El robo de María Candela

por David Arce

Domingo Seminario murió ahogado en las aguas del río Grande un sábado 20 de marzo cuando recién cumplía 18 años. Dos años antes, apenas a sus 16 años, escandalizó a todo Chulucanas cuando abandonó la escuela y se robó a María Candela, la única profesora del pueblo, una mujer 18 años mayor que él, y se la llevó a vivir en una casa alquilada cerca de la panadería de Manongo Esteves, junto a la Plaza de Armas. De nada valieron los ruegos de la madre, doña Doralisa Seminario, quien después de muchos años de permanecer en Huancabamba, decidió cargar con sus siete hijos y regresar a Chulucanas a ver si por fin encontraba al hombre que le prometiera amor para siempre y la dejara embarazada cada vez que la visitaba. Doña Doralisa Seminario se instaló en una casa huerta junto a la casa de la abuela Mercedes y desde allí hizo hasta lo imposible para arrebatar a su hijo amado tan tiernito de las garras de esa vieja bruja solterona de María Candela. De nada sirvieron los polvos de muerto que roció en la puerta de la casa de los concubinos, ni el muñeco hecho con un calzón de María Candela, clavado de alfileres y enterrado en el camposanto una medianoche de luna llena. Tampoco sirvieron las amenazas. Los amantes eran una pareja muy sólida a prueba de todo maleficio.

Doña Doralisa Seminario solamente se quedó tranquila cuando una tarde llena de sol, sin aire que refrescara, el propio Domingo Seminario, calzado con sus llanques gastados, alforja al hombro, se quitó el sombrero de paja, sin reparar en los vecinos chismosos que asomaban sus cabezas por entre las puertas abiertas de sus casas. Alzó la tranca de la casa de su madre y la encontró suspirando debajo del guabo desgranando frijol de palo para los pavos que correteaban a su alrededor.  No hubo nadie que se enterara qué fue lo que hablaron esa tarde madre e hijo, pero los que lo vieron salir dijeron que tenía los ojos henchidos de emoción y de muchas lágrimas. Desde esa tarde no faltaría un día en que doña Doralisa Seminario anduviera y desanduviera las ocho cuadras que la separaban de la casa de su hijo llevando una canasta con víveres, y aún después, cuando ellos se fueron a vivir pasando el puente del río Grande, a la casa nueva, la que muchos años después sería llamada la Casa de los Cachorros.

Si la mañana siguiente del robo fue un escándalo y la noticia rodaba de boca en boca por la plaza, el mercado, los parques, las calles, y hasta por los chicheríos de Chulucanas, las dos semanas que siguieron fueron tan escandalosas que hasta se formó una comisión de vecinas honorables que recurrieron al juez, a la policía y al cura.

Algo demoníaco debía suceder en esa casa que trastocó el tiempo en la apacible Chulucanas, donde normalmente nada sucedía. En los primeros días era motivo de jolgorio y murmuraciones. Luego las bromas ya no eran bromas, los viejos con la cara seria se reunían en la plaza hablando todos al mismo tiempo, confundiendo lo que los otros decían por la sordera crónica senil.

Don Manongo Esteves carajeaba a los peones que lo ayudaban porque estos, en vez de continuar con las labores habituales de fabricar los diferentes y exquisitos panes de Chulucanas, se quedaban extasiados, a la hora de la madrugada, la mejor hora para hacer el pan, ante el extraordinario concierto de jadeos y quejidos, expresiones máximas de goce y placer que provenían de la casa vecina. Estas muestras de satisfacción postergaban la elaboración del pan, que no salía ni del horno ni de sus manos a la hora fijada. Largas colas se formaban delante de la panadería y, por la cara de embobados de los parroquianos, se veía que no les importaba malgastar el tiempo esperando.

Rápidamente se formó un Comité de Vecinas Honorables que elaboró un largo petitorio, en el que pormenorizaban los estragos que causaba el concubinato al margen de la ley de Dios y de todas las reglas de la decencia. Decían que sus maridos estaban diferentes después de comer el pan de cada día, que poseídos por algún espíritu maligno las obligaban a hacer cochinadas en cualquier lugar de la casa, en los horarios más insólitos y en posiciones más increíbles que aquellas vistas en los circos a la mujer goma. Llegaron a la conclusión que de no tomar medidas urgentes todos se verían arrastrados en el remolino de la perdición y a la amenaza de una segunda expulsión del paraíso.

