Tren de Chulucanas / Manuel David Arce Martino

Todas las tardes, exactamente a las tres en punto, la abuela Mercedes iniciaba el ritual de escarbar dentro del viejo baúl de ropa, sacar un sombrero con flores de plástico descolorido, armar dos maletas de cartón de aquellas que tenían latas en las esquinas, y con el mismo vestido colorado hacía y deshacía el camino hacia la Plaza de Armas y se sentaba en la única banca de la Calle de los Juegos, junto a la antigua iglesia, allí mismo donde un día encontrara a su flamante marido jugando a las bolitas aún antes de empezar el baile de la boda.Ni Jorge Seminario ni Carmela Seminario le decían nada. Ya se habían cansado de esconder el sombrero, las maletas y el vestido rojo que la abuela Mercedes tercamente encontraba sin problemas. La gente que la veía pasar tampoco le decía nada: ya sabían que a las seis de la tarde, con la algarabía de las golondrinas, ella misma se levantaría, recogería todos sus cachivaches y regresaría a casa maldiciendo la impuntualidad de los trenes. Jorge Seminario estaba seguro de que la abuela Mercedes empezó a pensar en aquellos trenes imaginarios desde el día aquel en que regresó de la escuela con su pequeño juguete, armado con un carrete de madera de aquellos que le sobraban a la costurera Lastenia Morales y que su hijo vendía en el aula de clases del colegio San Ramón, un trozo pequeño de vela, una liga y un palo de fósforo. En ese tiempo Jorge Seminario pasó jugando tres semanas seguidas, a toda hora del día, mirando caminar el artefacto y él silbando como tren cuando se cruzaba algún pollo o algún pato. Esa vez, la abuela Mercedes lo levantó, lo miró, le dio vueltas a la liga, lo puso sobre el suelo y sonrió cuando vio que se movía. Aflautó un poco los labios e imitó a su nieto haciendo el sonido del tren en forma muy suave. El abuelo Alejandro
Valdivieso solamente se limitó a mirar desde lejos, tosió un poco y se fue a acostar en la perezosa. Lo que no sabía Jorge Seminario era que a cada silbido del tren, el abuelo Valdivieso apretaba los dientes y se empujaba más al fondo de los oídos las motas de algodón recién arrancado de la mata del corral. Años después, cuando pudo subir al techo a arreglar unas tejas para evitar que la lluvia entrara en la casa, descubrió su trencito con la liga partida por los años junto a una mancha oscura que bien podía haber sido la cera de la vela. El carrete de madera estaba rajado e hinchado por el tiempo.

    Nadie en el pueblo sabía el motivo por el cual la abuela Mercedes esperaba todas las tardes un tren imaginario. Es más, muchos de los habitantes de Chulucanas nunca habían visto un tren. Lo máximo que habían visto era aquel auto que había traído Carmela Seminario y que manejaba un muchacho de piel canela llamado Canelo Ramírez, ese muchacho forastero que hablaba como hablan los chunchos de la selva.

Aquellos que veían a la abuela Mercedes solamente se limitaban a saludarla y a dejarla pasar. Algunos se ofrecían a cargar aquellas maletas vacías, pero ella se apuraba a decirles que ella había nacido sola, y que había aprendido a hacer sus cosas sola sin la ayuda de nadies.

    Algunos churres facinerosos consiguieron una corneta de plástico que hacían sonar una cuadra antes y se reían cuando la abuela Mercedes se paraba y miraba hacia ambos lados, desesperada de que la fuera a dejar el tren. Al notar que demoraba en pasar, se volvía a sentar, momentos que aprovechaban los churres para hacer sonar nuevamente la corneta y a volverse a reír cuando veían a la abuela Mercedes que se levantaba nerviosa. Dejaron de hacerlo cuando algunos vecinos le avisaron a Carmela Seminario y de la nada se apareció con su traje caqui y a cada uno de los cuatro muchachos les dio tal cocacho que a ninguno le quedaron ganas de seguir con la broma.

