De música y política / Willhem Echevarría

Respondiendo a comentarios hechos por amistades y amantes de la música respecto a diversos videos con arreglos donde se combina la música clásica con formas de música popular, presento mis opiniones sobre la manera en que el elemento político conforma muchas veces nuestra interpretación y evaluación del discurso musical.

No es un secreto que la música se utiliza con fines políticos. No hablo aquí sólo de tocar plena en mítines o marchas de protesta, o de componer un jingle a la manera de “jalda arriba va cantando el popular”. Hablo del proceso consciente de crear un discurso político a través de la música. Por razones obvias, cuando la música contiene palabras a cantarse o recitarse, el mensaje es mucho más inmediato y directo. Esto es así incluso cuando el mensaje está redactado de manera compleja, como es el caso de algunas canciones de Silvio Rodríguez donde las imágenes y metáforas pueden resultar algo difíciles de entender para el no iniciado; o en canciones donde se dice algo queriendo decir otra cosa. Ejemplo de esto último pueden ser el bolero Escríbeme de Guillermo Castillo Bustamante o la canción Guillermo Tell de Carlos Varela.

Cuando el mensaje se expresa utilizando solamente sonidos, el resultado puede ser ambivalente. Por su naturaleza abstracta, el mensaje se puede interpretar de diferentes maneras, o con el tiempo se puede hasta olvidar la intención original. Esto sucede frecuentemente con la música clásica[1] en dónde hoy día escuchamos con gusto obras desconociendo la intención original de la obra. Hay instancias en las que el título nos puede sugerir la naturaleza política de la obra (Obertura 1812 de Tchaikovsky, Egmont de Beethoven, y muchas otras); pero hay otras ocasiones en que es necesario acompañarla de un programa. De ahí surge que en el siglo XIX se haya dado todo un movimiento de música instrumental que los musicólogos llaman música programática. Esto es, música que necesita de una especie de libreto explicativo de lo que los sonidos pretenden describir. Cuando no existe el programa explicativo y el título no hace referencia al mensaje, si no se conoce la historia detrás de la obra, la intención original se pierde por completo. La Sinfonía No. 3 de Beethoven y casi todas las sinfonías de  Dmitri Shostakovich son buenos ejemplos de esto.

Todo lo anterior habla de la intención del creador. ¿Qué pasa cuando es el receptor el que interpreta y le adjudica un mensaje político a lo que escucha? ¿Y qué sucede cuando la intención, el propósito creativo mismo, se interpreta desde el punto de vista político?

Esto es lo que sucede con algunas de la reacciones hacia la fusión de elementos de la  música cubana (u otras músicas populares) con obras consideradas canónicas del mundo sinfónico. Tal vez el caso cause reacciones diferentes entre musicólogos, pero no oigo a mis amigos clasicones quejándose del flamenco en los ballets de Manuel de Falla o en las obras para guitarra de Joaquín Rodrigo. Sin embargo algunos consideran hasta irrespetuoso el piano montuneando acordes de la Quinta de Beethoven. Piensan que cada cosa tiene su lugar y es aquí donde las visiones políticas determinan las posturas e interpretaciones.

Categorizar qué música es de sala sinfónica y qué música se baila en el Club Salinas es una decisión de naturaleza política. Es eminentemente política porque la conforma una visión de mundo que determina, utilizando criterios culturales, sociales, económicos y de clase (y aquí se complica aún más el asunto cuando se analiza lo entrelazadas que están la visión de clase con la educación), qué es arte y qué es entretenimiento; dónde empieza una y termina el otro; y, más neurálgico aún, quién merece subsidio de gobierno y quién no. ¿En base a qué criterio cultural se determina que una orquesta sinfónica, dedicada a interpretar obras creadas mayormente por europeos, tiene que recibir toda una subvención económica de un gobierno culturalmente caribeño? ¿Por qué un músico cubano es criticado por tratar de hacer más digerible un mensaje musical que le es ajeno a gran parte del público general? ¿Por qué parte del público general piensa que el mensaje sinfónico es elitista e incomprensible? ¿Por qué hay músicos clásicos que piensan que la conga no pertenece en la sala de conciertos? ¿Por qué el conguero piensa que sí?

Dado que hay un elemento de baile en todo este asunto, tal vez ahí este la respuesta. Por lo general, la historia de la música ha demostrado que cuando un estilo deja de bailarse, es entonces cuando su transición hacia estilos clásicos es más duradera y causa menos ronchas. Sucedió con las Suites orquestales de Bach (donde hay rigodón, minuet, passepied, sarabande, gavotte, entre otras), sucedió con el vals y hasta con la habanera cubana y la danza puertorriqueña.

©Willhem Echevarría Navarro


[1] Las definiciones de música clásica y música popular, y las delimitaciones de dónde empieza una y dónde termina la otra son tema para otra reseña.

Periódico de ayer / por Josué Santiago de la Cruz

Al otro lado de los portones, con guardias estatales apostados para evitar disturbios, los chicos de la prensa protestaban la actitud beligerante del presidente senatorial.

—Eso no se puede hacer— dijo un asesor legislativo.

—¿Cómo que no?

—Es inconstitucional.

—¡Búsquenme la constitución!

La secretaria salió hacia la biblioteca del Capitolio y al poco rato llegó con una copia del documento que él tomó, como si fuera un periódico de ayer.

—¿Inconstitucional, dijiste?

Ante la mirada de asombro de los presentes, se bajó los pantalones…

© Josué Santiago de la Cruz