Ganimedes / por David Arce

Zeus, dios del Olimpo y abundante en carnes, se desparramó en la perezosa y a un chasquido de sus dedos, el joven Ganimedes se acercó presuroso con una palangana de plaqué con agua tibia a la cual le había agregado trece cucharadas de sal y un tercio de vinagre. Zeus lo miró como a un simple mortal, metió sus rechonchos y abotagados pies dentro del líquido tibio y suspiró.

Luego de un rato adquirió una actitud pontifical, miró a los demás dioses temerosos y con gruesa voz empezó a retumbar en las paredes su solemne ilustración: –Ganimedes el más bello de los mortales, príncipe de la familia real de Troya y descendiente de Dárdano, fue raptado por Zeus, quien se enamoró apasionadamente de él y se convirtió en águila para llevarlo al Olimpo y allí convertirlo en copero de los dioses, donde vertía el néctar en la copa de Zeus. De nada le valieron las quejas del padre para recuperar a Ganimedes, ni siquiera aquellos dos hermosos caballos blancos que le envió con Hermes le aliviaron su pesar. Nada lo alegraba ni siquiera el espectáculo de aquellos equinos que parecían alados y que cuando corrían desarrollaban una velocidad tal que realmente podían correr sobre las aguas.

Zeus, el alumno más viejo de la Universidad, había formado su propio Olimpo, adueñándose de por vida del local de la Residencia Universitaria, encajándoles, a primera vista, nombres de dioses, a los nuevos alumnos que venían de las provincias más lejanas del país.

Europa silenciosa en un rincón, parecía embelesada con las palabras de Zeus, acariciaba el recuerdo de un toro blanco y guiñaba imperceptiblemente el ojo izquierdo a Talos, como si la gigante escultura de bronce la pudiera comprender. Con una mano sostenía la correa de Laelaps, su leal y furioso pitbull, que le había regalado su prima de la selva, y con la otra mano sostenía una jabalina que decían que nunca fallaba, porque la punta destilaba curare, también de la selva.

Calisto apartada en otro rincón, ocultaba bajo un velo el duelo por su hijo Arcas, a quien la misma Tetis le reconvino nunca nadar en el mar, aunque los demás dioses del Olimpo decían que el velo le servía para ocultar las marcas de viruela de su rostro.

Ío, detrás del trono de Zeus, recordando a Argos Panoptes, el gigante de los cien ojos, al tábano que la picaba sin cesar, y sus huídas a Egipto; sin temblar levantó el brazo con la címbara, miró las paredes del Olimpo, los retratos de Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao, en su respectivo orden, luego la hoz y el martillo amarillos entrecruzados, y por último, la enorme bandera roja. Cerró los ojos y no hubo ningún alboroto, solamente el roce de las ropas de los dioses reconvertidos en humanos, el rumor de los pasos, el murmullo de sus voces, y el limpiar silencioso de la humedad de las paredes más rojas.

Ganimedes alzó la voz y con cierta ternura dijo: —crearemos un nuevo orden social, hemos empezado la lucha armada matando a Zeus porque ya se había convertido en un eterno burgués.

—Y en el más ruin violador—, replicaron al unísono los demás dioses del Olimpo, mientras seguían limpiando las paredes rojas.

© David Arce

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