Diosito / por Edwin Ferrer

Después de haber recibido una condena de veinte años, un pastor lo convirtió en  el nombre del padre, hijo y espíritu santo, y cumplió sentencia de cinco. Llegó  a su casa y miró su rostro en el espejo adornado por una corona de espinas.

— ¡Que haya amor en la tierra, que el rio se disuelva en el mar, el mar en las nubes, nos devuelva agua clara para tomar y que germine el pan para  sostener los corazones hambrientos del barrio!, exclamó.

 En la iglesia con una voz equilibrada dio testimonio.  Su rostro palideció en el altar, casi convertido en bruma. Algunos  clamaron milagro.

Al salir se percató como los niños se inyectaban en la esquina y guardó silencio.  Un hombre cayó herido a sus pies y cruzó a la calle contraria. Sus viejos amigos lo saludaron y los ignoró. Su vida latía como un molino alejado y la razón lo convirtió en un mendigo exiliado. Si le preguntaban de su vida, comenzaba con la palabra DIOSITO seguido por:

—Me sano del pecado, me devolvió la salud, me ha dado  dinero, carro y casa…

Al caer la noche se encerró en su cuarto, encendió  un “pitillo”[1], hizo una oración y  comenzó  a leer la Biblia.

©Edwin Ferrer


[1] Cigarillo de marihuana

Reincidencia / por David Roche

La presión del puñal en el cuello la despertó.

—Quieta.

Quiso gritar para despertar la hija, pero desistió. Optó por observar, con cautela, el reflejo de la navaja en el techo…

Entre sollozos, cerró los ojos y se ensimismó…

Un sonido seco irrumpió el silencio y se escuchó una voz imperiosa desde el estrado:

—Señora, conteste la pregunta.

© David Roche,  2007

David Roche Santiago es un ponceño radicado en Filadelfia donde se ha destacado como defensor de los derechos civiles de las minorías. Fue uno de los fundadores del periódico bilingüe Community Focus/Enfoque Comunal taller donde se desarrollo como periodista y artista gráfico. Ha escrito poemas y narraciones y tiene varios trabajos inéditos, entre los que se suman, relatos y poesías.

Otra ley del movimiento / por José Manuel Maldonado Beltrán

                                             Al movimiento estudiantil del 21 de abril

Las revueltas

hay que amarlas

como los hombres

y las mujeres

se quieren

 

darles la vida

sin perderla

en el empeño

 

para que este mundo

no sea imposible.

 

José Manuel Maldonado Beltrán, 21 de mayo 2010

Comentando fotografías, 58: Cumpleaños de 1943

La costumbre de celebrar el día de cumpleaños probablemente está relacionada con la aparición de los calendarios y la astrología. Por lo tanto, su origen se pierde en la historia. Los estudios sugieren que esta celebración surge en las clases dominantes alrededor de la magia y la religión.  Los rituales de cumpleaños tenían el propósito de proteger a la persona del mal y como medio de garantizarle un próximo año libre de la mala fortuna. Por tener origen en prácticas de la astrología pagana, el cristianismo la rechazó durante los primeros cuatro siglos de la era cristiana.

En el antiguo Egipto, el cumpleaños del faraón se festejaba en grande. En la antigua Grecia se creía que las personas eran acompañadas desde el día de su nacimiento por un espíritu protector por el resto de su vida. La costumbre de los bizcochos de cumpleaños con velas encendidas comenzó en Grecia, junto con la creencia de que las velas encierran una magia especial para conceder deseos.

En la antigua Roma se inició la costumbre de celebrar el natalicio de dioses y hombres famosos, lo que originó los días de fiesta de nuestro calendario.

Cuando el cristianismo se convirtió en la religión predominante de Europa, la tradición de celebrar cumpleaños fue abolida por considerarla una fiesta pagana. En la Biblia únicamente se mencionan tres cumpleaños, dos de ellas como fiestas de no creyentes.  Durante los primeros siglos de la era cristiana se dio mayor importancia al día de la muerte que al día de nacimiento.  Cuando los historiadores antiguos intentaron establecer la fecha del nacimiento de Cristo en el siglo 2, la Iglesia tronó contra esa investigación considerándola un sacrilegio y un hecho pecaminoso celebrar el nacimiento de Jesús al estilo de los faraones y reyes. No es hasta el siglo 4 que la Iglesia comienza a modificar esa actitud y promovió ella misma las investigaciones sobre el nacimiento de Jesucristo, que tuvieron como resultado el inicio de la Navidad y la celebración de los cumpleaños.

