Julia: poeta y profeta

Por: Melvin Rodríguez-Rodríguez

Decía la Scherezada de Las mil y una noches que contar una historia va mano a mano con el conocimiento de la vida y de uno mismo.  Escribir un poema también conlleva los mismos conocimientos.  No es sorpresa que por ello aún se recuerden los poemas de Julia de Burgos. Sin embargo, entre todas las cosas que fue Julia, quién se imaginaría que fuese profeta.

Considerado por muchos como su obra maestra, A Julia de Burgos presenta el desdoblamiento de su persona, un diálogo entre la Julia temporal y la Julia eterna.  La Julia temporal es la que persigue lo frívolo, lo mundano, lo complaciente; la Julia eterna lucha por el amor, la justicia y la libertad.  La voz de la eterna es la que habla, recordándole a la temporal su mortalidad (no olvidemos que el espejo es símbolo del vanitas).  La Julia eterna, que se describe como esencia, pensamiento y verdad, declara que son “el duelo a muerte que se acerca fatal”.

Después de la muerte de Julia, el fantasma de su imagen temporal persiguió sus poemas y continuó pugnando con la eterna.  Cuántas veces al mencionar su nombre alguien nos contestaba: “Julia, la que acabó muerta de borracha en una cuneta en Nueva York”, “Julia, la pobre tan desgraciada”, y otros juicios sobre su vida personal.

Pero desde entonces Julia había profetizado que quien sobreviviría en sus versos sería la poeta eterna, el “viril destello de humana verdad”.  Y pasado el tiempo, cumplidos los 100 años de su nacimiento, hoy el mundo recuerda a la eterna, la artista, la esencia.  Hoy el chisme literario y el recelo han quedado como “cenizas de injusticias quemadas”; sus poemas son disfrutados hasta por los que conocen poco de su persona y su biografía se relata como la de una poeta con una visión artística libre y sincera.

Julia, la eterna, la que recordamos hoy, afirmaba desde entonces que “quien manda en mí soy yo”, discurso que aparece también en Yo misma fui mi ruta.  Desde el título el poema echa una mirada al pasado en el que Julia define su propio rumbo.  Rechazando ser “un intento de vida”, la Julia eterna se asoma a la “liberación íntima”.  Entonces Julia se reafirma como figura atemporal:

“Ya definido mi rumbo en el presente, / me sentí brote de todos los suelos de la tierra, / de los suelos sin historia, /de los suelos sin porvenir, / del suelo siempre suelo sin orillas / de todos los hombres y todas las épocas”.

Esta afirmación es oráculo del testimonio que dan sus poemas, leídos más allá de su tiempo y su contexto, como todas las grandes obras universales.  Es un llamado a la libertad personal y a la trascendencia.   

Otro poema, quizá el más profético de todos, es el que Julia dedicó al General Rafael Leónidas Trujillo, dictador de la vecina República Dominicana, recordado por sus cacerías carnales y carniceras.  “General de la muerte, para ti la impiedad”, dice la segunda línea de Himno de sangre a Trujillo.  “Que tu nombre sea un eco eterno de cadáveres” profetiza Julia, y cómo se le recuerda a Trujillo sino como uno de los tiranos más sádicos de nuestra América, autor de la masacre de haitianos de 1937.  Julia habla desde ya de la sangre por la que será recordado Trujillo y vaticina el fin de su era cuando escribe sobre los niños que crecen y el río que borrará sus pisadas.  Recordando el culto que Trujillo creó entorno a su persona, culto sólo comparable al de Dios, Julia le pregunta fatídica: “Esa cumbre de muertos donde afianzas tu triunfo, / ¿te podrá resguardar del puñal de la vida?”.  Esas dos líneas resumen el poema y auguraron lo que sucedió: un día un disparo le recordó a Trujillo que por más poder que tuviera sobre la vida de su pueblo y por más culto que se rindiera, al final era un mortal como cualquier otro.

Siguiendo el concepto del vanitas que empleó en A Julia de Burgos, la poeta escribió sobre su muerte.  Los primeros versos de Poema para mi muerte pueden resultar hasta escalofriantes por la forma en que la vida imitó al poema.  Julia escribe sobre “morir conmigo misma, abandonada y sola”.  El verso final no es escalofriante pero es igualmente profético.  Preguntándose Julia cómo será llamada después de la muerte, afirma que un clavel “me llamará poeta”.

Acaso no es ése un oráculo, si hoy el nombre de Julia es sinónimo no sólo de poeta sino de la poesía en general.  Tanto así que, como señala Mercedes López Baralt, Julia ha perdido hasta el apellido, su solo nombre convoca al género literario al que dedicó su producción, suelo “de todos los hombres y todas las épocas”, es atemporal, mítica.  Más allá de coincidencias o revelación divina, los versos proféticos de Julia demuestran el conocimiento que tenía sobre la vida y sobre sí misma, conocimiento que tienen todos aquellos y aquellas que el tiempo muy justamente reconoce como genios.

 

©Melvin Rodríguez Rodríguez

 

Un pensamiento en “Julia: poeta y profeta

  1. Poeta y profeta, bien lo señalas en tus notas julianas, Melvin. Mercede López Baralt expresa con acierto intelectual por qué Julia pierde su apellido, yo digo que quien la lee inevitablemente se compenetra con sus sentires y saberes hasta formar parte de un círculo espíritual de amigos íntimos, lugar donde el nombre basta para abarcar todos los significados.

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