Trasnoche / Roberto L. López

El Despertar

Otro amanecer sin la luz divina que alumbra su tierra. El primer sorbo de café no lo regreso a este planeta.  Desorbitado y sobándose la frente se tambaleo hasta llegar a la sala.  Cogió otro buche  y se asomo a la ventana. De súbito y  violentamente  escupió el café sobre las blancas cortinas y dijo, “anda pal carajo, vaya el lío en que me metido”.

Por la calle venía Luis como un insurgente, chaleco paramilitar, camuflaje en el rostro  y una bandada con la bandera boricua.  Agitando un machete gritaba “muerte al invasor”.

Él no se acuerda del plan concebido pero sabe que llegó la hora de elegir un destino y saldar culpas heredadas.  Sacó su machete y abrió la puerta dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias.

Y así hubiera sucedido a no ser por su mujer que los distrajo con un grito de desconsuelo,  y no por él, sino por las cortinas.

Luis quedó en la soledad de su mente pero antes de que su voz se ahogara en la nada,  lo llamó gallina.

Él ripostó “vete al abismo” y balanceando el peso que lleva en la conciencia se fue a comprar cortinas…

Claridad

Todo empezó la noche anterior después del gran combate en pay per view.

Cuando todos los invitados se fueron, se quedó él, Luis y Saylor Jerry™, un nuevo aliado que llegó por cuenta de su módica rebelión contra Captain Morgan™.

—Le robaron la pelea al boricua, dijo Luis.

—Es que corrió mucho a lo último, le contestó.  Y sin esperar repuesta decidió cambiar la conversación  porque Luis desde siempre politiza el boxeo y en especial cuando su gallo pierde.

—Te acuerdas del batey de Don Felo?

Luis, desinteresado y perdido en su melancolía no respondió.

De todos modos, él  insistió en recordar viejas aventuras en el pueblo de Salinas.

—El viejo Felo se creía dueño del callejón que me gustaba coger de atajo para llegar al Coco.  El señor guapetón me regañaba y agitando el machete me advertía diciendo  “que sea la última vez que pises mis terrenos”.

»Y así fue que la vi. Sabiendo que ella le pertenecía a aquel viejo mala fe, me llené de codicia y decidí tumbársela. Esperé con paciencia hasta que ella creciera, se llenara un poquito y que su piel se tornara suave y rosadita.

»Él siempre estaba sentado en el canal amolando su machete. Solo abandonaba el puesto a la hora del café y ahí fue cuando aproveché, brinqué la verja y decidí hacerla mía, toda mía.  Ya la tenía en mis manos y estaba a punto de devorarla cuando un perro chingo llamado Leal  me delató y Don Felo se apareció con machete en mano. Del susto la dejé caer y sin querer la esparraché.

»Corrí y corrí hasta llegar al pantano y caer en un hoyo de esos que dejaban los jueyeros.  De allí no salí ni para contar billetes.

»Luego resultó que el viejo tenía un alambique.  Desde mi escondite vi que lo venían siguiendo y él no pudo escapar de las garras del escuadrón del sargento Labatud. Lo esposaron y ante sus ojos  quemaron el alambique, la hortaliza y hasta su choza donde enarbolaba una bandera verde y blanca.  Esa fue la última vez que pisé sus terrenos, porque suyos no fueron más…

Terminó su historia y Luis pareció coger ánimo. Las hinchadas venas de su cuello palpitaban casi al punto de estallar. Para mantener la compostura se sirvió un trago, alzó la copa, y sin llegar a besarle el borde, se espetó el líquido.

Y dijo:

—Eres un vulgar ladrón de lechosas que acomodas tu historia como mejor te parece. Acaso perdiste la memoria al caer en aquel hoyo de letrina. ¿Por qué dejas  los detalles? ¿Con quién estás?  ¿Por qué te quedaste con los brazos cruzados entre la mierda y los sapos?

»Don Felo era un patriota y solo cuidaba lo que le pertenecía. Nunca quiso vender sus terrenos a la gran corporación y se bastaba de la tierra que con gran éxito cultivó con sus ásperas manos.  Nunca vendió su voto por un fiestón y dos pesos. ¿Ves su delito?  El alambique solo fue un pretexto, porque era bien sabido que con aquella agüita se santiguaba el delator, el policía y el juez.

»Te olvidas que era un 23 de septiembre, y no era coincidencia desguañangar y despojar a los buenos patriotas. Y para eso se prestaba el coronel Labatud, un policía corrupto, cuyo único placer fue el sufrimiento de los demás.

» ¿Eres de esos que creen en el chantaje de una soberanía olímpica? ¿Crees  que nuestra soberanía caerá del cielo sin dolor ni sacrificios?   Despierta pillo de lechosas, que la 2499 es el mismo perro con distinto collar. Te lo digo en pocas palabras y sin altisonancia.  ¿Entiendes?, o te lo digo otra vez ¿Con quién estás?

Solo pasaron unos segundos para darse cuenta que el tema era incendiario.

La bebida y la política no mezclan bien. Era tarde en la noche, ya  las palabras no estaban sometidas al cedazo del buen criterio y la prudencia.

Entonces decide echarle leña al fuego y bromeando le dice a Luis:

—Yo entiendo muy bien, solo falta comprobar si tu madre entiende. Mañana la nación cumple años y celebran su independencia. Te propongo que cojas tu bandera y vengas conmigo a la capital. Nos trepamos en la punta del monumento nacional, así como Tito Kayak, nos encadenamos como estudiantes en protesta, ayunamos como Gandhi  y al mundo entero demandamos nuestra soberanía.

Un trago más y las paredes giraron, la imagen de Luis quedó más borrosa que el rostro en el sudario, perdió el balance  y se calló del taburete.

Al otro día se levantó con un chichón en la frente y descubrió que Luis no juega con las cosas del alma y de la patria…

©Roberto L. López