Angeles y demonios / Rima Brusi

Es difícil escribir parpadeos de lejos. Por definición, son usualmente narrativas en la primera persona que me permiten el participar, ver, o al menos estar territorialmente cerca del asunto. Pero hoy en el espacio entre mi isla y yo se asoman, hambrientos, sonrientes, los fantasmas del escritor ausente, los demonios pequeños, traviesos y mezquinos de la soberbia suave, el juicio mal disimulado, la crítica sin amor del pasajero de la guagua aérea que mira desde el otro lado de el enorme charco del Atlántico. Un charco que por supuesto, no es neutral.

Yo distraigo a mis demonios dejándolos tomar de mi café. A veces les doy chocolate. Cuando se pasan de la raya y tratan de treparse sobre el teclado, los miro mal y escribo sobre ellos, de ellos, desde ellos. No falla, la honestidad no les gusta. Se retiran decepcionados, fruncidos, como el Gollum de Tolkien. Juegan con mi pelo, desordenan mi escritorio, pero me dejan escribir.

Y hay tanto que escribir, y son tan fáciles, tan descubiertas, las metáforas, que casi casi se salen de la retórica e irrumpen, violentas, en el ámbito de la literalidad. Reconsidero ese “casi.” ¿Qué mejor metáfora para nuestra construcción tradicional de “la nación”, eternamente frágil, inocentona, vulnerable y estereotipada, que los estudiantes de una escuela elemental en Cayey vestidos todos de jibaritos y jibaritas?

Imagine la escena. Está en los periódicos. Los niños y sus maestras celebran el día de la puertorriqueñidad. (Whatever that means, murmura uno de mis demonios, y yo lo cito, para que se calle.) Las niñas con sus faldas blancas y sus cinturones rojos, con sus cabellos trenzados amorosamente por alguna madre, tía, o vecina. Los niños con los pantalones blancos y las pavas que representan el resultado de nuestra extraña negociación, en el siglo veinte (y todavía), con la historia violenta de centurias de complejidades raciales y de clase, una negociación que de algún modo redundó en el ensombrerado campesino, de blancas ropas e igualmente blanca tez, como símbolo nacional. Fuera quedaron la negritud, la costa, y el indigenismo. Pero me salgo del tema. El caso es que los niños estaban vestidos de jibarito y que, si le pongo a mis diablillos (que no son del todo malos, ojo, son mas bien malévolos) el pie en el cuello para que sepan que en mi teclado mandan, de momento, reacciones más positivas, puedo imaginarlos con ternura (a los niños, no a los diablillos) bailando y cantando, celebrando a la nación en su escuelita forrada de encantadores dibujos con mensajes como “alto a la violencia”, y “no tener miedo.” La escuelita pública, ese otro símbolo de la nación y sus aspiraciones.

Y entonces, frente a la escuela misma, frente a la metáfora de la nación frágil e infantil, frente al maltrecho templo a la niñez y sus posibilidades, de su capacidad para la aritmética, la lectura, y la convivencia, frente al deseo, tan básico, tan humano, tan razonable, de paz para la infancia, allí mismo, allí alfrente, un sicario mató al padre de dos de los jibaritos. 12 disparos, doce balas, en el cuerpo de Ángel González, que iba a recoger a sus niños en compañía de su esposa.

Mis diablillos ríen, traviesos, y se beben lo que queda de mi café. ¿Ángel, se llamaba? ¿En serio? En serio. Ángel murió asesinado frente a la escuela de sus dos jibaritos, a pocos metros de los carteles que leían “Alto a la violencia en Puerto Rico” y “Porque si tienes miedo, los criminales se van a apoderar de todos.

Tomado de Parpadeando

2 pensamientos en “Angeles y demonios / Rima Brusi

  1. Freddy Beras Goyco, comediante y conductor de programas televisivos y de radio en la hermana Republica Dominicana, tristemente desaparecido, cuando vio que el gobierno no hacia gran cosa para conjurar el problema del crimen en su país, porque la Policía estaba demasiado involucrada en la ejecución del crimen que en su solución, aconsejo a los hombres y mujeres honestos, victimas del crimen, a armarse: “La delincuencia en este país no hay quien la pare. Ármense. No le hagan caso ni al Comisionado de la Policía, ni a la Iglesia ni a nadie. Ármense. Busquen pistolas, escopetas, flechas envenenadas, lo que sea porque la delincuencia nos está arropando. No hay seguridad en este país.”
    Las Constitución que nos cobija protege ese derecho.
    En una ocasión, y no me arrepiento ni me avergüenzo c decirlo, un anciano conserje donde yo trabaje por muchos años me dijo sollozando que un tirador de drogas en la calle donde vive, guardaba la droga en su hogar y los tenía, a su esposa y a él, aterrorizados. “Yo no sé qué hacer Mr. Santiago, porque si lo denuncio a la Policía, dijo que nos hacia matar.”
    “Mire don Juan, le dije, si ese fuera mi caso yo iba a la armería y compraba un arma para protección en el hogar, tomaba clases de tiro y cuando el bandido fuera a esconder o buscar la droga a mi casa, le pegaba un tiro, uno solo, para matarlo y luego llamaba la Policía y le contaba que entro a nuestro hogar a agredirnos.”
    Seis meses después, don Juan resolvió el problema y el de sus vecinos porque muerto perro, se acabo el pulguero.
    Nosotros hemos permitido lo que ahora nos da en el rostro, primero, por no saber elegir a nuestros gobernantes ni saber exigirles. Por esa lealtad irracional e infantil a los partidos y segundo porque los males hay que extirparlos según se presenten.

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  2. Hoy precisamente acudí a un velorio en la funeraria del Cementerio Borinquen Memorial. Como allí yacen los restos de la mamá de mi compañera, ella quiso aprovechar y visitar la tumba de su madre. Al acercarnos, en la sepultura contigua había una joven colocando flores sobre la fosa. Estaba afligida y con los ojos llorosos. De primera intención pensamos que se trataba de la tumba de unos de sus progenitores recientemente fallecido. Guardamos silencio tratando de no invadir la intimidad de la joven. Me mantuve a la distancia mientras mi compañera arrancaba algunos yerbajos que habían crecido alrededor de la tumba de su madre. Más temprano que tarde entre ambas mujeres se inició un diálogo y en par de minutos cada una de ellas sabía el motivo que las trajo ante aquellas tumbas. Cuando me acerque, mi compañera dijo: es la tumba de su esposo”. Miré a la joven viuda, y lo que se me ocurrió decir sospechando lo peor, “¿estaba muy enfermo?” Ella, sollozando, simplemente dijo: “lo mataron”.
    Este texto de la profesora Rima Brusi utilizando los recursos literarios que ella bien maneja es un llamado contundente a espantar los diablitos que se han apoderado del País. Hay más de una forma de terrorismo, y la incertidumbre sobre quién está en control es una de ellas. ¿Por qué este problema se nos ha ido de las manos? Si la situación del crimen está fuera del control del gobierno. ¿Quién está entonces controlando al gobierno? Los ciudadanos aterrorizados no saben en quién confiar.

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