Ésa es harina de otro costal: addendum 2 de “Parafraseando a Gustavo Adolfo Bécquer” / por Dante A. Rodríguez Sosa

Esa es harina de otro costal, Josué.

Conservo la piedra  que adornó el kiosco que denominó Toñito Ferrer (Ferranto) como “El Abeyno”. Estaba ubicado en terrenos de la Sucesión de Saro y Elvira Atilano Godreau, nietas de Monsieur Julius Godreau, descendiente éste de Monsieur Michell Godreau y Monique Lanausse.* Estos eran ciudadanos franceses que vinieron desde la Antillas francesas a Puerto Rico. Se establecieron en Salinas, fundaron la Central Caribe y fueron factor social y económico cardinal para el pueblo de Salinas por muchos años. Como personas de la raza negra, los Godreau,  a través de su poderío económico, forjaron en gran medida la idiosincrasia del salinense, particularmente la ausencia del racismo como es conocido y evidente en el centro de la isla. El referido kiosco estaba ubicado específicamente en la calle Unión, esquina Baldorioty. Era una pequeña estructura de madera que construimos los miembros de la Eta Epsilon Sigma, (H.E.S.) una fraternidad de jóvenes salinenses  que se fundó en el 1958. Se enclavó con carácter provisional en terrenos propiedad de la Sucesión Atilano-Godreau, los cuales estaban bajo el control de Toñito, quien autorizó su uso.

El kiosco se levantó con el propósito de allegar fondos para la fraternidad H.E.S. durante los diez días de las fiestas patronales. Pasada la festividad, Toñito exigió que se le permitiera usar el kiosco, y así fue que nació el negocio “El Abeyno”. Ese negocio estaba abierto hasta por la madrugada. Toñito, que era un excéntrico, artista musical, poeta y filósofo, dio rienda suelta a sus fantasías y sueños, con el efecto de que era muy exigente con sus clientes, quienes debían comportarse a una cierta altura intelectual. De no hacerlo así, a la menor provocación, aumentaba los precios de la mercancía de forma astronómica, al punto que en una ocasión les exigió con éxito a dos maestros de la Escuela Superior de Salinas, Bruno Díaz y Telesforo Figueroa, la friolera de $24.00 por dos sándwiches. Tuvieron que pagarlos y cargar con la reputación de que Toñito los había botado del lugar, al no poder discurrir con soltura sobre un intrincado tema que se había planteado. De ahí que en medio de una noche de deliciosa bohemia y para frustración de muchos, con frecuencia inusitada expresaba: “Mi violín no toca más en Salinas.”  El negocio cobró notoriedad y éxito.

Los fraternos, al ver que todo marchaba bien, fuimos donde Toñito a exigirle una participación en los beneficios, y el pago de los materiales usados, que ascendía alrededor de $400.00. Toñito por su parte, admitió que el kiosco era prestado, pero que “lo prestado era prestado” pero no implicaba que había que devolverlo, y puntualizaba en cambio que se le debíamos $1000.00 de almacenaje. Perdimos el caso y Toñito se quedó con el kiosco, lo explotó hasta que se cansó y luego lo alquiló hasta el momento de su fallecimiento. Ese kiosco se convirtió eventualmente en el negocio conocido como “Las Rejas”.

En la misma esquina donde estaba ese kiosco, Toñito emplazó una piedra muy bonita, donde solía sentarse a meditar. Muchas veces nos relató la historia de esa piedra. Su bisabuelo Monsieur Julius la había adquirido en el sector Los Indios del Barrio Las Mareas de Salinas, de unos habitantes del lugar cuyo origen se pierde en el tiempo inmemorial. Estos le contaron la importancia de la misma y cómo a través del tiempo, por conducto de generaciones y diversos personajes históricos del lugar, se podía trazar su historia hasta la propia entrada del caney del Cacique Abey. De ahí el nombre de La piedra de Abey, lugar de meditación sagrada del valiente guerrero indígena, dueño y señor de la Comarca del Abeyno. La piedra de Abey fue llevada a Haití, conjuntamente con la lápida  de una de las esposas de los Godreau, según relata el hermano de Toñito, Alfredo Ferrer (Fefe). Luego fue devuelta al Batey de la Central Caribe, donde estuvo emplazada hasta que en 1948, la Sucesión de Monsieur Julius y otros herederos vendieron la Central a una empresa mejicana, quien actualmente la opera con éxito en México. Ma. Saro, la mamá de Toñito, la rescató y por muchísimos años estuvo depositada en el solar que quedaba detrás de la Españolita de Juan López, y muy cerca también del negocio de “Caguas” que era como se le decía a Maximiliano Carrasquillo. La piedra de Abey de ahí pasó a presidir el kiosco de El Abeyno. Así es como Toñito rescata las hazañas e historia del Cacique Abey, para el conocimiento de las presentes generaciones salinenses.