    Solamente una vez regresó temprano la abuela Mercedes y fue cuando un borrachito se le acercó y le dijo convincente que el tren acababa de partir, que volviera al día siguiente. Cuando llegó a casa creyó escuchar el pitido del tren y aún en aquel caos de su demencia, se hizo el juramento de nunca más dejarse engañar por ningún borracho.

    Las primeras veces Jorge Seminario se quedaba acompañando a su abuela, le hablaba y ella no le respondía; solamente se balanceaba. Así estuvo dos años seguidos. La gente decía que no pudo soportar la muerte de su marido, Alejandro Valdivieso, y que por eso se había trastornado. El profesor Fosforito llegó con un libro de láminas y le enseñó a medio mundo las imágenes de los más grandes ferrocarriles del mundo. Convenció a la muchedumbre de que aquella anciana carcomida por el vitíligo era una visionaria y que en algún futuro Chulucanas estaría atravesada por varios trenes, que para ir a la chacra de los Raffo ya no usaríamos burros ni carretas, que subiríamos a un vagón y que en un abrir de ojos estaríamos en el sitio indicado. Lo mismo sucedería si quisiéramos ir al río.

    Cada día la abuela Mercedes caminaba más despacio, las rodillas se le hinchaban y se le ponían rojas como su vestido colorado. Al terminar el segundo año de ir y venir a la estación fantasma, ya no pudo levantarse de su cama aun haciendo desesperados esfuerzos. Confundía las cosas, cogía un cabrito y le quería dar de mamar de sus gualdrapas secas. Reclamaba a alguna madre invisible aquella falta de protección de tener a un niño calato con las bolas hueras al aire. Al comienzo, nadie sabía cómo, tomaba el recipiente del mechero de querosene como bacinica. La gente se extrañaba de que pudiera llenar aquella lata de orificio tan pequeño. Luego empezó a orinarse en la cama sin importarle los olores que despedían aquellas sábanas que Carmela se empeñaba en lavar todos los días. Lo que no podía hacer era levantar a doña Mercedes para asolear el colchón.

    A Jorge Seminario se le ocurrió confeccionar un montón de trencitos de madera impulsados por la fuerza de la liga y aquel pedazo de vela que eliminaba la fricción y los llevó al cuarto de la abuela para hacerlos funcionar al mismo tiempo. Esa fue la última vez que escucharon a la abuela Mercedes susurrar como un tren.

    Cuatro días antes de su muerte, la abuela Mercedes despertó como si todas las telarañas de su memoria hubieran desaparecido, como si alguien le hubiera infundido un vigor juvenil, sin reuma, sin dolores, y con tanta claridad de mente que al oír el canto del gallo despertó a medio mundo cantando sus canciones de juventud, barriendo su cuarto sin su bastón nudoso de palo de overal, arrimando los muebles hasta limpiar el último rincón, espantando las arañas de todos los recovecos y, en vez de tender la cama, dijo: qué muchacho berrinchudo ha estado durmiendo en mi cama que se la ha orinado toditita, qué horrible que huele. Y sin más, sin la ayuda de nadie, cargó el colchón hasta el corral y le prendió fuego. Su hija, Carmela Seminario, que la había estado cuidando los últimos meses, tomó esta mejoría como un milagro y se fue a emborrachar al chicherío de la Patoja.

Esa misma mañana vieron a la abuela Mercedes por el mercado, con su sombrero de flores, que la cubría del sol, comprando colchón nuevo y sábanas nuevas. En su cara le quedaba una pequeña mancha marrón de su antigua piel, el resto de su cuerpo completamente blanco por el vitíligo y su largo cabello dorado, casi transparente, lo llevaba sujeto por una peineta.

Llamó a su nieto Jorge, el cachorro Seminario, y le dijo: ayúdame a limpiar toda la casa, debe estar limpia para el veinticuatro; cumples ochenta años, abuelita; no es por eso, mijo, sino que todos los días la casa debe estar limpia y arreglada sin esperar que sea cumpleaños.

