Participación de los padres en las escuelas / Rima Brusi

Involucramiento parental en las escuelas

07 Aug 2013 11:27

nena leyendoAseverar (¿denunciar?) la importancia de los padres y madres para la educación de los hijos se ha convertido en un lugar común. Aquí y allá.

El gobernador habla de “exigirle responsabilidad a los padres”. No está sólo. Los padres hablan de exigirle responsabilidad a los padres. Lo veo en facebook, en comentarios tipo “yo hago bla bla bla pero la madre xyz no hace bla bla bla, parece que no le importan los hijos…”; lo veo en la investigación académica que mide el impacto del involucramiento parental en el logro educativo de los estudiantes; lo veo en los escritos de afamados columnistas como Friedman, qué nos pregunta, retóricamente, “¿y qué tal mejores padres?”, a modo de respuesta dirigida a aquellxs que hablan de reformar escuelas.

Es un lugar común porque es cierto, supongo. La educación de los padres sí tiene un impacto significativo sobre la de los hijos, aún controlando por ingreso familiar. El involucramiento de los padres sí puede aumentar el aprovechamiento académico de lxs estudiantes.

Sin embargo…

Tienes razón, lector, lectora. Siempre hay un “pero” en estos parpadeos. Y este pero empieza con una historia. O dos.

La primera historia se trata de una madre. Durante los años que dediqué mis esfuerzos de investigación y servicio al tema de la conexión entre educación y pobreza en Mayagüez, Puerto Rico, tuve la oportunidad de conocer a muchas madres y padres. Algunos involucrados, otros menos involucrados, otros distantes del proceso educativo de sus hijxs. Por distintas razones, de distintas maneras. Pero la que me viene a la mente es una mujer en particular. Adicta a varias cosas, todas ellas malas. Pobrísima, en parte porque sus magros ingresos se desviaban, en gran medida, de las necesidades familiares hacia las de su cuerpo adicto, quebrado. Cuando la visité para obtener los permisos necesarios para que sus hijxs nos pudieran acompañar en nuestras giras educativas, estaba….estaba, no sé, bebida, o arrebatada, o afectada por alguna sustancia o combinación de ellas que desconozco. Su hijo tuvo que sostener su mano y ayudarla a garabatear la firma en los papeles que yo llevaba.

Al despedirme, los ojos de la señora (la “mala madre” que condenamos con tanta facilidad en facebook, en discursos gubernamentales, en columnas periodísticas) estaban húmedos. Su brazo flaco agarraba el mío, como para conversar, pero se le dificultaba el hablar, a mí el escuchar, la situación era extraña, demasiada audiencia, demasiadas variables desconocidas…

Los vecinos me comentaban más tarde, con esa mezcla de condena y compasión que caracteriza tanto intercambio comunicativo nuestro, que la señora siempre estaba ebria, que dormía por el día, que salía por la tarde, que regresaba de madrugada. Que se prostituía, dijo uno, pero otro le dijo que no sabía…

El día de la primera gira, esta señora nos esperaba. A tiempo, la mano de un hijo en cada una de las suyas. Sobria. Seria. Bañada, vestida con ropa limpia.

Ojo: La mayoría de los niños caminaba hasta el punto de encuentro. La mayoría de los padres no llevaba a sus hijos hasta allí. No era un requisito para participar. Pero esta señora lo hizo.

El esfuerzo monumental que levantarse temprano, permanecer sobria, prepararse, llegar hasta allí…Me bajé del autobús para saludarla y sin sonreír (creo que ningún no-adicto puede entender, plenamente, lo que siente el adicto cuando decide no tomar, o no usar, lo que se siente cuando el cuerpo pide algo con la furia del cuerpo y se lo negamos), puso las manos de sus hijos en las mías. Aquí te los traigo, dijo.

Y se alejó del autobús, con la frente alta y la espalda recta.

Creo que fue Borges que dijo “hay una dignidad, la del vencido, que para el vencedor es inaccesible.” O algo así. En dignidad pensé, mientras la veía alejarse.

Segunda historia. Esta es sobre unas maestras y una directora. Son el equipo de trabajo de la escuela elemental Bethune, en Nueva Orleans. Una escuela destruida antes y especialmente después del huracán Katrina. Una escuela donde todos los niños son pobres, una escuela rodeada de crimen, violencia, pobreza y dolor.

Bueno, esa escuela logró, gracias al esfuerzo de estas maravillosas mujeres, mejorar dramáticamente el desempeño académico y el aprendizaje de sus estudiantes. Puede leer algo sobre el caso, y sobre cómo lo hicieron, aquí y aquí.

Tuve la oportunidad de compartir la mesa durante la cena hace un par de años con las maestras y la directora de Bethune. Y de preguntarles qué habían hecho respecto al involucramiento parental en su escuela. De seguro, pensaba yo, tienen que haber obligado a esos padres y madres a ayudar, de alguna manera….

La directora me miró, severa. Luego miró a su maestra de matemáticas y sonrieron entre sí.

“A los padres les pedimos que confíen en nosotras. Que se aseguren de que los estudiantes lleguen a la escuela. Una vez allí, Rima, son nuestros, son nuestra responsabilidad.”

No se involucran?, insistí. Sí, respondieron, hay mucha más participación ahora que antes, pero esa participación empezó después de que nosotras comenzáramos el ejercicio de mejorar el desempeño de los estudiantes. Poco a poco los padres se han ido involucrando más.

Si el nene llegaba sin saber leer, participaba en un plan intensivo de lectura y escritura. Si no podía escribir, si necesitaba apoyo académico, si no sabía sumar, le enseñaban. Si tenían que cambiar de planes o ajustar métodos u obtener recursos adicionales, de alguna manera lo hacían. Una cosa no cambiaba: la expectativa de las maestras, todas, era que todxs los estudiantes podían y debían aprender.

A veces los nenes llegaban con la camisa sucia. La directora de Bethune hizo una colecta, compró uniformes nuevos, e instaló una lavadora y secadora usadas en el sótano de la escuela. A veces llegaban hambrientos, por lo que la escuela se asegura de proveer comidas.

Una vez aquí, son nuestra responsabilidad.

No es una situación ideal. Lo ideal es que los padres se involucren. Pero me temo, señores políticos, columnistas, y colegas madres y padres y maestros y ciudadanxs…que las amigas de Bethune tienen razón, y que no hay de otra. Que no podemos esperar a que los padres y las madres milagrosamente se recuperen para empezar a reconstruir país enriqueciendo los cuerpos y las mentes de sus hijos e hijas. Invitémoslos, claro está, incluyámoslos, pero si no pueden ayudarnos a educar a sus hijos, tenemos que educar a esos hijos de todas maneras. Porque sus hijos e hijas son también los nuestros. Nuestra responsabilidad.

Rima Brusi

TOMADO DE PARPADEANDO

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