Las enseñazas de la abuela Maximina / Roberto Quiñones Rivera

Maximina Rivera 2Mi abuela materna Maximina Rivera estaría cumpliendo ciento veinte años de edad. Compartí toda mi niñez con ella,  pues al fallecer yo tenía unos catorce años. Me crié bajo su tutela, ya que nací en su casa y junto a mi hermano y mi madre, no conocí otro hogar que el de ella.

De mi abuela Maximina únicamente tengo buenos recuerdos. Era un ser espectacular. Cuando su imagen me viene a la memoria, mi rostro dibuja una sonrisa. No es para menos: sus dotes de comediante natural inundaban nuestro hogar de alegrías en aquellos años de carestía.

Recuerdo que tenía por costumbre aleccionar nuestro incipiente comportamiento usando los refranes tradicionales.  De tanto repetirlos en las faenas cotidianas, todos en la familia los conocíamos a cabalidad. Pero la muy hábil, para ejercitar nuestras memoria solía mezclar unos refranes con otros, para hacernos creer que estaba equivocada.  Naturalmente, nuestra odisea era corregir los refranes intencionalmente incorrectos de la abuela. De esa manera, nos obligaba a ejercitar la memoria y a pensar en el consejo o la moraleja que encierra cada uno de esos dichos populares.

Uno de los refranes más utilizado por ella era el muy conocido “a caballo regalado no se le mira el colmillo” y ella lo cambiaba a “a caballo regalado se lo lleva la corriente”. Recuerdo también que nos decía “en boca cerrada los ratones hacen fiesta ” por decir “en boca cerrada no entran moscas” y así sucesivamente. Cuanto refrán existía, ella lo conocía. Su jovial carácter siempre estaba complementado con refranes atinados al momento que se estaba desarrollando.

Tengo que admitir que a pesar de los esfuerzos de la abuela, he olvidado con exactitud sus refranes, pero sí recuerdo uno en particular cuya aplicación ha sido para mí una gran lección: “Tosesabe no se ha muerto”.

Con este refrán la abuela quiso enseñar que todo aquello que pretendas esconder, a la larga de alguna manera se sabrá. Ella lo utilizaba cuando alguno de nosotros, sus nietos, escondíamos algún problema en la escuela o cuando descubría alguna maldad que nadie se atribuía.

En nuestro diario vivir no falta quienes utilizan el subterfugio para escapar de sus responsabilidades. Tampoco quienes esconden información sin la cual se afecta el buen desarrollo de nuestro trabajo o nuestras rutinas diarias. Y como todos cometemos ese pecado, es necesario tener en mente siempre que: “Tosesabe no se ha muerto“…

©Roberto Quiñones Rivera

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