Vivencias y querencias, 2: La niñez / Dante A. Rodríguez Sosa

Para mí, resulta sorprendente poder relatar, después de más de sesenta años, vivencias infantiles que nunca han estado ocultas en mi memoria, más bien me han acompañado y guiado. Creo que mis hermanos, cada uno desde su propia perspectiva, pueden aportar a lo que ahora relato.

Aunque contaba con apenas cuatro o cinco años de edad, tengo viva en la memoria la imagen de la gente haciendo fila para recibir la orientación espiritual, que como espiritista reconocida así en Salinas, ofrecía mi madre en aquella casa en que vivimos. Ella trabajaba con barajas españolas y un altar que presidía un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús. En el entorno se podían ver cuadros de San Marcos de León, San Miguel Arcángel y la Virgen de la Milagrosa. Mi madre fue muy devota de esa  manifestación. Los cuadros nos acompañaron por muchísimo años. Debó recordar un pan de San Expedito que colgaba en lo alto de una de las puertas de la casa. Pero lo que más me llamaba la atención de aquel ambiente, que inexplicablemente a esa edad percibía místico, era el altar levantado en una mesa redonda, no muy grande, sobre el cual había una copa llena de agua y un libro color rojo, que con el correr del tiempo supe que era El Evangelio según el espiritismo, de Allan Kardec.  En esa época a mami le encantaba hacer desajumerios con incienso, y meditar caminando desde el frente de la casa hasta la parte de atrás; eran cerca de cuarenta pies cada viaje.

Dante A. Rodríguez Sosa, niñez 001El tiempo pasó y en agosto de 1946 mi madre me llevó a la Escuela Santiago R. Palmer, para comenzar a estudiar el primer grado. Allí  literalmente me entregó a su amiga la maestra  Rosa Anselmi. De forma sencilla, como siempre: “Rosa, este es Dante: si se porta mal, arréale dos cantazos, que cuando llegue a casa va a coger dos más.”  Ese traspaso de autoridad, que entonces era la costumbre, fue carta de garantía para que nunca tuvieran que llamarme la atención y para aprender a leer en varias semanas. Recuerdo que miss Anselmi, me sacó al vestíbulo de la escuela para que otros maestros me oyeran leer y supieran de mi aprovechamiento escolar.

Mi madre, ya segura de que sabía leer, dio el próximo paso en su plan, y un domingo me llevó a la IglesiaDante A. Rodríguez Sosa, niñez 002 Católica de la Virgen de Monserrate, que quedaba más cerca que la escuela Palmer, diríamos al cruzar la calle (tómese en consideración que en Salinas habían muy pocos automóviles para ese tiempo). Allí, me puso en contacto con la catequista del momento, Teresa La Larga. Enseguida me pusieron en el programa de los niños que iban a hacer la primera comunión. La doctrina estaba en un papelito, me la aprendí y nunca se me ha olvidado: “¿Existe un solo Dios? Sí Señor, existe un solo Dios. ¿Quién es Dios?  Dios es un Ser purísimo, perfectísimo, principio y fin de todas las cosas. ¿Dónde está Dios? Dios está en el cielo, en la tierra y en todas las partes.” Después de aprender toda la doctrina, entonces se memorizaba el  “Oh Dios Mío”.

Por razón de una deuda contributiva heredada de su padre, mi madre se vio precisada a vender su casa de la calle Luis Muñoz Rivera.  Momentáneamente, Tilita vivió en la casa de los bisabuelos Francisco Ortiz y Carmen García. Para entonces, la casa ancestral tenía mucho más de cien años y estaba prácticamente abandonada.  Luego, tras verse obligada a vender su casa, Tilita fue a vivir con sus cinco hijos al caserío Modesto Cintrón por primera vez.

Debo señalar al margen de este recuento que, en o cerca del año de 1951, mi madre Tilita Sosa, por razón de absurdas reglamentaciones del gobierno, que escondían realmente motivaciones políticas atinentes a sus consistentes expresiones a favor de la independencia de Puerto Rico, se vio obligada a abandonar el residencial público conocido como caserío Modesto Cintrón, apartamento núm. 89. Se alegó que tenía una propiedad frente a la plaza en Salinas y por eso no cualificaba para ocupar un apartamento de vivienda pública. Mi madre se vio obligada a alquilar a una casa, localizada en la calle Degetau de la Ciudad Perdida de Salinas. La casa era propiedad de la Sucesión de Valentín Lorenzi, quien se había tenido que ahorcar en el palo de quenepa, que aún está en la parte de atrás de la casa, alegadamente por razón de insolvencia súbita. Al momento de alquilarla, la casa la administraba su viuda Doña María, quien a la sazón vivía en Ponce. Curiosamente, con el correr de los años, Doña María pasó a ocupar el apartamento que desalojó mi madre en el caserío Modesto Cintrón. Hoy por hoy, habiendo el gobierno concedido el título de propiedad sobre dicho apartamento, su sucesión es la dueña.

