La mentira de los reflejos / David Arce

Exactamente a las 3 de la tarde con 33 minutos, después de lavar y secar por enésima vez los nueve vasos tallados de cristal de Bohemia, Coco Coquetín Coquetario sintió una punzada en el pecho, un nudo en la garganta y unos deseos irresistibles de llorar. Tal vez era el color de la tarde, muy parecida a la de aquella de cincuenta años atrás, cuando regresaba a casa, caminando casi en el aire, contento porque su profesora gorda, doña Rosita Távara Mondoñedo, le regaló cinco caramelos y lo felicitó por sus altas calificaciones delante de todos sus compañeros y le concedió, además, el resto de la tarde libre. Al comienzo no supo qué hacer. Después de un momento pensó en acompañar a la abuela Mercedes. Bajó caminando por la calle Libertad y dobló por Junín. Nunca en su vida había visto el cielo de Chulucanas de ese color dorado que impregnaba el aire y las escasas nubes delgadas por todo el horizonte. Fue la primera vez que saboreó la felicidad.

Y lloró durante tres días seguidos sin comer ni beber. El último día lloró sin lágrimas, estremeciéndose en convulsiones a intervalos alejados. En esos tres días su mirada no se despegó de la superficie de los vasos donde se reflejaba toda su vida pasada.

Vio la tierra completamente blanca de Chulucanas, cuando aún no era mancillada por la sangre derramada en las guerras fratricidas. Vio a los enviados del Inca Túpac Yupanqui traer prisioneros de tierras lejanas, envueltos en ponchos y abrigos multicolores. Vio los antiguos Vicús adorar a los ancestros en las huacas del Macanche, Ñañañique y Ñácara. Vio la cabaña del Cholo Cano cercada rápidamente por múltiples casas de cuadrillas de trabajadores abriendo trocha hacia El Dorado que el general Sánchez Cerro creía situado en las sierras de Frías. Vio los trece ídolos de Frías de oro macizo de 24 quilates, del tamaño de un churre de ocho años, pesando cada uno ciento ochenta libras, desparramados en el Palacio de Gobierno.

Vio a la abuela Mercedes casi niña, semidesnuda, bajo la sombra de Fortunato Seminario, quien le quitó la virginidad de la manera más dulce que nunca se halla sabido. La vio llorando bajo un algarrobo inventando una historia para contar a sus nietos. Vio a Aurora Canales sacándose los alacranes de sus senos vaporosos cuando se bañaba y luego la vio cuando era pisoteada por una manada de toros. La vio deseando la muerte de Ciro Cherres Pacherres y cuando el deseo se cumplió no la alegró. Vio a Doralisa Seminario asustada con el camaleón en el mercado y más asustada aún, cuando ocho días después del último año nuevo de su vida, descubrió que la sábila que colgaba detrás del cuadro del Sagrado Corazón de Jesús goteaba sangre y que la pita que sostenía la bolsa roja estaba roída por las ratas y que por más que buscó nunca encontró el pan ni el sol de oro que metió dentro del pan. «¡Ay, Jesús!» se persignó, resignándose a todas las calamidades, sin saber que pocos meses después moriría su hijo más amado, y que ella le seguiría los pasos más tarde, dejando a los seis Domingos desesperados, tristes y maldiciendo a Dios.

Vio a dos hermanas gemelas, las Juanas, llorando emocionadas, reencontrándose después de muchas penas, en una peregrinación al Señor Cautivo de Ayabaca. Vio a un guitarrista jorobado caminando con una de las Juanas mientras la otra deliraba en la Casa de los Cachorros. Vio a María Candela descalza, con su blusa blanca y su falda negra tirando piedritas al río Ñácara, mirando el transcurrir del agua. Vio la Casa de los Cachorros encandilada todas las noches. Vio a cada una de las moradoras y cada una de sus historias. Vio a los seis hermanos Domingo llorar maldiciendo a la abuela Mercedes por celebrar su cumpleaños mientras ellos seguían de luto por la muerte de su hermano Domingo Seminario. Más tarde, cuando encontraron a su madre muerta, odiaron más a la abuela Mercedes en silencio.