La abuela Mercedes miró toda la casa, la sala con los muebles despanzurrados, la cocina de leña con el barro descascarado, las ollas de barro negras por el humo. Del techo colgaban oscuras telarañas y las tinajas rajadas curadas con plátano verde crudo. Miró el tamarindo que empezaba a florecer de amarillo, rogando para que no se cayeran las flores y se cargara de frutos, miró la noria con la soga por romperse, acarició los pollos y pavos recién nacidos y, por último, fue a ver su huerta seca donde todavía sobrevivían la diamela, el jacinto y uno que otro bulbo de margarita. Con la ayuda de todos los de casa, que miraban con asombro aquel ser que hasta ayer se orinaba en la cama, que confundía los cabritos con niños recién nacidos, que se reía sola mirando el techo, alargando la mano, diciendo: me está llamando el tren, que casi no podía caminar, ni siquiera con ayuda, y que ahora, con la agilidad de una muchacha de veinte años iba y venía por toda la casa, dando órdenes, moviendo y cambiando de sitio muebles y cosas. Van a venir todos tus hijos, abuelita; de seguro que van a venir los muy ingratos, y no va a ser por mi cumpleaños, de eso estoy muy segura.

Al día siguiente fueron a comprar flores a la huerta de María Candela, quien al verla se alegró tanto que acomodó una carreta llena de flores, y le dijo: no es nada doña Mercedes, no me debe nada, y llévese también unos gajos de estas rositas; le voy a dar de toditas mis rosas, porque sé que a usted le gustan y las va a cuidar tanto como yo. La abuela Mercedes le iba a decir que no, pero se abstuvo y la dejó seguir llenando la carreta.

Al llegar a la casa, desparramó de tal forma las flores por todos lados que en cada habitación había olores diferentes. Esa noche la abuela Mercedes durmió con dos floripondios debajo de la almohada y tuvo el mejor sueño de toda su vida: volvió a soñar con su viaje en tren alrededor del mundo.

Al tercer día, temprano, llamó a Jorge, el cachorro Seminario, y le dijo, santiguándose: acompáñame al cementerio a limpiar la tumba de mi madre, tu bisabuela Teotista Guerrero, del finado mi padre don Víctor Cáceres, y de tu abuelo Alejandro Valdivieso, que Dios los tenga en su gloria. También vamos a velar a la fosa común que algún familiar tendremos allí y tanto parvulito de familias pobres que mueren sin tener donde enterrarlos. Pintaron las cruces de los varones de color negro y la de Teotista de color blanco, y les volvieron a escribir sus nombres. Tú que ya sabes escribir, yo que fui tonta nunca aprendí por más chicotazos que me daban; no te vayas a equivocar las fechas ni los nombres, a veces dicen que se confunden y al final una sale velando muerto ajeno. Depositaron flores, margaritas también le gustaban a tu bisabuela Teotista, casi tanto como a mí me gustan las diamelas. Ahora quiero que me lleves al río. Pero el río está seco abuelita, sabes que en el mes de setiembre no llueve y apenas lleva un hilo de agua; no importa, llévame que quiero ver el río y el puente que mandó a construir Sánchez Cerro; además quiero calentarme los pies con esa arena amarillita.

La carreta llegó sin dificultad a la curva del cerro Ñácara, y la abuela Mercedes dijo: hay que bajarnos aquí, que quiero ver esa piedra donde están grabadas las garras del diablo, y de paso asomarme por la cueva del diablo. El pequeño cerro, completamente seco, lleno de piedras, solamente albergaba unos cuantos algarrobos y una multitud de sampedros; la abuela recogió una tuna de sampedro, protegiéndose la mano con un pedazo de jerga, partió la tuna y le pasó la mitad a Jorge, que se la comió con cierta reticencia. Bajaron sin dificultad por la ladera del cerro Ñácara y la abuela Mercedes metió los pies entre la arena caliente, cerrando los ojos. Cuando los abrió, miró los sauces, algunas garzas blancas, y a lo lejos vio un chiclón que empezó a cantar. Junto a sus pies encontró una bola verde gelatinosa. Mira esta bolita verde, parece de vidrio, tomándola, suavecita, recordando de inmediato la mañana en que a sus escasos doce años la casaron con Alejandro Valdivieso en la capilla del Alto de la Paloma, allí donde le tendieron una trampa y fusilaron al bandolero Froilán Alama, padrino de catorce churres, antes de empezar la ceremonia de bautizo y del cortamoños.