Ahora puedo afirmar que los cambios de vecindario, le dieron un giro positivo a la vida de todos los miembros de nuestra familia. Nos permitió ampliar el espectro de  enriquecimiento social, al entrar en contacto con otro entorno y personas de otros estilos de vida, que a fin de cuentas, modelaron la visión que inconscientemente teníamos sobre la vida en sociedad.  Como indiqué, luego de residir en el caserío nos mudamos a la calle Degetau en la Ciudad Perdida, justo al pie del malecón, que es la frontera con la histórica barriada Borinquén. Este último entorno, como de algún modo los demás, fue muy definitorio de la visión social-política-religiosa que tiene cada uno de los miembros del núcleo Rodríguez-Sosa.

Calle Degetau

Calle Degetau

Cuando en el año 1952 nos mudamos a la calle Degetau número 52 en el Sector Ciudad Perdida, estábamos  en plena Guerra de Corea. Los pueblos, cuando perciben que afloran dificultades, se apegan mucho más a la religión, y la nación puertorriqueña no es la excepción.

La Ciudad Perdida fue el tercer entorno en el que tocó desarrollarme, y al igual que los dos ambientes anteriores, dejo huellas imborrables en mi manera de pensar y de ver la vida. En 1952 recuerdo aquel lugar como una pequeña metrópolis. Diría que era el corazón del pueblo. El sugestivo nombre había surgido de unos  episodios del cine norteamericano titulados “The Lost City”  que al momento de la distribución de los solares del sector, se estaban proyectando en el Cine Luri. Aquel cine, considerado por algunos como el primero que hubo en Salinas, llevaba el nombre del pueblo de procedencia de su dueño, un ciudadano corso de apellido Paravisini.

La Ciudad Perdida era la comunidad más representativa del casco urbano de Salinas. En aquella barriada, entre nuestros vecinos estaban: José (Pepe Melero), Juez de Paz, que recién había iniciado un negocio de provisiones contiguo a nuestra casa; Eusebio Rosa, chofer de ambulancias municipal; Miguel (El Broco) Cruz; dueño de un camión que cargaba mercancías de los muelles; don Pedro Collazo, gerente de Valdelluly & Segarra, una tienda por departamentos, que durante años controló el negocio de ropa, zapatos, muebles, enseres y artículos escolares en Salinas. Era como una especie de Sears o JC Penney. míster Mateo, profesor de ciencias y matemáticas en la escuela superior, conocido entre los estudiantes como “Galileo”; Pablo López, sanidad del gobierno; míster Agostini y Helen; maestro y telegrafista respectivamente; Hilario González, contratista de obras que prácticamente construyó en Salinas todo lo que de aquellos años es de cemento; Manolo Otero, marshall de la Corte de Salinas; Gerónimo Colón poderoso comerciante, quincallero en carreta tirada por caballo y luego en una guagua roja que nunca pudo dominar a la perfección; míster Restituto Santiago, maestro de ciencias y matemáticas;  misis Alomar, maestra de ciencias; Tonito Cruz, chofer de carro público de la Lapa; don Lalo Rojas, placero, don Antonio Amadeo, placero, Epifanio Rivera, maestro de pompas fúnebres; Maximiliano (Sanito) Reyes, poderoso comerciante; doña Estefania, matrona de la familia Rivera y que operaba una lechería en el lugar; Luis Mateo, cobrador de A.A.A.; don Víctor Figueroa, alcalde del pueblo; doña Panchita, reconocida costurera de la comunidad; Genaro Hoyos, cirujano menor que por años fungió como médico en el Hospital Municipal  con sorprendente asertividad, en fin, una gama de expresiones sociales, profesionales y comerciales en convivencia con otras personas “respetables”, que calladamente vendían pitorro y bolita; jugaban juegos de azar en cantidades a nivel de casino y patrocinaban los negocios de prostitución que lost cityproliferaban en el entorno.

