El escultor / Edwin Ferrer

Un domingo después de ir a la iglesia Pedro fue al pulguero en busca de algún libro para entretenerse leyendo en la orilla del mar. En una de las concesionarias encontró un manual de esculturas y dijo:

—Lo compraré y aprenderé a ser el mejor escultor de Las Salinas.

Camino a la playa divisó un árbol de mangle seco donde se regocijaban muchos canarios, tortolitas y ruiseñores.

— ¡De ti haré con mis manos la escultura más bella que Salinas haya visto, te exhibiré en la Plaza de los Fundadores y haré de ti un altar en la Plaza Delicias donde todos los poetas y los escritores se inspiren con tus musas!—Exclamó regocijado.

Antes de comenzar su obra se dirigió a la hoguera de don Bache y con la leña comenzó a tallar cosas pequeñas. Quiso cerciorase, antes de construir la escultura, que sus manos fueran diestras para tal obra.

Un día 24 de diciembre, después de la misa nocturna, en la casa del ahora escultor se escucharon estruendosos machetazos. Dieron las tres de la mañana y al final del malecón, una mujer bella con alas doradas contemplaba a Pedro con una mirada fija y distante, pero presuntuosa.

—Te cuidare mientras viva y con mis manos voy a cubrir con mi sudor la patina de tu cuerpo para fundirnos por siempre.

La mujer era tan bella que removieron los saleros que adornaban la plaza y la endulzaron con” la beldad de los cañaverales”. Un pintor frustrado que allí se encontraba se disfrazó de cordero y robó la escultura del redondel. Con ella desaparecieron los santos de la iglesia de Nuestra Señora de la Monserrate, los ángeles y el altar de mármol. El pintor, que era un tarugo, comenzó a pintarle tatuajes empezando más abajo del ombligo hasta cubrir todo su cuerpo.

Un día, Pedro salió a la capital y en un barrio, cerca de una inmensa gallera, encontró bajo un tronco de mangle un ala dorada a la que pintaban el cuerpo las gallinas con estiércol.

© Edwin Ferrer