El arresto de Hernán, el Brinca charcos :cuento

Por Carlos López Dzur

 

    a Hernán Sagardía Párez, educador, y mi ex profesor de secundaria con cariño

 

Como maestro de escuela, educador de independentistas, organizador de faenas para el porvenir, Hernán solía dialogar con sus jóvenes alumnos, alentarles el estudio de la historia y provocarlos con su estampa loca. Flaco, bocón, excéntrico, irreverente, amanerado, él mismo se decía Mr. Brinca Charcos. . Entendía el significado de ser Titán, con patas largas y cortos calcetines rojos. Decía que a veces hay que ceder y encogerse como sus medias y pantalón de tirantes. Ser casi un payaso entre los pobres.

Poéticamente dicho, fue el más joven de los Titanes. No siempre lo decía de sí, sino del Cronos arquetípico, o de Saturno, el romano o del planeta entero. A veces los países viven sus Saturnalias locales, fiesta fuera de control, carnavaleros sin sentido para el dios romano del ego.

Hernán Brinca Charcos entendía el Arquetipo y encarnaba todos sus aspectos. Casi siempre, su Saturno / o dios Cronos / era uno que organiza la Historia del Mundo. Uno consciente del tiempo en el espacio mundano. La saturnalia es el plexo de responsabilidad y de historia. Decía, por los 50, que hay que acabar la embriaguez de muñocismo y escuchar el mensaje de Don Pedro Albizu. O al menos, los clamores de sustentabilidad real, que son la soberanía. Todo lo demás es carnaval. Saturnalería, mal karma en el ego. Cronos que devora a sus hijos.

Tampoco quiso otros 30 años bajo la dinámica elitista, clasista, de los caudillos de siempre, no en Roma. El siempre habla sobre San Sebastián del Pepino. De hecho, viene de una cepa de politicones como su hermano y su padre. Mas él es el irreverente. En la crónica local de Saturno y la superación de sí mismo, contrapuso sus símbolos, la Iglesia del Padre Aponte, su afán de tratar el pecador a palos; por otro lado, el dominio económico de los clanes Oronoz, Echeandía, los Méndez Cabreros y aún Sagardía Sánchez y Pin Méndez. Cierto es que, por sobre todas las cosas, objetó el gobierno caciquista de La Pava moviéndose a la derecha como epidemia entre romanos, a la que Lutacio Catulo hallaría su remedio, consolidando el templo al pie del Capitolio / Municipio.

En el Decenio de 1950 y, aún más en los ’60, el Cura del pueblo, la fiera que vela a las niñas malsentadas, con mirada de lince, aún temiéndolo, se armó del afán de castrarlo. Proscribió a Sagardía Brinca Charcos. Gustosos de sus liderazgos, el pueblo prefirió su carnaval y sus banquetes, pero no la inversión del estatus social ni el fin del coloniaje. Esto llevaría a Hernán a ser más muino y payaso. Fue cuando propuso la hora de los encogimientos. Menos carnaval y más trabajo; pero, las élites del pueblo antes que transar matarían a Icario, a Hernán, a sus símbolos. Se negaban a la dinámica de grupo, a la responsabilidad, al estudio de la historia que propuso como porvenir.

El Cura Aponte envió una carta venenosa al Superintendente, y no era tóxica somnolencia de la vid. Era un expreso memo contra Hernán Brinca Charcos para que fuese echado de la escuela y, después… con la revolución albizuísta, detenido y encarcelado, por tener los cuatro cabos blancos: comunista, ateo, independentista y albizuísta. «El emponzoña la juventud del Pueblo», concluía la carta.

Del libro de cuentos inéditos «Rayos por celo de tu cuerpo» de Carlos López Dzur

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