Los negocios del vecindario eran: el Bar de doña Sixta; Los Latones de doña Petra, El Colmado Braña; El Negocito de don Ángel Moreno;  La Tiendita de Cámara; La Tienda de don Sixto, al final de la Degetau y más allá en la distancia el Restaurant El Almendro de don Valentín y el salón de bailes Under The Trees de Enriquito Boss.  Para completar, y casi en medio de todo esto estaba el Manicomio Municipal muy cerca de casa y un poco más allá, La Panadería de Pepe Vélez y el Hospital Municipal. La Ciudad Perdida, le hacía honor a su nombre: se trataba de un New York en pequeña escala, si le añadimos entre sus suburbios a la barriada Borinquen, un arrabal que divisado a la distancia desde el malecón, me lucía precioso y atrayente, misterioso y subyugante. Estoy convencido de que ningún otro lugar del mundo me hubiera proporcionado este abanico de posibilidades para interactuar en tanta diversidad al mismo tiempo y con entera tranquilidad y seguridad.

No recuerdo días o noches más interesantes y divertidas que las que pase en la Ciudad Perdida.  En cualquier anochecer, en los tiempos de la zafra, llegar hasta la vía del tren que discurría por el camino de la Hacienda La Margarita era aventura obligada.  Se llegaba hasta la vía entrando por el restaurante El Almendro, cerca de Radio WHOY, para esperar el paso de la locomotora de las 6:00 de la tarde y con gran pericia y coordinación en pies y manos, asumir el riesgo de jalar de la máquina  8 o 9 varas de caña 10-12. Esa era una caña blandísima, rica para complementar la deficiente dieta de aquellos días.

Llegada la noche, las alternativas disponibles para entretenerse no tenían límites. Los más osados jugábamos de esconder en el viejo Cementerio Católico del Campito, al que lográbamos fácil acceso desde el malecón por un solar vacío cerca del negocio de Sixta. Echar carreras por el oscuro Malecón, o por la calle Barbosa y otros juegos tradicionales, no parecían cansarnos.

Pero una de las actividades más rentables en aquellos tiempos de guerra, era guiar a los soldados americanos fugados del Salinas Training Area. Cobrábamos 50 centavos por cruzarlos a través del río, en dirección a La Joya y por la falda del Cerro de los Modesto, hasta llevarlos de vuelta a la base militar.

Dante A. Rodríguez Sosa, niñez 003Otra gran preferida era escuchar a Rafa Rodríguez, de la barriada Borinquen, relatar episodios fantásticos sobre sus imaginadas correrías por el mundo. Sus cuentos eran verdaderamente interesantes y deliciosos. Nosotros, el grupo de adolescentes del vecindario, éramos una clientela ideal para él. Debemos recordar que reunirnos para escuchar embelesados cuentos era posible porque a Puerto Rico no había llegado la televisión. Al final, todo concluía mondando y chupando caña en cualquier acera de las calles de la Ciudad Perdida.      

Los fines de semana  y las tardes después del horario escolar, tenían un destino muy particular: ir a buscar yerba en las piezas de caña de la Colonia Isidora, en el llamado Pasto de Borinquen. Aunque vivíamos en la zona urbana, en casi todas las casas siempre había gallinas, patos y palomas; así era desde la Segunda Guerra Mundial. Las yerbas preferidas eran la verdolaga, la peseta, y malojillo cuando había cabros. 

Otras veces íbamos a bañarnos en las charcas del río, en el Lago de Vale, en el Canal de la Joya o en el lago de Calolo.  A veces, íbamos a la boca del río a pescar, o jugábamos pelota en la ribera del río donde el terreno era arenoso. En otras ocasiones, cruzábamos el cauce del río, luego de bajar por las escalinatas del malecón, hasta llegar a Borinquen a visitar a Dona Geña, la mamá de Santin, Vitín y de Rafa. Vivía en una  casa de madera, muy humilde pero limpiecita y el patio era una delicia de jardín.

La barriada Borinquen era un lugar muy especial. Parecía una especie de laberinto, formado por casas aglomeradas. Tenía únicamente una calle, a la que se llegaba a través de unos callejones, delimitados por linderos de arbustos y árboles, algunas  empalizadas de planchas de zinc viejo, alambres de púas y setos.  Era un enjambre de callejones, creo que hechos a propósito, para escapar de la persecución de la policía, habida cuenta de que el lugar era el centro de excelencia desde cual se practicaba la prostitución, el juego, la venta de bolita y de ron pitorro.

