La hospitalidad montevideana / José Manuel Solá

corbata uruguayaA esta hora de viernes 8 de noviembre, desconozco la dolencia que está afectando la salud de Pedro Recciutti. Pero por las expresiones leídas en Facebook siento que me duele la garganta, temiendo que pueda ser algo muy malo; Dios quiera que no.

A Pedro lo conocí la primera vez que estuve en Uruguay. Aquella primera noche se realizaría una lectura de mi pobre poesía en el Ateneo de Montevideo. Alguien le encomendó que pasara por el hotel Klee a recogerme y allí estuvo puntual, con su mirada noble y su bigote de brocha. Y con la sonrisa al hombro como una carabina dispuesta a dispararla a mansalva al primer saludo. Y un paquetito de poemas en la mano. (Pensándolo bien, siempre lo vi con una carga de poemas en la mano).

Siempre me he sentido físicamente incómodo con las corbatas, así que acostumbro hacer el nudo y dejarla a un lado hasta que llegue el momento de ponerme formal. Eso hice aquella noche: hice el lazo de la corbata y la dejé sobre la cama mientras esperaba la llegada de ese viejo muchacho que yo no conocía. Finalmente llegó y nos fuimos caminando por la avenida 18 de julio hasta el Ateneo. Sentados, exclamé: “Ay, Dios mío…” Me preguntó qué pasaba y le dije que allí estaba entrando todo el mundo “encorbatado” y que la mía se me había quedado sobre la cama. Me miró unos segundos y sin mediar palabra procedió a sacarse la corbata. Yo me preguntaba qué estaba haciendo. Entonces la guardó en el bolsillo de su chaqueta y me dijo: “Ahora somos dos”. Pero, no conforme, cada vez que entraba un conocido suyo lo llamaba y le susurraba: “…Quítate la corbata…” y cuando le preguntaban el por  qué, él les decía: “…Es que a José Manuel se le quedó la suya y, bueno, para que no se sienta mal…” Y procedían a sacársela sin chistar y a guardarla.

Ese aparentemente “pequeño” gesto (que a muchos parecerá intrascendente, casi a nivel de travesura de muchachitos) me dijo mucho de Pedro. Y me dijo mucho de los montevideanos.

Porque nunca me hicieron sentir menos ni me hicieron sentir extraño ni extranjero, sino uno de ellos, de la casa, de la familia. A través de los años, estos pequeños-grandes gestos humanos se  repetían en muchas manos, en muchas personas.

Tenemos tanto que aprender…..

¿Comprende ahora por qué quiero tanto, por qué no dejo de hablar de Montevideo? Y, mire, Pedro Recciuti es Montevideo; es mi referente cuando hablo del Sur. Dios quiera que pueda tener noticias buenas de este hermano. Lo llevo amarrado al corazón.

©josé manuel solá

3 pensamientos en “La hospitalidad montevideana / José Manuel Solá

  1. José Manuel, esa claridad expresiva tuya es la que motiva a leer todo lo que publiques. Un abrazo y ¡que viva Uruguay!

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  2. Que bello! Gracias por estos escritos, Jose Manuel! Me parece que los vivo y los veo guardandose las corbatas en el bolsillo…jajajaja! Que lindo gesto el de don Pedro y de los que son como el – claro que si, chico!!!!

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