Las fiestas de cumpleaños se celebran de diversas maneras en el mundo. No obstante en Puerto Rico, la canción Happy Birthday to you (Cumpleaños feliz) creada en 1893 por las maestras estadounidenses Patty y Mildred Hill, se convirtió en la canción principal de esta costumbre después de la Invasión de 1898.

La foto que hoy presentamos capta una humilde fiesta de cumpleaños celebrada en 1943, en Salinas.

Fuente(s): Wikipedia

srs

El coleccionista / por Edwin Ferrer

Contando palillos de fósforos comenzó. Luego contó los nombres de los muertos de su país. Contó las ramas secas de las palmeras y las espigas calvas de los cañaverales. Añadió  los colores del  pálido arcoíris, las equis de los partidos políticos, los bancos arruinados de la plaza y los casquillos de balas en los caseríos.

Siguió su camino y recogió huesos de gallinas, de lechón, pedazos de chancletas gastadas, latas de cervezas vacías de los jardines, jeringuillas flotando en las aguas y hasta el aceite crudo del océano.

Un oficial de la policía se le acercó y le dijo que recogiera toda la porquería coleccionada. Con paciencia arrojó todo por un sumidero infinito, menos un clavel, el cual, cerrando los ojos, puso sobre su nombre.

©Edwin Ferrer

El inválido / por Edelmiro J. Rodríguez Sosa

Se sentó en una silla y no se levantó más. La tristeza y el desasosiego le carcomían el espíritu. Su cara dibujaba inconformidad.

Su hijo, familiares y vecinos le hicieron la vida más fácil.  Le compraron una silla de ruedas en la que podía orinar, defecar y hasta bañarse.  Por la noche lo acostaban en su cama de posiciones y al otro día lo volvían a sentar en su inseparable silla.

 Un día regresó su antigua vecina tras largos años de haber emigrado a Nueva York.  El mismo tiempo que Epifanio llevaba postrado en la silla.

 Al verla, se levantó lo más campante y se fue con ella.

 ©Edelmiro J. Rodríguez Sosa, 23 de marzo de 2010

Prólogo para 84 micros que pudieran ser novela / por Alena Collar

Josué Santiago escribe.

No. No escribe, no, Josué Santiago recrea la realidad.

No. Tampoco. Tampoco es eso…

¿Qué diablos hace Josué Santiago cuando hace un microrrelato?…

Hay un mundo que pudo ser y otro que será, y otro que es, y de pronto Josué aparece y dice que no, que ni uno, ni dos, ni tres, sino otro, otro mundo, ese que usted, que yo, y que el otro no quiere, no sabe o no puede ver. Y aparecen entonces historias, cosas, seres, ay los desclasados que tanto quiere Josué, y las mujeres, las bellas, las putas, las danzarinas, las humilladas, las otras, eso es, las otras y los otros, levantándose para decir otras cosas, hacer otros actos, donarnos otra realidad.

Ya lo he dicho, que no, que no la recrea, que es distinto, mire, para Josué el borrachín que hay en la esquina no es un borrachín, es un filósofo, y aquel niño que llora agarrado a un guante de boxeo, no es que esté triste, es que ya sabe que la vida es un ring y él se llevará las cachetadas.

¿Entonces?… ¡Ah, entonces!…nos amanece el mundo como diferente, ¿verdad?, así, como un poco triste, un poco gris, un poco irónico, ah, pero…sí, naturalmente, un mucho tierno; sí, pero ¿y porqué el microrrelato?…podría escribir un novelón, Josué, ¿no le parece?…

Una novela, pero si usted lee los microrelatos de Josué Santiago, verá usted que cada uno es una novela; ya ve, un mundo cerrado pero abierto, donde se dice y se deja imaginar al lector, donde cada palabra, ay las palabras, esas que Josué caza como si fueran muescas, tiene que estar justo allí donde está, porque si no estuviera, ¿sabe?, no sería un microrrelato. Pasan años, vidas enteras, generaciones infinitas en cada texto de Josué Santiago, ¿es que no lo ve?…la vida, el dolor, la muerte, la risa, el júbilo…

Josué Santiago no necesita una novela para contarnos cómo se aprende a vivir…o a desmorir.

