Recordando un poeta residente

En Memoria de Ángel Luis Torres

Por Alberto Martínez-Márquez

corona_laurelÁngel Luis fue el único de los poetas residentes del Burger King de Rio Piedras que llegó a leer, a apreciar mi poesía y a respetarme como poeta. En aquel comeyvete americano—localizado frente a la residencia de varones de la Universidad de Puerto Rico y al costado del antiguo local de la librería La Tertulia—, Ángel Luis salvó mi cuaderno inédito de poesía que llevaba por título Las formas del vértigo. Poemario que estuvo a punto de ser devorado por las llamas del olvido. Todo esto sucedió a principios de 1990, cuando ningún editor boricua, grande o pequeño, apostaba a publicar a los escritores noveles del país; cuando la dictadura de los escritores setentistas, comandados por dos Vegas (Ana Lydia, en prosa, y José Luis, en poesía) era absoluta y discriminatoria.

Un día salí cabizbajo de una imprenta de prestigio, que estaba localizada en la Avenida Barbosa detrás de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. El impresor me había dicho que la diagramación que yo le había llevado no servía para nada. Confrontaba serios problemas, comenzando con la tipografía y terminando con la colocación de los poemas en la página. Aquello estaba pésimamente armado. El obrero de la imprenta me dijo que tenía que rehacer el trabajo. Fueron mucho más que malas noticias para mí. Yo tenía puestas las esperanzas de que esta versión primigenia de Las formas del vértigo fuese mi primer libro publicado (tenía otros cuadernos inéditos, escritos anteriormente). Albergaba la esperanza de sembrarme en la escena literaria del país como autor publicado. En esa época había alcanzado una relativa fama como poeta novel. Pero, rehacer ese trabajo que me indicaba el impresor, costaba mucho dinero en aquel tiempo. El sueldo que yo devengaba para entonces, como encargado de un quiosco de revistas, me daba justamente para pagar el apartamento, el transporte a mi trabajo, la comida y vestirme. Sólo me sobraba un poco para salir al cine o tomarme un par de cervezas. No podía gastar más dinero en diagramar nuevamente el libro. Lo pagué con anterioridad por el trabajo de diagramación, alrededor de $200.00, lo había tomado prestado.

Descorazonado, me dirigí a la periferia sagrada y segura de la universidad. Estaba perdido irremisiblemente. Al menos, eso pensaba.

Entré al Burger King a tomarme un café, cuando vi a Ángel Luis Torres y lo saludé. Él notó que algo me sucedía y quiso indagar. Le expliqué todo detalladamente. Me escuchó con mucha atención y estoica paciencia. Cuando terminé, me hizo una serie de explicaciones técnicas sobre la relacionado a la impresión de libros. Luego, me prometió que me ayudaría, sin cobrarme un solo centavo, pero me advirtió que siguiera sus instrucciones al pie de la letra. Me dijo que trabajaría sobre lo ya diagramado. Una vez levantado el “dummy”, me enseñaría a montar mis propios libros, como él había hecho para Parcelaciones y Parcelas magas, sus dos libros de cuentos. Ángel Luis también había laborado en Luna de sal de Eduardo Enrike, otro poeta de mi generación. A éste le había enseñado el montaje de libros. A partir de ese instante, Ángel Luis se dio a la tarea de reconstruir Las formas del vértigo. Cada vez que cortaba y empastaba, me enviaba a una imprenta cercana, propiedad de un cubano, para que me fotocopiaran lo que él había levantado. Se trataba de una máquina offset que sacaba copias Xerox de gran calidad, que omitía las impurezas del original. Aquellas visitas en la mañana, en la tarde y en la noche al Burger King de Río Piedras se convirtieron también en tertulias literarias y culturales. Puedo decir que hasta sirvieron de sesiones de taller de poesía, pues en ese momento yo había concluido unos cuadernos de poesía que Ángel Luis leía con entusiasmo. Comencé a leer al poeta. Cuando salió su libro Ira lira, publicado por el Instituto de Cultura Puertorriqueña, lo celebramos con café. Luego de un mes y medio de comenzada la restauración de mi cuaderno, Ángel Luis me dijo serenamente: “Mira, hice todo lo que pude, pero no estoy satisfecho. Voy a hablar con un amigo para que vuelva a diagramar el trabajo. Le diré que te haga precio.” Pagué $75.00 dólares. El amigo de Ángel Luis hizo un trabajo impecable.

Sin embargo, Las formas del vértigo tardaría doce años en publicarse. El destino había hilvanado otros propósitos para mí. Cuando ya tenía la nueva diagramación para emplanar el trabajo que llevaríamos a imprenta, recibí una beca para hacer estudios doctorales en Literatura Comparada en SUNY-Stony Brook. Debido a los preparativos y al cambio de trabajo (me designaron como investigador en el Departamento de Estudios Hispánicos para revisar los manuscritos del Dr. Manuel Zeno Gandía que se encontraban en la Sala Puertorriqueña de la UPR en Río Piedras), no podía quedarme para bregar con el libro. Me llevé el material para los Estados Unidos En 2002 publiqué Las formas del vértigo (al que añadí otros dos cuadernos: Aluvión y A contraluz), bajo el sello editorial de Isla Negra, a instancias del editor, poeta, amigo y hermano Carlos Roberto Gómez Beras. En mi segundo libro, Frutos subterráneos (2007), igualmente publicado por Isla Negra, inicio el cuaderno titulado Poemas conjeturales con un poema dedicado a Ángel Luis Torres:

no conozco otra cosa

aquí

en la intermitencia

que

el susurro tribal de la madera

Que en paz descanse el poeta, cuentista y camarada del sagrado vicio de la palabra, Ángel Luis Torres. Que las futuras generaciones conozcan su obra. Que tu palabra fulgure para siempre.

 

15 de abril de 2013

Un pensamiento en “Recordando un poeta residente

  1. Muy cierto los comentarios de Alberto Martínez Márquez a quien no tengo el gusto de conocer, para los escritores noveles es muy difícil la publicación de sus obras. También fue mi experiencia, al igual que a el, siempre aparece una mano amiga que se extiende para ayudarte, en mi caso mi compueblano y entrañable amigo y hermano Josué Santiago De La Cruz es inspiración y estimulo, además de colaborar en la publicación de mis escritos

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