Flor de guajana / Marinín Torregrosa Sánchez

Serie Genealogía salinense:

Los Terregrosa

Con 9 años miraba al cielo surcando entre nubes su pensamiento. Los pequeños pies flotaban corriendo por el callejón, levantando el polvorín, tratando de elevar su sueño en el avión que sobrevolaba el cañaveral. No se conformaba con la chiringa.

-¡Muchachos corran!

Cabalgando y con fuete en mano llega el capataz, se baja del caballo listo para asustar a los que disfrutaban del chapuzón en el lago de Sabater. Salían desnudos porque aquel hombre alto les llevaba la ropa para esperarlos en la casa.

-¡Ramona! Mira esos muchachos metidos en el lago, se lo tengo dicho que no los quiero allí. ¡Me caso este en la osa cará!

Fue la única mala palabra que escuche decir a mi papá en mis cin…tantos años que tengo.

-¡No le pegues, por favor, bendito no les des, con la correa no, bendito!

-Pero si todavía no me quito la correa Sonia, además no es para ti el castigo.

Sonia, mi hermana, nos salvó de tantas palizas porque su pena y llanto ablandaba el coraje de mi papá. Así los castigos eran menos duros. Mi hermana de ojos grandes azul verdosos y rizos dorados como el sol siempre intervenía por los demás, como un ángel. Mis hermanos como buenos diablillos terminaban riéndose y saliéndose con la suya.

¿Yo? No, todavía no había nacido, esto me lo conto mi mamá, mis hermanos y mi papá que estuvo callado mientras Ramona vivía. Una vez murió, Moncho agarro los topos y jamás los soltó, habló entonces hasta por los codos.

Lo recuerdo en aquella mesa de la cocina, con su pantalón y camisa color caqui. Llegaba a mitad de mañana, luego de voltear los cañaverales. Se sentaba a leer el periódico El Mundo. Sus páginas eran enormes. La sección de muñequitos Pepita y Lorenzo era mi favorita. Lo observaba en silencio mientras él devoraba aquel monstruo de papel con tantas letras. Temerosa, de que al dejar caer la página me atravesara con aquella mirada firme. Sólo eso, su mirada. Fui la más afortunada, según mis hermanos, porque nací en el Hospital de la Central Aguirre y sólo un correazo en mi larga vida recibí. A ellos los trajo la comadrona, en cuanto a los castigos, yo pienso que cuando nací ya él estaba cansado.

Tony, mi hermano, insistía en que alguien me había dejado en la puerta de la casa en una canasta. Esa historia casi me la creí, claro era su venganza porque despareje el número de hijos. Cuando nací él ya tenía diez años y vestido de vaquero lo llevaron a verme aquel día de reyes. Bonito regalo, ¡coño! le había quitado la falda de mami. Quiso matarme a tiros con la pistola de juguete, pero con el correr del tiempo nadie me celaba más que él.

Recuerdo una mañana en la Teresa. Yo me preparaba un revoltillo, con huevos de las gallinas criadas allí. Tony llego del pequeño aeropuerto ubicado donde ahora hay una pista de carros. Trabajaba allí cuando salía de la escuela. Acompañado de sus amigos, entre ellos uno al que le decían Piliche, me hizo prepararles desayuno.

-Yo quiero revoltillo, como ese, échale sofrito.

Maquiavélicamente agarre unos huevos de pato, porque sabía que a él no le gustaban, se sentían gomosos al paladar. Rápido mezcle los ingredientes para que no lo notaran y les serví a cuerpo de rey. Me senté a deleitarme observando cómo devoraban el delicioso plato. Guarde el secreto hasta que a ambos nos salieron canas.

Tito, otro de mis hermanos, era el calladito, con la música por dentro. Cuando yo salía de la escuela Santiago R. Palmer tenía que esperar en la plaza a que él terminara de hablar con las novias. Mientras, con los cinco centavos que me daban compraba mi piragua de frambuesa y tamarindo. Nunca olvidare cuando le aumentaron un centavo.

-¡Seis centavos!- exclamé. ¡Era todo lo que me daban!

Volviendo a mis hermanos…

Los sábados me ponían a limpiar los muebles de aquella enorme casa de la Teresa. El área que más disfrutaba era el cuarto de los muchachos. Tenían unas camas bibliotecas con unos compartimientos en los que yo me quedaba horas muertas descubriendo el contenido. La de Tito era la más interesante, un viaje al romance, desde cadenitas de pie hasta juramentos de amor, creo que fue donde desperté mi interés por los versos. La de Tony, ¡Dios! Parecía un hangar. Toda clase de avioncitos, de los que venían para montar. La mejor parte era la estiba de pasquines, Archie y Trombolo, Superman y Luisa Lane, el pato Donald y Rico Mac Pato… Me daba la hora de la comida en aquel cuarto.

