La poesía lírica de José Manuel Torres Santiago*


En 1984, José Manuel Torres Santiago publicó un libro de poesía amorosa y el periodista Pedro Zervigón inquirió, desde su página de El Reportero, si Torres Santiago había cambiado de la poesía militante a una lírica del amor. Motivado por dicho planteamiento, el escritor Ernesto Álvarez respondió con una carta que le escribió a Zervigón que vio la luz en marzo de 1984, la cual se trascribe a continuación:

En torno a la poesía de José Manuel Torres Santiago

Por Ernesto Álvarez

Si alguien me hubiera mostrado este poema sin decirme el nombre del autor jamás hubiera adivinado que era obra de José Manuel Torres Santiago. Sus poemarios La paloma asesinada (1967) y En las manos del pueblo (1972), sus editoriales en la revista Guajana y sus planteamientos a favor de la poesía comprometida políticamente tanto en artículos periodísticos como en ponencias en foros literarios, le otorgaron a Torres Santiago el liderato en la defensa de esa tendencia dentro de la poesía puertorriqueña. (…)

¿Ha cambiado José Manuel Torres Santiago? ¿Se han enfriado sus ánimos como polemista? ¿Han variado sus criterios sobre el compromiso en la poesía?  (Pedro Zervigón: “¿Ha cambiado José Manuel Torres Santiago? El Reportero, martes, 13 de marzo de 1984.)

Hoy he leído la entrevista de Pedro Zervigón a José Manuel Torres Santiago, poeta que elevó su voz en señal de protesta en los días cruciales que se dieron durante la segunda mitad de la década del ’60 y a principios de los ’70. Ciertamente la voz de Torres Santiago, como la de otros miembros de su generación, era “viril”. De hecho, una de las trovas lareñas escrita por Torres Santiago —la dedicada a Parrilla— se iniciaba con los versos: “Parrilla tuvo cojones / lo dice el pueblo en cantares” (En las manos del pueblo, 1972, p. 31). Esta actitud frente a la sociedad y al mundo que confrontaba fue la que condujo a Juan Ángel Silén a definir esta pléyade de poetas comprometidos como “la Generación Encojonada”, epíteto que, sin lugar a dudas, era el glorioso estandarte de los que entendían de aquella lucha.

La voz atronadora de la poesía de militancia era la que con más estrépito —redoblar de tambores y tronar de armas— irrumpía en recitales y lecturas.  Una vez escuché a Andrés Castro Ríos expresar, refiriéndose a una exposición de pinturas: “Para mí, si no es arte social, no es arte”. Entiendo que de igual modo pensaba de la poesía.

Lo interesante de todo esto es que las voces marciales de la guerrilla y la militancia solían oprimir las otras voces que también sabían hablar de “cosas bellas” cuando el amor tocaba a la puerta del poeta o cuando se emocionaba ante el paisaje.

Siempre he pensado que al lado y adentro del poeta rebelde convivía también el lírico. El énfasis era, naturalmente, en la poesía de combate porque las circunstancias históricas particulares reclamaban la presta militancia de las letras y las artes.

¿Dejaba, por eso, de emocionarse el hombre ante otras motivaciones que vivía?

Junto al hombre que arengaba: “Lo importante, Ho Chi, Min, es la victoria”, había en Andrés Castro Ríos el pensador que en sonetos meditaba los problemas existenciales en su Muerte fundada. Al lado, Juan Sáez Burgos a su modo expresaba: “Escribo porque siento que escribiendo / venzo mi estar de hombre solitario.” (Un hombre para el llanto, 1969, p.7) Y  Wenceslao Serra Deliz expresaba en una reflexión simple, sin grandes pretensiones de lirismo: “Le tengo un horror sin nombre / a esos días / que no caben en el sueño sencillo de una noche, / en el pecho de un hombre… sencillo…” (Memoria, 1970, p. 12).

