Para una niña llamada Camila / Gladys Ortiz Dávila

No hay alegría más grande que la de un hijo bien deseado.

Los papás: ¿a quién se parecerá, a ti, a mí? Luego algo llamada mala barriga, ahí lo dejamos en suspenso.

Abuelo y abuela continúan con la faena: queremos y queremos, aquello y aquello.

Cuándo se sabe el sexo, y es niña, el mejor traje – el más lindo- para sacarla del hospital.

Ya que me declaro tercera abuela, tengo mucho de tu abuelo, no nos llama la atención la cosa material.

Hable con mi amigo Amy. Él le dio la vuelta al mundo buscando gente llena de espiritualidad.  Al finalizar el vuelo estábamos deprimidos: todos se afanaban en lo material.  De pronto Amy exclamó: “¡detente!” Abajo, es decir en la Tierra, encontramos un alma a la que le brillaba el corazón.  Un alma buena: Amor.

Mi querida Kamila, nos encontramos con un músico, el que escribió Canción del elegido.  No voy a decirte más nada, para que cuando sepas leer y yo esté fuera de lo que llaman la Tierra, reflexiones sobre lo que su música expresa.

Por ahora me despido dándote mi bendición.  Que el Señor te colme de bendiciones mi querida Kamila.

Gladys Ortiz Dávila

La queja del burro / Félix M. Ortiz Vizcarrondo

 Entre los años de 1930 a 1950 el municipio de Salinas poseyó un manso burro zaino cuyo trabajo consistía en arrastrar un carretón de madera para regar con aguas las polvorientas calles del pueblo aún sin pavimentar y también para recoger basura.

Cuentan que un día de ardua y azarosa labor, en la esquina de las calles Monserrate y Muñoz Rivera estaba el laborioso quejándose en voz baja.  Un transeúnte que a la sazón pasaba por la antigua plaza pública lo escucho y se sorprendió al oírlo hablar.  Se le acercó cautelosamente y le preguntó: Martillo, ¿tú hablas?  Éste le contestó: “Si, pero no se lo digas a nadie, porque esta gente son capaces de usarme en las tarimas políticas también.”

©Félix M. Ortiz Vizcarrondo

Lo que llevo en mi maleta / Marinín Torregrosa Sánchez

 ¡Ajá! ¡Sí! ¿No me digas?

 

Cuando parta al misterio solo me llevaré el recuerdo. Mis sentimientos los empacaré entre amores forjados y los sueños sin cumplir. La risa de mis amigos y el abrazo de mi madre, la mirada de papi, el olor de mis hijas. El calor de mi familia lo envasaré para no perderlo. La carcajada del río que me duerme en la noche y me despierta en la madrugada. La grabación de coquíes cortejando las estrellas y los gallos aclamado su poderío, también irán conmigo.

 El ruido del mar como león desde sus entrañas sin miedo acariciando la orilla de mi Salinas, de verdes y marrones, de montes y llanos. Estos últimos irán al fondo de mi equipaje planchaditos con almidón, así sus colores no desmerecen con el tiempo que me tome el viaje. En una esquinita enrollare bien mi niñez, cerca del piragüero en la plaza y la Panadería de Paquín. Las barquillas de Don Pifo formaran una melcocha con el gofio que compraba en la tienda de Virgen. El bostezo de Angelito que hace eco en el Campito y retumba en el caserío va sobre mi barriada Carmen con Nina, Candito y Don Quintín. La plaza ya la guardé, una ordenanza loca la metió pronto en mi maleta antes de que me robaran el blanco traje de Don Pancho Sécola. La Curvita de Melquíades no ocupa mucho espacio, ni las parrandas en Vertederos, La Plena, ni los amores de Parcelas Vázquez. Aprovecharé la procesión para recoger el malecón. No puedo cerrarla aun y es que mis sobrinos corretean por el patio de la colonia. Encaramados unos en las máquinas y otros jugando con tierra. ¡Ahí van mis hijas corriendo bicicleta por la calle ancha de mi espera! ¡Ay se me queda el timbre del cine Monserrate! Sí, ya esta lista y no pesa.

¿Qué me queda? Lo aprendido. ¡Hum! ¡Voy a necesitar un furgón! Mejor lo dejo aquí para otros y me llevo el sabor de los guanimes, la tertulia en la Plaza de Mercado, una cerveza bien fría y la luz de tu mirada.

©Marinín Torregrosa Sánchez