pintor dominicano ha sabido traducir en acción de la memoria y en santuarios de belleza y meditación mandalica.

El autor es crítico de arte, curador y consultor de artes visuales. Es miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte AICA, y de la Asociación Dominicana de Críticos de Arte ADCA.

Foto: El progreso

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