El desempleado

por Edelmiro J. Rodríguez Sosa

Llegó a la plaza de recreo a eso de las ocho de la noche, hora y media antes de lo planeado, y se sentó frente a la alcaldía. Había un carro amarillo estacionado a un lado de la plaza y una persona sacaba dinero de una ATH. Varios transeúntes pasaron por su lado, lo saludaron y siguieron de largo. A lo lejos se oía la música de un bar.

Llegaron a su mente recuerdos tristes. La mañana en que recibió la carta de despido de la agencia gubernamental en la que había trabajado por veintitrés largos años.

Aquella mañana el reloj marcaba las diez menos diez minutos.  Al leerla se desencajó su rostro, palideció y rodaron copiosas lágrimas por sus mejillas. Se apoyó en el escritorio y así estuvo sin recordar cuanto tiempo. Sus compañeros de trabajo, visiblemente perturbados y acosados por el miedo revisaban la correspondencia recibida sin saber que decir.

Sentado en aquel banco, como otras tantas veces, vinieron a su mente los rostros de su esposa y de sus hijos. Su corazón quería explotar. Volvió a experimentar una profunda rabia contra el gobierno que lo despidió, el mismo que respaldo con su voto.

Recordó los momentos amargos cuando le ejecutaron la casa y se llevaron el carro. Cuando su esposa e hijos tuvieron que irse a vivir a la casa de su suegra en la que él no cabía. Los días deambulando por el pueblo durmiendo donde le cogía la noche y buscando un trabajo que no conseguía.

Todo en su vida se había derrumbado. No sabía cómo enfrentar su nueva situación. Odiaba coger cupones y el pago por desempleo apenas daba para los gastos básicos de su familia. Un cúmulo de pensamientos suicidas se agolpaban en su mente.

Los martes acudía temprano a la alcaldía en buscar trabajo.  Era el día que el alcalde atendía a la gente. Dejaba su mochila, con sus escasas pertenencias, al lado del escritorio de la secretaria. Ya en la lujosa oficina del alcalde, se sometía al minucioso interrogatorio del primer ejecutivo, quien al final le entregaba un papel refiriéndolo a alguna agencia gubernamental.

Esa mañana se presentó en la alcaldía como todos los martes. Antes de entrar miró el reloj que adorna la torre del ayuntamiento. Las manecillas marcaban las diez menos diez minutos, a esa hora dejó de funcionar hace cincuenta años.

Cuando le tocó su turno entró a la oficina del alcalde. Como de costumbre dejó su mochila junto al escritorio de la secretaria. El alcalde lo atendió como siempre y le dio el referido y una palmadita en el hombro. Al salir tiró el papel en el primer zafacón que encontró y salió abandonando sus pertenencias.

Ese martes, antes de medianoche se escuchó una estruendosa  explosión que retumbó en todo el pueblo. La Alcaldía se vino abajo. Solo quedó intacta la torre con el reloj marcando las diez menos diez minutos, de la mañana o de la noche, ¿quién sabe?

©Edelmiro J. Rodríguez Sosa, 26 junio 2012

4 pensamientos en “El desempleado

  1. Tremendo Sr. Edelmiro. Ya lo dijo Rubén Blades…….. hace de el hambre una almohada y se acuesta triste de alma……..su paso no lleva prisa, su sombra nunca lo alcanza…… ay Pablo Pueblo.

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  2. Extraordinaria manera de traernos la situacion actual de nuestro pueblo. Una verdadera pena que todos los residentes de la comarca del Cacique Abey no tengan la oportunidad de tener las facilidades del “Internet” y poder lograr leer Encuentro al Sur. El analisis de Josue es uno atinado el cual comparto totalmente y solo le añado que esa mochila contenia el detonante mas efectivo que pueda existir…. verguenza colectiva …

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  3. Me gusto mucho toda la atmosfera del cuento, me senti que yo era el desempleado. Lo único que yo no bote el papel, se lo restriegue en la cara al alcalde y me fui a jugar billar, en el de Abelardo, donde habáa esperanza de ganarse una mesada.

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  4. Me gusta el efecto de sugerir lo que no dijiste por pericia de narrador: la mochila, sus pertenencias, era un dispositivo explosivo que redujo a escombros el viejo edificio del ayuntamiento. ¿El primer acto “terrorista” en Salinas? Aqui hay tela para cortar. Especialmente en eso de la mochila a la que adjudicas ser las pertenencias del protagonista, que en este caso es personaje colectivo, pueblo, cuyas unicas pertenencias, lo que les queda, es esa fuerza descomunal, hija del enojo arrastrado, la indignación capaz de pulverizar aquello, y más, que lo mantiene sumido en la indigencia economica, esperanzadora, más no espiritual y transformadora. Te digo, Edelmiro, aqui hay cuento para contar. BUENO.

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