Diosito / por Edwin Ferrer

Después de haber recibido una condena de veinte años, un pastor lo convirtió en  el nombre del padre, hijo y espíritu santo, y cumplió sentencia de cinco. Llegó  a su casa y miró su rostro en el espejo adornado por una corona de espinas.

— ¡Que haya amor en la tierra, que el rio se disuelva en el mar, el mar en las nubes, nos devuelva agua clara para tomar y que germine el pan para  sostener los corazones hambrientos del barrio!, exclamó.

 En la iglesia con una voz equilibrada dio testimonio.  Su rostro palideció en el altar, casi convertido en bruma. Algunos  clamaron milagro.

Al salir se percató como los niños se inyectaban en la esquina y guardó silencio.  Un hombre cayó herido a sus pies y cruzó a la calle contraria. Sus viejos amigos lo saludaron y los ignoró. Su vida latía como un molino alejado y la razón lo convirtió en un mendigo exiliado. Si le preguntaban de su vida, comenzaba con la palabra DIOSITO seguido por:

—Me sano del pecado, me devolvió la salud, me ha dado  dinero, carro y casa…

Al caer la noche se encerró en su cuarto, encendió  un “pitillo”[1], hizo una oración y  comenzó  a leer la Biblia.

©Edwin Ferrer


[1] Cigarillo de marihuana