La floresta está triste / Félix M. Ortiz Vizcarrondo

Estaban dos sabios jibaros cagueños, Prudencio, aficionado a la ciencia, y Severo, amante de la agricultura, conversando en la  plaza Palmer. El hermoso edificio del antiguo ayuntamiento sobresalía imponente al fondo.

PRUDENCIO:   Severo, ¿sabes tú cuantos átomos de dolor habrá en las lágrimas de cocodrilo?  ¿Valdrá la pena saber?

SEVERO: ¡Seguro que Valerá!  ¡Bendito…! el Jardín Botánico está de luto y además avergonzao.

PRUDENCIO:   ¿Por qué?

SEVERO:   Por las acciones de un sauce llorón ante el deceso un soberano roble.

Ambos se miraron y abrazaron; mientras, por sus mejillas rodaban lágrimas…

©Félix M. Ortiz Vizcarrondo

La Cura / por Marinín Torregrosa Sánchez

Sobre la cama ropas de los mejores diseñadores: Versace, Armani. Carteras en piel, prendas íntimas del secreto de Victoria. Un camino de zapatos conducía al tocador. Entre sandalias y tacones Frank Mora se asomaba el perrito yorkie.  Aromas exóticos se columpian por el aire, espíritus mundanos envasados en cristal tornasol provenientes de… ¿Paris?

Extasiada con su imagen frente al espejo, coloca guirnaldas de brillantes sobre su pecho, perfectamente diseñado por un médico cirujano. Se imagina su entrada al club. Estalla su risa en un clímax de gozo imaginando las miradas de otros.

En el cuarto adyacente su marido Valeriano se debatía entre cálculos matemáticos.  No importa. Lulu había encontrado la cura para su difusión eréctil. ¡Qué alto el interés de las tarjetas de crédito!

 ©Marinín Torregrosa Sánchez