La Rebelión de los espíritus # 10: Sobre el fuego

por Edwin Ferrer

brazas de carbomMarilyn Boroneo se bautizó en Haití graduándose magna cum laude en el templo de Lafitte Pitipois, donde aprendió a caminar sobre el fuego: una facultad nueva para la madama. Cuando el cura del pueblo se enteró, se infiltró en una sesión espiritista para reprenderla con una botella de agua bendita que escudriño en su bolsillo. Pensó que estaba poseída y le había vendido el alma al diablo. El sacerdote entró sigilosamente por el umbral de la pocilga disfrazado de picador de caña. Cuando la madama lo vio; cerró los ojos y comenzó hablar con un tono del más allá, mucho más lejos que el eco de La Isidora. Luego se puso a caminar sobre el carbón ardiente de la hoguera de Don Bache y con una mirada punzante comenzó su discurso:

— ¡Le pidió a sus hermanos que sanaran sus heridas, que no le hicieran una incisión en sus costillas con una lanza y no usaran su nombre en falso! Que aplacaran su sed, pero no con una esponja llena de vinagre añejado. Que lo bajaran del madero, pero no con un manto amarrado en su cintura mientras jugaban dados. Que lo enterraran en una tumba y no encima de una incómoda roca detrás de otra roca. También le pidió a su padre que lo tuviera a su derecha y no lo dejara volver a la tierra a decirles a sus discípulos que continuaran sus huellas y terminaran como él, o peor, en el coliseo de Roma o en los campos de guerras. Que no dejara pasar por la aguja camellos, tampoco a los ricos que compraran sus indulgencias. Que los pobres no comenzaran su purgatorio en arrabales por buscar paraísos. Que lo tuviera a su derecha, solo a su derecha, sentadito en una nube o en el regazo de María.

—¿Será por eso que no llegó en el dos mil, según prediqué a los feligreses?—Se preguntó el cura.

Un hondo grito de terror y angustia roja por fin exhala. Un grito desolado e impasible que se pierde entre medio de las llamas en torno a su conciencia vaga. Abriendo la botellita de agua bendita la derramó en su entorno y vio entre la luz escasa, el viejo altar de la iglesia, el San Martin de Porres a su entrada y los rostros de las mismas beatas. La llama se esparció por las brasas y cogió más fuerzas el siniestro.

¿Quién escuchó en el fondo de la pocilga el rugir de una bestia indefensa y esclava?

©Edwin Ferrer

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