Cruzita / Edwin Ferrer

La beata entró en llanto y una polvorienta nube cubrió el  blanco velo con paja de caña quemada mientras echaba un Ave María. Era la última zafra fijada en su memoria. Desde ese día, extrañó la vida y salió de la iglesia para caminar por las calles desde otra realidad. De sus labios no salía nada que no fueran oraciones a la Virgen de la Monserrate. Nunca se fijó en sus alrededores porque quería ser fiel al dogma que la vio nacer y a vivir en celibato. Su mirada solo contemplaba la imagen morena con un niño en sus brazos.

Sucedió que una mañana dominguera se juntaron las Hijas de María más acaudaladas a rezar junto a ella y como tenía una aureola diferente una de ellas comenzó a hablar en lenguas y  la calumnió con el cura.  Desde ese día dejó de entrar a la iglesia y conducía su propia misa junto a los Ángeles que la rodeaban en las calles. Uno de ellos fue un poeta, quien se le acercó con un violín en  la mano y comenzó a tocar el himno de su pueblo.  Luego mientras recitaba una poesía llamada “yo soy de allí” fue interrumpido por otro Ángel  que grito. ¡Tan cayo!

Enseguida ella demostró la gratitud al Creador y por concederle las señales de que en su totalidad fueron ciertas y callando sus oraciones, dijo:

—Gracias por sus canciones y melodiosas poesías, por sus creaciones divinas de cuerpos celestes. Por el sol del cañaveral, los pastos, los emblemas y las semillas.  Con ustedes brindo por las sospechas, las intrigas, el cansancio y la apatía. Por la alegría, la risa el llanto y la melancolía. Sobre todo, por la promesa cumplida. Enteramente con ustedes brindo por la muerte y por la vida…

Finalmente, los tres  observaban el pueblo desde sus tumbas y una caravana de sapos conchos con mantillas marchaba lentamente.

©Edwin Ferrer