Monín, mi hermana mayor, compartía la habitación conmigo y yo me embarraba con su maquillaje. Era maestra en la Segunda Unidad del Coquí. La rodeaba un aire de misterio, así lo percibía, por muchos años le guardó luto a un novio que había muerto muy joven, me contaron que sufrió mucho y tal vez por esa historia yo la tenía como la heroína de las novelas. Hasta que conoció a Emilio, en un baile de la Guagüita de Julín Jiménez. Llevaron un largo noviazgo hasta casarse. Fui su chaperona, pobrecito.

Nora y Edelmiro, no puedo nombrar a Nora sola, siempre Edelmiro estuvo allí…desde que tengo recuerdo. Ellos llegaban los fines de semana de Río Piedras. ¡Eran universitarios! Se casaron entre flores de papel y hojas de abeto, la celebración fue por la mañana, un desayuno…pero la gente se quedó para el almuerzo, el café, la comida y para el sopón. Aquella casa espaciosa y acogedora era dulce para los visitantes. ¡Las veces que viramos a mitad del callejón los domingos porque la visita venia de camino!

Me convertí en la titi chiquita gracias a mi hermano Papo, me regalo mis primeros sobrinos…eche a un lado mis muñecas. Jugaba con ellos cuidándolos porque todavía era una niña.

Sonia, la frágil muñeca de cristal, el ángel de todos quiso ser enfermera. Era diferente, especial en su manera de ser, pausada y calmada. No le importaba regalar la compra de casa al primero que le llorara una necesidad. Siempre la vi como un alma cristalina, un espíritu transparente.

Recordaba y preguntaba por todo el mundo. Me llamaba todas las semanas a cualquier hora. Estando yo por esos mundos no precisamente de Dios llegaba su voz a través del celular. ¡Las veces que tuve que dejarlo encendido sobre la mesa de un chinchorro porque ella quería escuchar la música de trio que yo bailaba! Hasta sus últimos días empeñada en resolverme la vida.

-¡Te vas conmigo para Atlanta! Allí te buscamos trabajo y marido…

Perdonen, por un momento me distraje y volví al presente, los extraño mucho, no lo puedo evitar.

Los cañaverales eran las murallas que nos mantenían al margen del pueblo. Para algunos éramos jíbaros, para otros riquitos, para mi éramos simples y felices.

El camino de tierra bendita que pise tantas veces el progreso lo ha borrado. Ahora han sembrado cemento, metales, carros de carrera bajo un cielo cubierto de cenizas.

No, esperen un momento… creo ver un espejismo. Se elevan al cielo erguidas entre la muchedumbre de la caña, flores de guajana en mi memoria.

Continuare, me faltan más hermanos, los de Guayama.

por Marinín Torregrosa Sánchez, 30 de agosto de 2011.

Fotografías

En la primera foto la maquinaria cortando la caña, en la segunda foto, sentado arriba de la escalera mi hermano Tony, yo abajo con mi sobrino frente al auto. En la tercera foto mis sobrinos mayores, Vilmarie y Papo, en la parte de atrás de la casa, donde estaba la escalera que salía de la cocina. En la cuarta foto mis padres Moncho y Ramona con los nietos en el amplio balcón.

Cortando caña en la Colonia La Teresa del barrio Aguirre de Salinas

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La escalera frontal de la casa del mayordomo, Colonia Teresa

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Escalera de la cocina de la casa del mayordomo en la Colonia Teresa

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Balcón de la casa del mayordomo de la Colonia la Teresa

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2 pensamientos en “Flor de guajana / Marinín Torregrosa Sánchez

  1. De las casas de la Teresa ya ni ruinas quedan. Hace como veinte años, cuando todavií estaba el camino, fui acompañada de mi hija mayor. Queria mostrarle el lugar. Nada encontré de las casas nisiquiera la escalera frontal de la casa grande que era en ladrillos. Eran tres casas de empleados de la Central azucarera, en una de ellas vivió Don Rafa Santiago y Doña Mery, abuelos de Li Yun Alvarado, Don Alfredo y Doña Lolita padres de Tatita (que trabaja en la termoeléctrica de Aguirre) y en la otra casa vivió Don Domingo, cuyos hijos y nietos son del Coqui, y Don Lion de las Mareas.

    Cuando papi se retiro no quiso seguir viviendo allí, pienso que se sentia “agregao” y nos fuimos para La Carmen. Decian que Aguirre le había regalado las casas (la madera, zinc y demás) a sus últimos habitantes y que así las habian desmantelado. Él solo recibió una pension de $17 mensuales, pero jamas renegó de eso porque allí crió a la familia.

    Al retirarse ya había maquinaria que sustituia muchas de las labores que hacia el obrero. Lo habian nombrado Superintendente de riego, estaban ya cerca de cerrar la Central.

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  2. Supongo que de las estructuras que había en la Hacienda Teresa solo quedan ruinas y restos. Refrescarme la memoria, si mal no recuerdo además de la casa del mayordomo habían dos o tres casas más donde presumo vivían sus ayudantes inmediatos. Manejar una hacienda cañera incluía entre otras tareas organizar los capataces y cortadores de caña, darle mantenimiento a la maquinaria agrícola y repartir y guardar herramientas agrícolas, alimentar caballos, supervisar la siembra y cosecho y encargarse del riego de las piezas de caña.

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