Una conversación con Diox / Edwin Ferrer

        La tarde estaba bien rara; pálida, con zapatos de fuego. Padillón, que no era coleccionista de nubes, se sentó pensativo en la punta del malecón a darse un par de tragos de pitorro con su mirada alargada hacia el cementerio.

       —Cómo extraño las noches que pasamos juntos, eras tan sencilla y casera. Ofendías a las abejas con la miel de tu cuerpo y a  las flores con el aroma de tus labios. ¿Qué pasó con tu paloma blanca cuando aprendió a cantar como un pitirre? ¿Acaso después de veintiseis años encontraste mis defectos? Adelantaste mi luto con la bandera de tu destino, brindo por tí….

         Al  caer la noche, una voz ronca bajo el puente, reiterada por el eco, dijo de forma burlona:

—Qué estúpido eres. ¿Acaso no viste que tu Eva se había comido la manzana antes de que existiera la Mesopotamia? Tu muerte no vino desde arriba, tampoco vino desde abajo, sino de su trabajo.  Quizás  pudo matarte el  beso de la procesión, porque no fue Judas, fue ella quien te besó.

  —Me ofendes,— balbuceó  Padillón.

  —Date otro palo, zángano. Pensabas que tan sólo con engendrar, o darle de comer, ibas a alimentar el amor de Eva. Hoy día el gobierno se encarga de eso. Póngase a llorar de risa con su botella de olvido sin destilar en la mano.

—No jodas. ¿Acaso sabes que  la quise siempre y que ella no me quería?  Me dejaste crecer con ella para luego separarnos. Deberías dejarnos morir en la infancia de nuestro sueño,  exclamó Padillón.

—Mira cabeciduro. Estoy tratando de aconsejarte porque veo que el alma se te cayó, pero te persigue tu esqueleto. Consíguete otra.

     Padillón molesto y malhumorado dijo:

— ¡Váyase al carajo!

De pronto la sirena de la policía los interrumpió. Diox, aún debajo del puente, se subió la bragueta y Padillón lo corrió a pedradas hasta Las Marías. Finalmente se dio otro palo de pitorro en la tiendita de Luna y se quedó dormido en los matojos del  río.

@Edwin Ferrer