Alena Collar

Apuntes teóricos para entender mejor el microrrelato / Josué Santiago de la Cruz

Serie El Microrrelato

Las grandes corporaciones (OPED, los bancos, etcétera) nos están comiendo vivos. Todo está por las nubes: el pan, la leche, la carne y los vegetales, las golosinas cuestan un ojo de la cara, la gasolina ni se diga y para colmo el desempleo sigue aumentando y el valor adquisitivo del dólar va en picada. Pero hasta para dar una vuelta con la familia los domingos sobrecargamos el coche. De tener el espacio disponible en la cajuela cargaríamos con el inmueble.

Esa es una realidad cotidiana nuestra. Penosa realidad, sin duda. Una mala costumbre de todos nosotros.

Ese enamoramiento con las cosas irrelevantes nos engulle. Todo nos parece importante, indispensable. Irrepetible. No queremos dejar nada atrás porque nos aterroriza, aunque no lo verbalicemos de ese modo, el sólo hecho de desapegarnos de algo que estuvo tanto tiempo a nuestro recodo.

Igual nos pasa al momento de abordar el microrrelato.

En teoría reconocemos la importancia de la brevedad en el léxico narrativo, cuando se viene a la microficción. Pero en la práctica nos desencanta ese miniaturismo que se nos antoja incapaz de expresar, con toda su fuerza, con toda su magnitud y con toda su elegancia léxica, lo que fluye a raudos por nuestras cabezas. O lo que imaginamos que es, sin ser.

El precio del sobrepeso en la máquina se traduce en gastos innecesarios por conceptos de gasolina y reparaciones mecánicas que terminan desestabilizando la unidad familiar, porque, siendo el dinero “la raíz de todos los males”, la carencia de éste es el INFIERNO.

Todo eso aplica igual al microrrelato.

Cuando sobrecargamos nuestros textos, los hacemos pesados, lerdos, barrigones y torpes.

Como decía Pumarejo (ex maestro de Escuela Superior en Salinas) en su clase de Gobierno: “Tomen notas” aquellos interesados en la literatura minimalista.

© Josué Santiago de la Cruz

El Rebelde: un cuento viejo y siempre moderno / Ferranto

Erase un niño humilde y bueno; era incapaz de faltas de urbanidad y todos decían que era o que llegaría a ser un ciudadano modelo.  No fue así; porque andando el tiempo fue mejor conocido con el Rebelde.

Su primera demostración de rebeldía sucedió allá para el séptimo u octavo grados… hace tiempo.

Fue en plena clase de gobierno civil.  El maestro decía que Puerto Rico era una prolongación de los Estados Unidos de América; y el Rebelde pronunció que el míster estaba equivocado ¡¡!!

Enfurecido el míster le preguntó:

— ¿Por qué estoy equivocado, niño?

—Porque, contestó el niño, Porque Puerto Rico es una prolongación de las islas antillanas; primero, porque en Puerto Rico se habla en español y se ora y se reza en español…

— ¡Basta, niño!, dijo el míster algo molesto.

De ahí en adelante
Aquel perfecto estudiante
fue mirado con malos ojos
porque vio sin anteojos
la verdad, y solamente la verdad.
Tuvo el coraje valiente de decir
lo que se siente,
y aunque todos dijeron que fue un
impertinente, él se siente, si, señor
aún él se siente, ante Dios y ante
la gente; que más vale ser rebelde
que carnero del redil;
que a la postre habrá de morir…
Impenitente.

Hoy por hoy aquel rebelde bendito se pasea impertérritamente entre pobre y entre ricos.  Hoy es un hombre grande porque a tiempo dijo lo que su alma de niño  le inspiró decir;… y lo dijo. De más está señalar que lo expulsaron de las aulas escolares.

