El brindis nupcial

por Dante A. Rodríguez Sosa

El Sacerdote de la Iglesia Santa Teresita, aunque a veces marcado por alguna perturbación, ofició la misa con espiritualidad tal que todos los asistentes quedaron en capacidad para hacer su entrada a las bellas mansiones celestiales y naturalmente los novios que se casaban, junto a familiares y asistentes no pudieron contener las lágrimas de felicidad.

Una alegre caravana de carros haciendo sonar las bocinas para anunciar la boda celebrada cruzó la Ciudad Criolla para llegar desde la Iglesia al Centro de Recepciones Nupciales.

Los novios se escurrieron discretamente hacia el interior del salón. El resto de los invitados y familiares permanecieron en la antesala del local. Aquí se distribuían uno ricos entremeses y picadera acompañados con una deliciosa bebida espumosa.

En medio de esa delicadeza, con un vaso en mis manos y masticando un quesito manchego con prosciutto, escuche a mis espaldas un murmullo, casi un susurro, que llamó mi atención. No miré hacia atrás pero percibí una voz quebradiza, tristona, amargada que en tono ciertamente quejoso balbuceaba una dolorosa inconformidad con algo. Miré a ver quién era pues en estos tiempos hay que tener oído en tierra pues el desquiciado ambula por doquier y no está mal tomar precauciones. Me calme cuando entrecortadamente el sujeto de la voz angustiada se refería a cosas que nada tenían que ver con el evento de la boda. Solo pude discernir una queja por tener que dejar un trabajo inconcluso y denotaba una frustración por algo que anticipaba que le iba a pasar.

—Veremos a ver lo que van a hacer cuando tengan que masticar el inglés para atender a los inversionistas y a los funcionarios federales. Ella tiene su historia y se la van a sacar en el Senado. Conmigo que no cuenten, le vamos hacer la vida imposible. Lo que me preocupan son los contratos. Yo soy americano de pura cepa, pase lo que pase…

Abrieron las puertas del Salón de Recepción. Comenzó el besamanos. Los novios lucían una contagiosa sonrisa de felicidad que jamás en mi vida había visto. Uno a uno los invitados desfilamos frente a los novios, sus padres y padrinos. Pasada esa escena nos recibía a continuación el maestresala quien nos indicaba con los ujieres la mesa que ocuparíamos. A mi hijo y esposa nos tocó la mesa número nueve. Otros cuatro invitados, entre los que estaba el  sujeto que escuche quejarse, ocuparon el resto de las sillas.

El ambiente era de amistad, familiaridad y solemnidad. Rápidamente los mozos invadieron las mesas y comenzaron a llenar las copas con una espumosa y brillante champaña. Mientras tanto, el salón se llenó de una magia muy especial al escucharse melodiosas notas musicales que daban al lugar un cierto carácter paradisíaco.

brindis nupcialEl maestresala pidió silencio e indicó a los presentes que había llegado el momento de dar curso al tradicional brindis nupcial. De inmediato se presentarón al podio la madre de la novia y también un caballero amigo de la familia del novio que resultó ser el quejoso invitado que se encontraba en nuestra mesa. Estos tendrían a cargo pronunciar sendos brindis.

Primero habló la madre de la novia exaltando los valores y actitudes positivas de su hija y de lo orgullosa que se sentía de que uniera su vida al ejemplar ser humano que había seleccionado como esposo. Mientras eso sucedía noté que la persona que habría de pronunciar el segundo brindis lucía distraído. No parecía estar ubicado en tiempo y espacio. Elevaba sus ojos al cielo mientras discurría el brindis de la madre y pestañeaba sin cesar. Por momentos, se mordía los labios y hacia muecas abriendo y cerrando la boca.

—Parece que es la primera vez que va a decir algo en una boda. Está nervioso o algo le pasa. Pobre hombre, como decía Don Benja.

Terminadas las palabras de la madre de la novia el maestresala le paso el micrófono al amigo de la familia del novio. Todavía con la mirada perdida en el espacio a duras penas audible pidió a los presentes que se pusieran de pie con sus copas en mano.

Entonces se raspo la garganta y se pudo percibir que se trago la saliva que le subió de las profundidades de sus pulmones, y para sorpresa de todos se sacó un estentóreo grito que dejó pasmados a todos:

! QUE VIVA LA PALMA, VIVA FORTUNO, VIVA ROSELLO!

—¡Eha rayos!, se volvió loco— No lo podía creer.

La concurrencia enmudeció y todos quedaron en una especie de estado catatónico y en un cierto limbo mental en el que los segundos parecieron horas. La gente no sabía si reír o llorar.

Mi hijo, que es médico me hizo una señal en que daba vueltas a su mano cerca de la sien. Era claro el diagnóstico por lo que opté por gritarle al endemoniado.

—! Mira estas en una boda! ¡El brindis nupcial es lo que va!

Entonces el orador recuperó la tabla y pidió excusas.

—Perdonen. Se me salió. Perdí la mente momentáneamente. No sabía dónde estaba.

Aun así pudo a duras penas construir tres oraciones para indicar finalmente:

—Levantemos nuestras copas y brindemos por –La Palma—diablo, por los novios.

Terminado ese desafortunado incidente. Todo comenzó a discurrir de forma normal. Me moví la barra para gestionar un refrigerio y allí la comidilla era la locura que sufren los que no pudieron atornillarse ante de perder el puesto de confianza el 2 de enero.

© Dante A. Rodríguez Sosa

5 pensamientos en “El brindis nupcial

  1. Amigos ….ahora que estoy entrando al campo político, y lo hice con buenas intenciones, uno no sabe realmente como será el mañana por lo que mediante esta nota los autorizó a que si mi comportamiento se asemeja al imbecil que Dante nos trae en este relato, de inmediato me den un fuerte golpe en la cabeza y se me someta a la obediencia para traerme a la realidad…

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  2. Muy buena historia, que lleva implícita la denuncia política, el comportamiento del fanático, que lleva su mensaje a todos lados, sin discurrir que el ambiente no es propicio para la propaganda de ese tipo.

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  3. Hay personas que están tan arraigadas a la partidiaria política que se les olvida hasta donde están o para donde van. He visto ese tipo de “stress” hasta en los velorios.

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