Me resulta curioso ahora notar que me movía entre dos círculos de amigos. Los  que íbamos a Borinquen como algo muy natural y los que por las razones que fuera, se mantenían alejados de aquel pecaminoso ambiente. Entre los amigos de Borinquen, recuerdo a  Fernando Rivera Meléndez (Tati Palomilla) , Merejo, Israel, Rafa Rodríguez, Carlitos Gero Cintrón, Ángel Luis Amadeo(Pantera)  y muchos otros. Entre los de la Ciudad Perdida estaban: Luis Mateo, Celso Rosa, Esteban Rosa, Arnaldo y Che Casalduc, Tincy Torres, Orlando Jiménez y su hermana y los hijos de un farmacéutico de Ponce, que vivía frente a casa.

A partir del momento en que pasamos a vivir a la Ciudad Perdida  alrededor del año 1951, los diferentes desarrollos familiares estuvieron influenciados por diversas corrientes de ideas y de acontecimientos, entre otros:  la Guerra de Corea, marcada por la presencia del ejército de los Estados Unidos, con jóvenes reclutas puertorriqueños sin alternativas, ni otras oportunidades de vida que no fuera la emigración a recoger tomates en las fincas del continente, y el crecimiento de la vida social nocturna en todas las esquinas del pueblo y algunos barrios, con sus ribetes de prostitución discreta y abierta .

Es  dentro de todo este acontecer y en ese entorno que  se desplegaba y destacaba el decidido, avasallador, marcado e insoslayable control sobre toda la vida social, política y hasta económica de Salinas, de un sacerdote puertorriqueño del que les hablaré más adelante: el Padre José Torres Rodríguez.

Debo redondear ésta perspectiva añadiendo que nos vimos obligados a regresar a vivir al centro del pueblo de Salinas, frente a la Plaza de las Delicias, al zaguán del edificio de mi madre en la calle de Cayey. Nos mudamos debido a que Doña María, la dueña de la casa en la calle Degetau, la necesitaba porque había decidido volver a vivir en Salinas. Ese retorno al centro del pueblo fue un reencuentro con viejas amistades y un cambio muy favorable, pues entre otras cosas positivas, comenzaba la televisión en Puerto Rico y los que tenían televisores eran las familias acomodadas, precisamente nuestros vecinos, a donde acudíamos a disfrutar de la sorprendente  información que producía ese medio. Además, previo a eso, nos dedicábamos a escuchar educativos programas de radio y a participar, como oyentes, de  las enriquecedoras tertulias entre profesionales, en la Plaza las Delicias.

En 1957 regresamos a vivir al Modesto Cintrón y para el 1959 volvimos al centro del pueblo, esta vez al Patio Ortiz, en la casa de la sucesión de doña Tita (Vicenta Ortiz Díaz, una de las dos tías abuelas de mi madre Tilita Sosa). Ya para esta época, uno tras otro de los miembros de la familia, entramos a cursar estudios en la Universidad de Puerto Rico en Rio Piedras. 

© Dante A. Rodríguez Sosa

Vivencias y querencias 1: El inicio

6 pensamientos en “Vivencias y querencias, 2: La niñez / Dante A. Rodríguez Sosa

  1. Yo también me uno a sus buenos comentarios desde aquí Indonesia. Soy un salinense muy lejos de mi patria pero con la bravura borincana del jibaro… Me siento muy orgulloso de mi gente salinenses y de todo Puerto Rico, pa’ lante, Dante… Eres un orgullo salinense… Desde Bandung, Indonesia, un hermano más.. Nací en Caño Verde en 1953

    Me gusta

  2. Dante nos acaba de regalar otro documento importante que engrosa, tanto cuantitativa como cualitativamente, ese anecdotario nuestro que ya se hace necesario publicar. Te felicito Dante y sigue escribiendo porque lo haces MUY bien. GRACIAS ENCUENTRO por hacer esto posible.

    Me gusta

  3. Sigo leyendo con mucho gusto sus vivencias y me identifico con las querencias pues también me crie en la ciudad perdida y El malecón.

    Me gusta

  4. Pingback: Vivencias y querencias, 1: El inicio / Dante A. Rodríguez Sosa | ENCUENTRO... AL SUR

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s