En ocasión de la muerte de Toñito, que coincidió con la restauración de las aceras  del pueblo, se sacó la piedra de Abey de su lugar en la mismísima esquina del kiosco por parte de unos herejes empleados municipales. Cuando ya  casi se disponían a descartarla como si fuera basura, me enteré de la atroz pretensión.  Acudí al lugar y con gran diplomacia, sin darle mucho color e importancia a la cosa, la pude rescatar, no sin antes tener que pagar a los basureros, un par de canecas de ron Palo Viejo en La Mascota. Eso  fue más o menos en 1970. Desde entonces  la piedra de Abey ha estado en mi poder, y la emplazo dondequiera que voy a vivir. Algún día tendrá un sitio especial de recalada final, con la divulgación en detalle de esta historia verdadera. Espero que sea al lado de la campana de mi madre. Ambos objetos tienen un profundo significado sobre lo que significa el no pensar y lo que significa reflexionar y meditar, en contraposición del ejercicio obstinado, vicioso, malévolo, negativo, estresante, intrascendente, obsesivo y desviado del mejor recurso que tiene el ser humano: la mente.

Recuerdo que cuando vivía en la urbanización Salimar de Salinas emplacé la piedra de Abey en la esquina de mi casa. Una tarde me senté en ella y empecé a reflexionar sobre la grandeza y los misterios de la existencia: ¿de dónde venimos? ¿a dónde vamos? ¿cuál será el destino final de la humanidad?  ¿cuál será el rumbo final  de la isla de P.R? ¿en qué mejor debo ocuparme en esta hora del cosmos y mi existencia?  Entonces pasó  un amigo mío y me gritó: “mira ¿en qué piensas? ” Levanté la mano y lo saludé calladamente, diciéndole adiós. Al rato, pasó otro amigo mío y me gritó: “¡no pienses que te pones viejo!”

Luego pasó otro amigo y me despepitó: “Dante, deja la pensaera.”  A este último le tocó el aguacero. Le grité:  “!Mira canto ′e cabrón, por eso es que en este país estamos jodidos, porque nadie quiere pensar.”

He constatado que todos los amigos que me gritaron están todavía  vivitos y coleando y en buena salud.  Creo  que siguieron para ellos lo que me recomendaron: no pienses, pero en el justo y correcto sentido de lo que debe ser el buen hábito de no pensar. Ello es, dejar a un lado las obstinaciones, las preocupaciones intrascendentes, los vicios mentales del negativismo y maldad, los odios, los rencores y los recuerdos de desventuras. Voy para 71 años y sigo entendiendo que lo mejor es no pensar, en los términos de su connotación negativa. Por otro lado, corresponde hacer buen uso de los recursos mentales para mover a la humanidad hacia el punto omega, cónsono con las ideas de Teilhard de Chardin. Ahora se confirma, con el advenimiento del Internet, que la humanidad se adelanta, de manera universal, a crear una conciencia mental cósmica. En eso, Puerto Rico está un poco atrás; sin embargo, del enfermo que come y de la mujer que bebe,  HAY ESPERANZA… Como decía Galileo Galilei:

“I PUOR SI MUOVE.”

©Dante A. Rodríguez Sosa

* Agradezco las aclaraciones hechas por  José R. Godreau Romero a este escrito