El inválido / por Edelmiro J. Rodríguez Sosa

Se sentó en una silla y no se levantó más. La tristeza y el desasosiego le carcomían el espíritu. Su cara dibujaba inconformidad.

Su hijo, familiares y vecinos le hicieron la vida más fácil.  Le compraron una silla de ruedas en la que podía orinar, defecar y hasta bañarse.  Por la noche lo acostaban en su cama de posiciones y al otro día lo volvían a sentar en su inseparable silla.

 Un día regresó su antigua vecina tras largos años de haber emigrado a Nueva York.  El mismo tiempo que Epifanio llevaba postrado en la silla.

 Al verla, se levantó lo más campante y se fue con ella.

 ©Edelmiro J. Rodríguez Sosa, 23 de marzo de 2010

Prólogo para 84 micros que pudieran ser novela / por Alena Collar

Josué Santiago escribe.

No. No escribe, no, Josué Santiago recrea la realidad.

No. Tampoco. Tampoco es eso…

¿Qué diablos hace Josué Santiago cuando hace un microrrelato?…

Hay un mundo que pudo ser y otro que será, y otro que es, y de pronto Josué aparece y dice que no, que ni uno, ni dos, ni tres, sino otro, otro mundo, ese que usted, que yo, y que el otro no quiere, no sabe o no puede ver. Y aparecen entonces historias, cosas, seres, ay los desclasados que tanto quiere Josué, y las mujeres, las bellas, las putas, las danzarinas, las humilladas, las otras, eso es, las otras y los otros, levantándose para decir otras cosas, hacer otros actos, donarnos otra realidad.

Ya lo he dicho, que no, que no la recrea, que es distinto, mire, para Josué el borrachín que hay en la esquina no es un borrachín, es un filósofo, y aquel niño que llora agarrado a un guante de boxeo, no es que esté triste, es que ya sabe que la vida es un ring y él se llevará las cachetadas.

¿Entonces?… ¡Ah, entonces!…nos amanece el mundo como diferente, ¿verdad?, así, como un poco triste, un poco gris, un poco irónico, ah, pero…sí, naturalmente, un mucho tierno; sí, pero ¿y porqué el microrrelato?…podría escribir un novelón, Josué, ¿no le parece?…

Una novela, pero si usted lee los microrelatos de Josué Santiago, verá usted que cada uno es una novela; ya ve, un mundo cerrado pero abierto, donde se dice y se deja imaginar al lector, donde cada palabra, ay las palabras, esas que Josué caza como si fueran muescas, tiene que estar justo allí donde está, porque si no estuviera, ¿sabe?, no sería un microrrelato. Pasan años, vidas enteras, generaciones infinitas en cada texto de Josué Santiago, ¿es que no lo ve?…la vida, el dolor, la muerte, la risa, el júbilo…

Josué Santiago no necesita una novela para contarnos cómo se aprende a vivir…o a desmorir.

Alena Collar

Apuntes teóricos para entender mejor el microrrelato / Josué Santiago de la Cruz

Serie El Microrrelato

Las grandes corporaciones (OPED, los bancos, etcétera) nos están comiendo vivos. Todo está por las nubes: el pan, la leche, la carne y los vegetales, las golosinas cuestan un ojo de la cara, la gasolina ni se diga y para colmo el desempleo sigue aumentando y el valor adquisitivo del dólar va en picada. Pero hasta para dar una vuelta con la familia los domingos sobrecargamos el coche. De tener el espacio disponible en la cajuela cargaríamos con el inmueble.

Esa es una realidad cotidiana nuestra. Penosa realidad, sin duda. Una mala costumbre de todos nosotros.

Ese enamoramiento con las cosas irrelevantes nos engulle. Todo nos parece importante, indispensable. Irrepetible. No queremos dejar nada atrás porque nos aterroriza, aunque no lo verbalicemos de ese modo, el sólo hecho de desapegarnos de algo que estuvo tanto tiempo a nuestro recodo.

Igual nos pasa al momento de abordar el microrrelato.

En teoría reconocemos la importancia de la brevedad en el léxico narrativo, cuando se viene a la microficción. Pero en la práctica nos desencanta ese miniaturismo que se nos antoja incapaz de expresar, con toda su fuerza, con toda su magnitud y con toda su elegancia léxica, lo que fluye a raudos por nuestras cabezas. O lo que imaginamos que es, sin ser.

El precio del sobrepeso en la máquina se traduce en gastos innecesarios por conceptos de gasolina y reparaciones mecánicas que terminan desestabilizando la unidad familiar, porque, siendo el dinero “la raíz de todos los males”, la carencia de éste es el INFIERNO.

Todo eso aplica igual al microrrelato.

Cuando sobrecargamos nuestros textos, los hacemos pesados, lerdos, barrigones y torpes.

Como decía Pumarejo (ex maestro de Escuela Superior en Salinas) en su clase de Gobierno: “Tomen notas” aquellos interesados en la literatura minimalista.

© Josué Santiago de la Cruz