Vio al Negro Otero llorar unos segundos antes de colgarse del badajo de la campana de la torre de la catedral. Vio a Heráclito Seminario dudando sobre las causas de la muerte de Doralisa Seminario. Vio la muerte anunciada de cada uno de los cachorros con música del Inquieto Anacobero Daniel Santos. El sufrimiento de su madre Carmela Seminario, muy niña, durante el primer parto, cuando nació por cesárea, a escondidas de la gente, su hermano Jorge Seminario. Vio el cielo incendiado de cometas la noche del insomnio de los churres y el cerro de tamo de arroz ardiendo durante cuatro días hasta que llegaron los bomberos de Piura a apagar las brasas.

Vio a su tío y a la vez padre, Eugenio Primero cuando salió calato, gritando, nadie se muere de hambre carajo y al abuelo Alejandro perseguirlo y encerrarlo en el cuartito junto al tamarindo del corral, donde años después quisieron encerrar a la abuela Mercedes. Vio a la hacendada y señora Blanca Seminario y Seminario llorando mientras leía unas cartas amarillentas. Y vio todo el valle de Talandracas desde la casa hacienda de los Seminario.

Vio el árbol de tamarindo florecido de calzones de la abuela Mercedes, las calles de Chulucanas repletas de pasos de baile de los Diablicos y su Chencho, la corona de azahares de la abuela Mercedes, la corona de Matilde Coco y la gresca memorable de Siete Leches Madeleine con el futuro alcalde Cherres Pacherres. Vio al viejo fotógrafo con su antiguo daguerrotipo asustando a las ancianas con la captura del alma, el incendio del nitrato de plata y los hermosos retratos de niños de cabello largo y pantalones cortos, que a los cinco años exactos eran sometidos al corte de pelo con padrino y fiesta incluidos.

Vio el cuerpo abatido de Froilán Alama antes del bautizo de los catorce churres moñones, condenado a asolearse durante nueve días en la cancha Monteverde, aunque al tercer día el cuerpo fuera robado durante la noche a pesar de la fuerte custodia policial y llevado a enterrar a Monte los Padres, donde varios años después la gente peregrinaría en búsqueda de milagros. Los catorce moñones nunca se cortaron el pelo en vida. La gente demoró varios años en volver a festejar la fiesta de cortamoños y solo la reiniciaron porque la mayoría de los churres no podía correr sin pisarse el pelo largo.

Vio a la milagrosa Virgencita del Algarrobo, con su boquita pequeña, de virgen, y sus ojitos de vidrio verde, a quien nadie veía, solamente la niña Teodorita. Vio la muerte de su medio hermano, llamado como él, Jorge Seminario, muerto en plena adolescencia, como los otros tres cachorros. Y le dolió en el alma la impostura que hizo de la vida de su hermano, viviendo la vida que no le tocó vivir. Sintió la pesadumbre de no haber vivido de verdad todo lo que su hermano le contaba de la Casa de los Cachorros y del Colegio Militar. Inventó viajes a países remotos y el cambio de sexo y de nombre. Inventó ante sus amigas y amigos que ella, Madame Georgette, había sido operada por el mejor de los cirujanos del mundo, que ya no quería que la llamaran Jorge Coco Seminario y menos Coco Coquetín Coquetario, porque ella era una verdadera dama. Nadie más que ella supo de todas las mentiras que había contado durante su viaje a Chulucanas, cuando se enfermó María Candela. No soportaba pasar inadvertida; necesitaba que alguien la mirara, que alguien le lanzara al menos un piropo a su paso. A nadie le contó el enorme parecido de Eugenio Segundo con Eugenio Primero, de quien se sospechó el embarazo de Carmela Seminario.

Durante cuatro días transcurrieron todas las imágenes de su vida pasada y la de sus padres, la imagen borrosa de un bombero anónimo y la nítida presencia de Carmelo Seminario, quien en realidad fue padre y madre para él.

Al tercer día, cuando todas sus lágrimas se hubieron secado, reponiéndose de las lamentaciones de no haber vivido su propia vida, de haber vivido a través de la vida de los demás, tomó nuevamente los vasos de vidrio ordinario y cantando Ne me quitte pas, los volvió a lavar, pensando en la siguiente mentira que les iba a contar a sus sobrinos y a sus amigos.

Suspiró hondo, bebió un trago de agua y, sin dejar de cantar, empezó a pintarse las uñas, esperando encontrar aquella noche algún joven árabe.

©David Arce

Ilustración: Casa roja / Eva Lewitus