Víctor Cáceres y Teotista Guerrero fueron juntos donde los padres de Alejandro Valdivieso, por ese entonces de catorce años: hechas todas las averiguaciones era el único que podía ser el responsable de tremenda desgracia, y esas cosas solo se arreglaban con matrimonio. El muchacho, enamorado que estaba de la Mercedes, no dijo ni sí ni no, no dijo nada. Rápido arreglaron el matrimonio religioso con el padrecito José, antes de que a la muchacha se le notara más la panza. Alejandro Valdivieso se dejó medir el género para el terno, se dejó anudar la corbata michi y fue a la capilla con un sombrero negro de fieltro. Mercedes Cáceres se dejó hacer un vestido blanco de novia con orlas de encajes y pidió que le hicieran una corona de flores de azahar de limonero y en la oreja una flor de diamela. Al término de la ceremonia fueron a la chacra de los Raffo para el almuerzo y la fiesta.

A todos los presentes se les dio por hablar y decir su discurso y, llegado el momento del brindis, no encontraron por ningún lado al flamante esposo. Lo buscaron por todas partes y nadie lo encontraba.

Solamente Mercedes que, con la certidumbre de las mujeres de conocer al revés y al derecho a los hombres, vislumbró el lugar donde podría encontrar a su marido. Se quitó la corona de flores, tomó el primer burro que encontró y fue directo a la Calle de los Juegos, al costado de la catedral, cerca de la Plaza de Armas. Y allí lo encontró, sin el terno, con pantalones cortos, jugando a las bolitas, feliz porque ya cerraba las tres vueltas; había embocado todos los ñocos con su bolita verde, mientras sus compañeros se habían quedado en moro, y el otro en zapatero, es decir, que el primero no había embocado ninguna y el segundo solo había pasado una vuelta, pero Alejandro había hecho malilla para darles mala suerte a sus contendores; a cada rato les decía: por aquí pasó Pilatos haciendo mil garabatos. La abuela atrapó la bolita verde y llevó al flamante marido a terminar la ceremonia.

Y esta vez en el río, los recuerdos le habían venido como si el tiempo estuviera encapsulado en esferas frágiles, como pompas de jabón, suavecita la bolita, dijo, parece de goma, y llevándosela a la boca, se la tragó. Jorge, el cachorro Seminario, le gritó: ¡No, abuelita! Pero muy tarde, quizás era un huevo de macanche o de culebra, abuelita.

Esa tarde, al regresar, la abuela Mercedes reía de contenta y mientras arreglaba su cama le contaba a su nieto Jorge Seminario que la noche anterior había soñado que paseaba en tren por todo el mundo y que todo había sido maravilloso y que lo único malo de aquel viaje era que ninguna vez pudo cambiarse aquel vestido colorado que tanto le gustaba, que para todo lado la había acompañado su difunto esposo don Alejandro Valdivieso.

    Al tercer día, veinticuatro de setiembre, el día que cumplía ochenta años, la abuela ya no se levantó de su cama. Los días anteriores los pasó arreglando la casa y colocando floreros con ramos de diamelas y de margaritas que tanto le gustaban. Una debe estar bien limpiecita y la casa arreglada cuando se va a morir para que los visitantes no se pongan a revesear y a hablar disparates. Vayan a buscar a mi hija Carmela Seminario que me quiero despedir de ella antes de morir, que el silbato del tren ya me está llamando.

    Los trasnochadores dijeron que durante las siete madrugadas siguientes, además del silbato, se escuchaba nítido el traquetear del tren.