El tiempo trastocado afectaba a todos, niños y adultos. Las noches ya no eran para dormir. Algunas de las vecinas honorables se revolvían en sus camas y maldecían la interrupción del sueño, otras jalaban la bacinica que guardaban debajo de la cama y permanecían sentadas tragando saliva, aguijoneadas por la envidia. Exhortaban a los demás a que cambiaran de panadería, sin resultados tangibles. Los niños tampoco dormían; se escapaban de sus casas y se reunían a jugar a las canicas con los checos y coquitos, a la luz de candiles; otros agarraban cualquier callana para jugar con las chapas de bebidas gaseosas.

El Comité de Vecinas Honorables obligó a los niños a colocarse tapones de cera de pichilingues en las orejas. Esta especie de abejas enanas llegó casi a la extinción porque en el afán de conseguir más cera, no reparaban en destruir las colmenas que estos insectos construían bajo tierra. Pero el remedio fue peor que la enfermedad, porque los juegos de los niños ya no eran los mismos, no obedecían cuando se les llamaba y algunos fueron atropellados por las carretas haladas por burros. Los púberes aprovecharon para usar la cera para hacer más resistentes los hilos con que fabricaron las cometas que volaban en las noches con una vela encendida, ofreciendo un espectáculo luminoso impresionante nunca antes visto en la negrura de los cielos nocturnos de Chulucanas. Solamente reportaron un solo accidente, un incendio en el molino de arroz, donde había caído una cometa sobre un cerro enorme de tamo de arroz recién pilado y que por razones de las comunicaciones de la época, los bomberos demoraron cuatro días en sofocarlo, y no porque demoraran realmente cuatro días. En realidad lo sofocaron en media hora. Mientras las autoridades se comunicaron por telegrama con Piura y hacían los pedidos y confirmaciones, los bomberos demoraron cuatro días en llegar. Eso sí, permanecieron veinte días más entre reconocimientos, imposición de medallas, desfiles improvisados, bailes sociales, bingos y demás jolgorios, y entre tanta borrachera, se marcharon dejando olvidadas sus unidades y mangueras. Transcurrido un tiempo prudencial, don Juvenal Arellano aprovechó para crear el primer Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Chulucanas, Yapatera, Morropón, La Encantada, La Matanza, y demás anexos.

El Comité de Vecinas Honorables se reunió una vez por semana, y culparon de todas las calamidades a los amantes desnaturalizados. El cura se dedicó primero a decir sermones durante las misas pero, como esto no le bastaba a la junta, le solicitaron, pidieron, exigieron, obligaron, a que fuera a hablar con el par de degenerados.

La mañana en que el cura tocó la puerta donde vivían —o donde amaban— Domingo Seminario y María Candela, escuchó unos jadeos ahogarse entre risas y una voz de hombre bien vivido decir que la puerta estaba abierta. Dudó por unos momentos y luego entró. Demoró en acostumbrarse a la oscuridad y vio que no había nadie; luego se abrió la puerta del corral y una sombra femenina se escurrió detrás de unos canceles. En el corral, tendido, completamente desnudo, en una hamaca amarrada a dos tamarindos, estaba Domingo Seminario que, sin inmutarse ante la sotana, le señaló un tronco de cocotero que servía de poyo para sentarse.

—Tome asiento, padre. ¿A qué se debe el honor de su visita? —dijo con su voz gruesa y sonora. El cura se quedó parado, miró el poyo y, sin decir nada, se retiró. Sabía que no lograría nada hablando con el pecador. Tuvo una idea mejor, porque al día siguiente el dueño de la casa les devolvió íntegro el dinero de la mensualidad y les dijo a Domingo y a María Candela que la casa ya no se alquilaba. Pero para no quedar mal con su conciencia les prometió una choza a tres kilómetros de Chulucanas, cruzando el río Grande.

Algunas beatas todavía cuentan, no sin antes santiguarse, que en las noches claras y diáfanas, aguzando el oído, podían escuchar el regocijo de los amantes en lontananza.

Al mes de vivir en la choza, y al parecer saciado de los escarceos matutinos, Domingo Seminario emprendió la tarea de construir él mismo la casa, prácticamente sin la ayuda de nadie, mientras María Candela, con su risa escandalosa, se dedicaba a desbaratar lo avanzado. Aprovechaban las primeras horas frescas de la mañana para hacer adobes y acarrear madera de algarrobo que ponían a secar. Algunos caminantes disminuían el paso para escuchar la risa contagiante de felicidad de María Candela.

En el fondo de sus corazones, ambos amantes tenían la secreta esperanza de que algún día sus padres los perdonarían e irían vivir junto a ellos con sus innumerables hermanos. Por eso María Candela no se sorprendió de los múltiples cuartos que iban emergiendo alrededor de la pieza central. Domingo Seminario nunca se imaginaría que con el tiempo esa hermosa casa construida con sus propias manos y con su propio sudor sería llamada La Casa de los Cachorros.

