Prefiero el “aquí y ahora”… / por José M. Solá Gómez

Hace un ratito reflexionaba en torno a un escrito que recibí sobre la llamada “Onda verde” y en el que el autor o autora afirma que nos dejaron un mundo mejor al que vivimos hoy. Y pienso: ¡embuste!

¿Que hubo cosas que probablemente eran más bonitas y tal vez mejores? Claro, eso sí. Pero no todo fue así y yo estoy vivo aun y por mi edad puedo decir que conozco “las dos versiones”.

Antes los pañales eran de tela, eso es verdad. Y la pobre mamá tenía que olérselos y embarrarse las uñas lavándolos (si, porque papá no quitaba un pañal debido a su machismo, ya que pensaba que en algún libro sagrado Dios estableció un mandamiento que decía: “Y la mujer vendrá obligada a limpiar las cacas para que el hombre viva feliz”) Y Dios le dio al hombre la inteligencia para que inventase el Pamper. Eso, creo yo, fue un avance.

Había estufa de kerosén o fogón con carbón. Por eso las ollas y calderos estaban siempre prietos, así como la pared de la cocina. Yo me acuerdo de mi mamá, sudorosa y esgreñá, bregando horas en la cocina. Ah, si, es cierto que cocinaba riquísimo, de eso no hay duda. Pero, ¿cuántas cosas hubiera podido hacer si hubiesen inventado el horno micro-ondas mucho antes? ¡Bendito micro-ondas! Es más, yo soy un maestro en el arte de meter TVDinners en el micro-ondas. Y en tres minutos tengo la comida caliente. No sudo nada y sólo tengo que apretar un botón con un dedo.

Y, ¿usted sabe la pejiguera que era levantarse a darle vueltas al botón cada vez que quería cambiar de canal en la televisión? Ahora no. Algún iluminado inventó el control a distancias. Y usted puede, mientras se rasca un sobaco con la otra mano o se introduce un dedo en la naríz, cambiar como cuarenta veces de canal sin moverse del sofá. Ah… las cosas buenas de la vida…

¿Y la medicina? Antes una persona de 40 años era un anciano y el promedio de vida eran 50 si no se moría antes y en ocasiones la familia no sabía de qué había fallecido. Uno preguntaba de qué murió don Fulano y le decían “Murió de repente”. Yo pensaba que “repente” era alguna enfermedad contagiosa. Ahora no. Ahora hasta le operan las hemorroides con rayos láser, sin dolor y en media hora puede usted estar corriendo a caballo. Le ponen tripas nuevas en el corazón (los llamados by-pass). Lo meten en el Tubo-que-chupa y le sacan unas radiografías que dicen hasta cuántas habichuelas se comío el día anterior.

Antes, el que estaba perdiendo la audición, inexorablemente terminaba más sordo que un ladrillo. Ahora no. Ahora le ponen en la oreja un adminículo que casi le llega a la cóclea de tal forma que usted escucha hasta las flatulencias de su vecina (si, porque eso no es privativo del hombre, la mujer también se los tira).

¿Barrer? ¿Qué es eso? ¿No nos dió el Señor la aspiradora Hoover? Entonces, ¿para qué herniarse un disco teniendo a la mano una aspiradora con rueditas?

Y vuelvo con lo de los pañales y por añadidura, el resto de las cosas que hay que lavar. ¡Qué maravilloso invento es la lavadora eléctrica! Ahora no hay que estregar la ropa sobre una tabla con ranuras. Ni retorcerla para que se seque ni colgarla en cordeles a merced del sol y el viento y de las cagadas de los pájaros. No, no, no. Para eso un gran sabio inventó la secadora eléctrica. Eso es un avance. Eso de que nos dejaron un mundo bueno es mentira, pues yo dudo que alguien pueda conservar la tabla y el balde de lavar la ropa como una herencia gloriosa.

¿Las comunicaciones? ¿Los conocimientos? Bueno, algunos de los mejores inventos han sido el teléfono y las computadoras. En los tiempos prehistóricos (léase sesenta años atrás) usted enviaba una carta y la respuesta debía de esperar unos 15 días. Usted le avisaba a su hermano que su papá estaba grave y cuando su hermano regresaba al hogar ya le habían hecho el novenario al difunto. Ahora no. Usted llama por teléfono a Nepal y se comunica de inmediato. O manda un e-mail y avanza más. Y no tiene que mantener una vieja enciclopedia de 40 volúmenes guardando polvo y ocupando toda una pared; sólo tiene que buscar en Google y en cuestión de segundos tiene un universo de conocimientos en la pantalla de su ordenador.

Ah. Y el aire acondicionado. Usted se acostaba a dormir u otros menesteres con su pareja y sudaban la gota gorda, de tal forma que si estaban en los susodichos menesteres, sudaban tanto que un cuerpo hasta podía resbalarse de encima del otro y caer al piso. O usaba un abanico que más que aire echaba polvo que le causaba alergia. No señor, ahora es bien chulo acostarse a dormir con el cuarto frío como un límber.

Y hablemos de la higiene. Hubo personas que tenían que limpiarse el trasero con pedazos de papel de periódico que se lo dejaban tiznao. Eso, hasta que el glorioso Mr. Whipple inventó el Charmin, suavecito y hasta oloroso a jazmines. Si, antes de Mr. Whipple existieron los rollitos de papel de inodoro, pero era como pasarse lija por el “black hole”. ¡Horror! (Y eso, sin mencionar a los que en el campo tenían que usar una hoja de malanga, resbalosa, que en un momento dado se podía romper dejando sus dedos a merced de la caca, fo..)

Para escribir, si usted tenía los recursos, podía usar una pluma fuente. Pero muchas veces usted se la ponía en el bolsillo y ocasionalmente la misma filtraba la tinta dañandole la camisa irremediablemente. Pero Mr. Vic intentó el bolígrafo. Y hubo otros inventos como la maquinilla de escribir, el word processor y finalmente la computadora con su “printer” (impresora).

Ah, y eso sin contar otros avances. Ya no hay mujeres chumbas ni “despechadas” pues algún inventor lujurioso inventó los implantes de silicona. Antes de eso, si usted se parecía a Oliva la de Popeye, cuente y jure que se quedaba jamona. Pero ahora… ahora… ¡qué pechugas!

En fin, que yo me quedo con el aquí y ahora. ¿Que todo tiempo pasado fué mejor? ¡Ñoña es!

Desternillado de risa

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