Como se puede ver, había, además del compromiso, de la lucha y de la militancia, una conciencia del hombre ante las circunstancias, de los temas “eternos”, visión autobiográfica en muchas ocasiones en la que el poeta era un ente circunstancial en este mundo, y lo expresaba de diversas maneras. A veces he pensado que sería interesante mirar antológicamente la trayectoria de la poesía “no comprometida” de esta generación. No por restarle méritos a aquellos buenos poemas que fueron armas de conciencia en una época de confrontación y polarización, sino por hacer emerger el lado “humano” al lado del “guerrillero” o el “soldado”. Con esa visión se completaría al “hombre” que le escribía Juan Sáez Burgos:

El hombre de dolor que hay en mi cuerpo
sabe de una verdad sobre la tierra
La verdad de la lucha,
de la fuerza,
y este amor a la vida que le llena.

(Un hombre para el llanto, p. 61)

En cuanto a José Manuel Torres Santiago, el poeta robusto y enérgico que en su libro de 1972 —En las manos del pueblo— expresaba:

Nosotros
los ilógicos, los arbitrarios, los antimetafísicos
los comunistas subversivos
los que usamos la palabra como arma
para atacar
los que usamos el poema para la denuncia y la protesta
los que usamos el poema para propagar nuestra causa de libertad
y justicia.
Nosotros, Miguel, los antiestéticos…         

(En las manos del pueblo, p. 39), en su libro anterior —La paloma asesinada, 1967— también con marcado lirismo, había escrito:

Zumba la lluvia.
Los peces revientan sus escamas,
los pájaros trisan su garganta.
Los alciones posan
de tanta antigüedad salada.
Estalla el corazón…  

(La paloma asesinada p. 47)

Esto para no redundar en más ejemplos asequibles en el mismo libro. Claro, que —si mi memoria me es fiel— en una ocasión escuché a José Manuel expresar que en ese libro él quiso publicar casi todo, y allí había poemas que no debían estar. Tal vez no esté citando textualmente. Lo cierto es que uno llega a plantearse: ¿por qué habría de negarse, esconder o destruir una poesía sensible a las otras expresiones vitales del hombre? Cierto es que el hombre asume la posición “vertical” de en pie de lucha por unas convicciones que lo llevan a confrontar las estructuras opresoras que lo marginan y lo discriminan. ¿Se vuelve, acaso, insensible el hombre por causa de esa responsabilidad que le toca asumir?

Tras esta pregunta podría haber múltiples respuestas. Lo importante, por ahora, es saber que un poeta confiesa su poesía íntima, lírica. Y que ésta no desmiente la otra llamada “comprometida”. Y, además que —creo— siempre han convivido ambas en el ser de José Manuel Torres Santiago, aunque por circunstancias particulares, una de ellas debió ser en su tiempo oprimida y discriminada.

Boán, Arecibo, 13 de marzo de 1984

Contestación de José Manuel Torres Santiago

New York, N. Y.

10 de marzo de 1986

Ernesto Álvarez

Universidad de Puerto Rico

Río Piedras, Puerto Rico

Estimado Ernesto:

Recibí tu carta y con ella el artículo. Primero que nada, como dicen en mi pueblo, las gracias.

Nada tengo que añadir a lo que dices. Sí, tienes toda la razón. Así fue. No me cabe duda de que así tuvo que ser. En un editorial de Guajana, en una ocasión dijimos que si la rosa estaba chamuscada y olorosa a pólvora, no se nos podía culpar. Ese fue el mundo que nos dieron. Y contra él luchamos quienes no lo aceptamos.

Más debo confirmarte que, aunque luchábamos, con nosotros convivió el lírico. Si te fijas, nuestra mejor poesía comprometida fue siempre una de tono lírico, porque fuimos líricos antes que militantes. En mi caso, y citas bien cuando mencionas La paloma asesinada, está ese lírico en constante pugna con el poeta épico. Ya eso está resuelto. Conmigo viven los dos y no se contradicen como en los terribles sesenta.

Va un artículo que publiqué en 1963 sobre Marina Arzola, donde apunté lo que percibes; sí, también había una trayectoria no comprometida en el sentido de la protesta y creo que de gran poesía.

Mi próximo libro de poesía —30 años después— tiene ese lírico y creo que a plenitud.

Un abrazo,

José Manuel Torres Santiago

*Colaboración enviada por José Manuel Solá