No quedó ninguna parte del cuerpo de ambos que no hubiera sido examinada escrupulosamente por el otro. Aparecieron manchitas y lunares nunca sospechados y, cuando Domingo Seminario lograba conciliar el sueño entre cada batalla, María Candela acariciaba el vientre de Domingo haciendo rulitos con los vellos pubianos.

Nunca nadie supo el motivo por el que, después de tanto escarceo, María Candela no saliera embarazada en los dos años que siguieron.

Dos semanas antes de que Domingo Seminario muriera ahogado en el río, María Candela sintió el ulular agorero de una lechuza taladrar su corazón insomne y esa noche tampoco pudo conciliar el sueño. Pareciera que la inminencia de un desenlace fatal desató una febril apetencia por los juegos amorosos, los cuales eran correspondidos por Domingo, que en el culmen del placer se abandonaba a los requerimientos insólitos de María Candela.

El día en que Domingo Seminario murió ahogado en el río, al salir temprano por la mañana, antes de que el sol empapara de colores el valle, vio la sombra de un gato negro cruzar la puerta. Y se dijo: «Cuando regrese, le diré a María que le ponga un tazón de leche fresca para ver si se acostumbra a nuestra casa».

Más tarde tropezó con la escalera que estaba apoyada en una de las paredes y casi lo desnucó una teja que cayó del techo. Le puso los arreos al burro y cargó de hierba la carreta. Por el camino vio una putilla, un ave de pecho rojo, que le daba las espaldas. Solo atinó a santiguarse en forma automática, porque en Chulucanas es considerado un signo de mal agüero toparse con una putilla que está de espaldas. Hubiera preferido encontrarla de pechito y creer que algo bueno le esperaría en el resto del día. Miró el sol que caía como plomo hirviendo, se ajustó el sombrero de paja y se puso a silbar una canción antigua, de su niñez, que creía ya olvidada.

No había terminado de pasar el puente cuando vio a cuatro niños bañándose en el río y uno de ellos parecía que se ahogaba y la corriente lo estaba llevando. Uno a uno, los demás se lanzaron desde la peña para salvarlo, al parecer sin suerte porque dos veces vio hundirse la cabeza del niño. Sin dudarlo, sin quitarse las ropas, Domingo Seminario se lanzó desde el puente hacia el lugar donde lo había visto desaparecer, tocó un pie y se le escurrió, abrió los ojos y no veía nada por la turbidez del agua. Iba a tomar aire cuando volvió a tocar un pie y esta vez lo agarró con fuerza y lo llevó a la orilla. Quiso descansar un poco y no vio a los otros. Volvió a zambullirse y esta vez fue más fácil. Volvió por el tercero y también lo llevó a salvo a la orilla. Cuando regresó por el cuarto se desesperó por no encontrarlo y se dirigió adonde vio un pequeño remolino y unas burbujas emerger por la superficie del agua. Tocó unos cabellos que haló con fuerza y lo lanzó a la orilla. Cuando quiso salir sintió un dolorosísimo calambre en la barriga que se le extendía hasta la pierna derecha. Pensó en María Candela y, con una mueca de desesperación y angustia, se hundió para siempre entre las aguas. Nunca sabría que había salvado a los Cachorros.

La gente volvió a hablar de Domingo Seminario durante varios días. Unas nubes negras amenazaban en el cielo mientras un silencio viscoso se desparramaba por todas partes. Algunos iban a darle el pésame a la madre; otros, los más, iban donde María Candela, que parecía una flor marchita mirando las aguas del río.

Después de una semana de búsqueda infructuosa a alguien se le ocurrió recurrir a la vieja costumbre de usar calabazas partidas por la mitad, con una prenda del desaparecido dentro de ellas y una vela al centro, y las lanzaron a las aguas del río.

Fue así como encontraron el cuerpo de Domingo Seminario, cuando una de esas calabazas se empecinaba en girar sobre el mismo sitio a pesar de que la corriente continuaba con fuerza. Alguien dio la voz de que el cuerpo se había atascado en un ramaje por debajo de las aguas y lograron sacarlo. Estaba irreconocible, completamente hinchado, con la lengua afuera, las manos picoteadas por los peces, la barriga inflada a reventar con unas vetas verdes, apenas sostenida por una vieja correa, y con un hongo de espuma sobre la nariz.

Le avisaron a María Candela y ella se negó a verlo. En vez de luto, se puso el vestido rojo que más le gustaba a su marido y se encerró en su casa.

Don Heráclito Seminario fue el encargado de realizar la necropsia.

©David Arce

Primer premio del concurso nacional del CMP del Perú

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s