La cueva del indio / Roberto López

En Salinas había un rumor que en un pedregal donde abundan las calambreñas, había una cueva donde un indio vivía feliz, rodeado de plantas y frutas milagrosas.

Por siete años exploré el río, los cañaverales, manglares y montes, pero nunca encontré la cueva.

Una mañana, Ponky me invitó a casar iguanas por el pasto de Las Marías.  Nos fuimos en su veloz bicicleta Dragster de cinco velocidades. Yo iba montado en el cajón de carga.

Como no había iguanas por ningún lado, cogimos para la cantera por el camino donde  teníamos de vicio  pedir agua en casa de las hermanas Centeno,  de donde salíamos con la contentura que el alma siente al contemplar una mística flor. jataca

Llegamos a un viejo puente que se había derrumbado por la mitad y desafiamos la gravedad para llegar al otro lado. Ponky,  pedaleó con mucha fuerza hasta llegar a la quinta velocidad, pero todo fue en vano. Nos estrellamos de tal manera que hice un culivicente en el aire y caí patas arriba como caballo desbocao.  Me levanté en otra dimensión, desnucado y lamiéndome los codos que estaban pelaos y al revés.

Tambaleé hasta donde las calambreñas en flor dejaban escapar su perfume y las tórtolas cantaban tiernas melodías.  Un águila bajó del cielo y revolcó unas verdes lianas dejando entrever la entrada de una cueva.

El exquisito olor a calambreña se hacía más fuerte y mientras más lo inhalaba más se aliviaba el dolor en  la nuca y las costillas. Seguí el aroma hasta encontrarme adentro de la cueva donde orquídeas y campanillas abanicaban a un indio que estaba dándole al güiro felizmente tendido en su hamaca.  Cuando me vio, sin medir palabras se apresuró a mi socorro.

El sitio era tan hermoso, que me hizo olvidar el dolor. En las paredes había dibujos de galeones, cofres de oro, volcanes, areitos, soldados españoles, niños jugando pelota, ceremonias bélicas, cultos, fantasmas y marcianos.  Aquello era una mina de crónicas fascinantes entrelazadas con tonos de alegría, supervivencia  y algunos sinsabores.  

El follaje era fantástico.  Las plantas y frutas crecían en arena fosforescente, bebían agua pura de manantial y se bañaban bajo la dócil luz de rayos multicolores que se colaban por las cavidades del techo.  

En el preciso momento que el indio iba a implorar a sus dioses para que curaran mis heridas, la tierra tembló y la madre de los taladros asomó su punta por la pared e hizo cenizas los petroglifos. 

La locura se apoderó del indio, que salió de la cueva a buscar el artífice de aquel ultraje. Lo seguí  hasta la salida de la cueva y vi cuando el indio puso la punta de una coa en el pecho de Santa Claus que indignado lo increpaba y le enseñaba los planos de construcción  y documentos legales de la vía verde. Pero el indio no cedió ni un solo paso, y lo que ahora digo no es para mostrar aversión, sino para ahorrarme un cumulo de palabras. Santa Claus tuvo que parar la obra y se fue a joder pal carajo, pero antes de irse,  echó al aire su perversa sonrisa y aseguró que iba a regresar con un ejército de duendes y marionetas que estaban a dos por chavo.

El indio se pintó la cara para la guerra y dijo que me tenía que ir antes que el gordo regresara. Sacó una hataca y me dio a beber un té de pepitas de calambreña que me dejó como nuevo y cuando menos lo esperaba, de un sopapo en el pecho me sacó de trance.  

Cuando desperté, todavía Ponky  estaba allí, y al ver mis ojos abiertos, con gran alivio dejó de darme burrunazos en la caja del pecho.

Recogimos los cantos de bicicleta y nos fuimos de regreso al pueblo  sin mencionar el incidente.

No sé el lugar exacto pero la cueva existe en algún punto entre el cerrillo y la cantera. No digan que es un destino imaginario de los senderos de mis sueños porque yo tenía  por evidencia la hataca que le robé al indio; pero en la rutina de beber agua en casa de las hermanas Centeno, la más preciosa se antojó del suvenir. Y como decirle no a tanta belleza?   

