Allá por el 42 : cuentos de prófugos

por Carlos Román Ramírez

Siete y treinta de una soleada mañana del mes de abril de 1942. Kilómetro 1.1 de la carretera de Trujillo Alto a Gurabo, también al Barrio Quebrada Infierno. Así le llamaban por las crecidas de la dichosa quebrada que, a veces, por días hacía imposible el paso de los vecinos hasta el pueblo. Años después el gobierno construyó un puente y el barrio cambió su nombre a Barrio La Gloria.

Siete y treinta y caminando bajan de la ruralía los estudiantes hasta la escuela primaria localizada a la entrada del pueblito. Al pasar Polín, Juanchín y Gervacio frente a la casa localizada en el mencionado kilómetro, Carlitos se unía a ellos camino a la escuela. Eran sus mejores amigos, todos en primer grado. Atrás quedaban su madre María y sus dos hermanos menores, Diego y Pepito.

El trecho por la carretera embreada  años antes que Carlitos ni pensara ir a primer grado era casi todo el tiempo bajando curva tras curva. Los bordes de la brea eran con pasto bien recortado por Natalio Aponte, el caminero tan apreciado y respetado por todos, tanto que llegó a ser alcalde del pueblo. A lado y lado de la carretera había árboles grandes,  los flamboyanes  florecidos serían un recuerdo perdurable para los que cada mañana por allí transitaban bajo sol tempranero, llovizna o lluvia, con paraguas siempre compartidos, no todos podían tener uno. Si la lluvia arreciaba había cobijo en las pocas casas localizadas en parte del trayecto. Si arreciaba cuando no había casas, algunos catarros eran inevitables.

Era un tiempo de oro dentro de la pobreza generalizada. Apenas pasaban automóviles por lo que todos caminaban a sus anchas, a veces jugueteaban en el trayecto pero procurando mantener el paso pues nadie tenía reloj y había que llegar temprano al salón de la  maestra, Mrs. Valcárcel. ¡Grandes maestros de aquel tiempo!

SE BUSCAA fines de abril llegó la noticia de que Francisco, un prófugo peligroso andaba por los alrededores. La intranquilidad se fue apoderando de padres y estudiantes. Era un individuo grueso y bastante alto que había cometido un sinfín de fechorías en más de un pueblo. Algunos decían que estaba loco. Era preocupante que fuera a atacar a algún niño. Los padres instruyeron a sus hijos que fueran en grupos grandes y atentos a las áreas donde hubiese maleza. De allí podría salir el malhechor. Todos hicieron caso. Carlitos bajaba ya con nueve o diez compañeros de clase. Polín era de los más bajitos pero pesaba casi el doble de cualquiera otro. Nadie sabía por qué estaba tan grueso, obviamente no era ágil y los demás hacían bromas con él.

La noche había sido lluviosa, el sol salió tímidamente y el trayecto ese día se convirtió en algo especial. En dirección al pueblo, el borde izquierdo de la carretera estaba resbaladizo y en algunos sectores daba a unos s riscos peligrosos. Los padres habían advertido a sus hijos sobre aquello. Los muchachos estaban de broma con Polín. Éste se reía y a veces se molestaba. Así iban bajando por el camino sin darse cuenta que estaban a punto de vivir una experiencia que recordarían el resto de sus vidas. En un momento alguien tiro un objeto a los pies de Polín y éste, del susto brincó hacia el lado, perdió el equilibrio y cayó por un risco,  ¡eran como  treinta pies de profundidad! Todos horrorizados acudieron a mirar lo sucedido, ¡el gordo Polín se había caído por el risco! Por suerte y para alivio de los muchachos, especialmente de quien le tiró el objeto, a unos doce pies había una saliente entre yerbajos y allí quedó Polín medio maltrecho agarrado de unos matojos. Desde arriba sus ojos se veían desorbitados del susto. Habían otros dieciocho o veinte pies hasta el fondo y Polín estaba en peligro de caer.  Pedía ayuda pero nadie se atrevía bajar hasta allá. De todas maneras qué podían hacer con alguien tan pesado.

Pasaron quince o veinte minutos y nadie llegaba por la carretera, Polín gritaba y los demás le gritaban que se aguantara bien de los matojos. De pronto, salió un hombre alto y flaco desde la maleza al otro lado de la carretera. Su vestimenta estaba hecha girones y tenía una barba espesa, se veía demacrado. Todos se horrorizaron e iban a salir corriendo pero  se dieron cuenta que aquel no podía ser Francisco el prófugo pues el aparecido era en extremo delgado y Francisco era grueso. La actitud amigable del extraño terminó por disipar el miedo. Estaban encentrados en  el problema de Polín. Todos a la vez trataban de explicar lo sucedido. El desconocido los calmó diciendo que él conocía  cuanto monte y risco había en el lugar y que les traería a  Polín de regreso. Bajó con gran destreza por el risco y mientras subía con Polín aferrado a su espalda algunos pensaron ¡qué hombre tan bueno, lo vamos a querer siempre!  Todos abrazaban a Polín que sólo mostraba algunos rasguños pero estaba jincho como un lirio.  Prometían no volver a hacerle maldades, algunos lloraban después del susto. Mientras tanto, el desconocido, sin despedirse y sin que alguien lo notara se perdió entre la maleza. El primero en notar que ya no estaba fue Gervacio quien exclamó: ¡yo creo que fue un ángel que bajó a ayudar a Polín! ¡qué flacos son los ángeles! Poco tiempo después la policía capturó a Francisco. Pesaba noventa libras.

 Carlos Román Ramírez, mayo 2014

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