 

©Roberto López

5 pensamientos en “La cueva del indio / Roberto López

  1. Tus escritos serán parte de la base que tendrá nuestra juventud salinense para conocer nuestra historia. Tu estilo de combinar vivencias con leyendas , que año tras años oímos repetidas veces por alguien más viejo que nosotros, será parte muy importante para las nuevas generaciones. Saludos y sigue con tu estilo único muchas veces humorístico que nos retrotrae a un Salinas de ensueño.

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  2. No sé qué fuerza interrumpe la continuidad de mis días y hace que me ponga a escribir cuentos que me llenan de recuerdos de los intrascendentes días de una adolescencia hace tiempo ya perdida. Debe ser el amor a mi pueblo. Digo sin tapujos, que es un pasatiempo placentero y muchas veces me rio de mí mismo. Me enorgullece saber que le encuentren un poquito de fondo a mis relatos y que les haya provocado gratos recuerdos. Gracias estimados amigos por tomarse la molestia de hacer tan generosos comentarios.

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  3. Aunque se menciona, con mucha insistencia, al guatemalteco Miguel Ángel Asturias (El Sr. Presidente y Hombres de maíz) y a los ya ecuménicos José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Juan Rulfo y otros que harían tedioso este comentario, como los precursores del Realismo Mágico en las letras americanas, hubo otros, más longevos, inclusive hombres menos refinados en el arte de contar, como lo fueron los primeros cronistas del Nuevo Mundo, que maravillados con la nueva realidad expuesta a sus ojos, contaron aquello que resultó fantástico a los europeos de entonces, cuya verdad no rebasaba el horizonte brumoso varios kilómetros mar adentro. Desde entonces, y desde que el ser humano se valió de la palabra escrita para dejar constancia de su paso por el mundo, el Realismo Mágico o lo Real Maravilloso ha jugado un papel protagónico en la literatura universal.

    Esa manera de contar algo fantástico, como el que cuenta un asunto propio a la cotidianidad, de hacer lo en apariencia inverosímil algo completamente factibles es, a grandes trazos, el rasgo caracterizador de eso que llamamos Realismo Mágico o lo Real Maravilloso. Ese rasgo caracterizador que cobró fuerza interpretativa, y de revalorización, con el llamado BOOM de la literatura hispanoamericana (que fue más un fenómeno de índole editorial que de movimiento literario), entre los años de 1960 al 1970, volvió a maravillar al Viejo Continente, al punto que no solo empezaron a leer nuestras obras de literatura sino a entender y tomar posiciones en torno a las condiciones políticas y económicas nuestras.

    La cueva del indio, de nuestro amigo Roberto López, a mi entender, el mejor ejemplo de realismo mágico en lo que lleva de historia esta tradición literaria salinense a la que todos queremos alimentar y encaminar, llega en un momento tan urgente como necesario. Es todavía literatura incipiente porque el autor está en ese proceso de crecimiento paulatino y sin descanso que habrá de llevarlo a los niveles que él quiera y esté dispuesto a llegar. Pero, no obstante, maravilla la manera elocuente y bien pulsada como él se vale de los recursos imaginativos y de la sociopolítica del momento para dejarnos un escrito jugoso y promisorio.
    Muy bueno.

    JSC

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  4. Que gratos recuerdos me trajo este cuento donde mencionas a los hermanos Centenos, allí era el oasis de todos los íbamos a cazar por la quebrada la Joya. Recordar el cerro Caroberto, que se decía que había monos. El único que yo vi fue a mi amigo Chita del malecón. Gracias por traer esos recuerdos por medio de tus cuentos.

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  5. Me gusta la manera como hilvanas los sucesos y tus vivencias con las realidades que bullen en tu mente. Ahora pienso que cualquier creyente en el poder de la mente puede toparse con la Cueva del Indio cuando recorra los trillos entre Cerrillo y el Cerro Modesto, aun cuando allí ya no están las hermanas Centeno, para saciar su sed.

    Ciertamente enriqueces nuestra incipiente literatura reginal con esta pieza donde la frontera entre lo real y fántástico maravilla.

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