Anteayer me lo encontré y le dije:

—Oye rebelde ¿cómo te ha ido la rebeldía?

Y me contestó risueño:

—Me tienen ya nominado para alcalde.

— ¿Y quién es tu contendor?

Dijome con firmeza:

— En la república nadie; en la mogolla dos mil.

Este cuento señoril,
De las cosas de mi tierra
A muchos quizás le aterra, el devenir
Mas como el jíbaro astuto de los
montes y las sierras; ¡Borinqueño!
Pon tus oídos en tierra.
Que lo que fuere será, antes de la
otra guerra; que empezará en San Juan
y acabará en Puerta ‘e Tierra.
Y si acaso tienes duda de que esto
así será, piénsalo desde ahora
Que en la casa del ahorca’o
No debe nombrarse la soga; ¡Verdad!

Por Antonio Ferrer Atilano, 1969 ©Ediciones Abeyno

El canto de las chirocas / David Arce

Chirocas

La torre de la catedral se recorta perfecta bajo el cielo azul  de Chulucanas. Un resplandor naranja amanece detrás del cerro Ñañañique. Miles de chirocas revolotean entre los cipreses de la Plaza de Armas.

Los fieles se apuran en llegar a la vieja iglesia antes de que las campanas llamen a misa. Algunos, los pocos, se demoran a propósito: quieren seguir escuchando el canto de las chirocas. Un canto tenue, como un rumor, como si estuviera dentro de sus cabezas, sin altisonantes que, increíblemente se escucha en todo el pueblo con la misma intensidad.

El concierto de las chirocas empieza súbitamente, como si nunca hubiera empezado, como si siempre hubiera existido. Y acaba igual, como si nunca hubiera empezado. Dura exactamente catorce minutos.

Esto se supo desde la época en que don Victoriano el Sabio, trajo desde Lima, en cuatro mulas, un enorme reloj de péndulo y se mantuvo innumerables noches tratando de hacer coincidir el inicio del canto de las chirocas con las manecillas del reloj.

Después de la primera semana, los curiosos que lo acompañaban se fueron haciendo cada vez menos hasta que, sin darse cuenta, se quedó solo.

Una mañana, en que ya nadie se acordaba de don Victoriano el Sabio, justo antes del toque de campanas, se escuchó una risotada y luego: ¡Catorce, catorce!

Desde ese día camina por las calles de Chulucanas con la mirada perdida, como si mirara hacia adentro, con la barba blanca que le llega hasta la barriga, las ropas sucias, sin zapatos y, cuando alguien le alcanza algo de comer, solo atina a balbucear: catorce, catorce.

Mucho después pasó por el pueblo un gringo. Los que lo vieron, contaron que por las noches salía en dirección al cerro Vicús, otros decían que algunas veces merodeaba el cerro Pilán, con su mochila verde olivo de siempre, donde llevaba un aparato largo, como una horqueta, que no era de metal, pero que le servía para detectar el oro de las huacas. La gente que lo vio asegura que se llevó dieciocho talegas de oro preinca, cuarenta y ocho huacos de los finos, innumerables chaquiras y un extraño ídolo de cerámica que dicen, parecía un astronauta.

Este gringo trajo, en su muñeca izquierda, un reloj electrónico que alumbraba rojo en la oscuridad y solo le bastó una madrugada, en que regresando de huaquear, pasó por la Plaza de Armas y por casualidad, miró su reloj en el preciso instante en que empezaba el canto de las chirocas. Marcaba exactamente las cinco con cuarenta y cinco de la mañana. Se quedó mirando el reloj los catorce minutos que duró el canto de las chirocas dentro de su cabeza. Hasta que un minuto antes de las seis, justo un minuto antes de que las campanas llamaran a misa, volvió el silencio, como si las chirocas nunca hubiesen cantado.

La abuela Mercedes, cuando todavía no se perdía en el laberinto del olvido y cuando el vitíligo no blanqueaba la totalidad de su piel y de sus cabellos dijo, con un aire de solemnidad, como para sí misma y para el que la quería escuchar, que solamente una vez las chirocas habían dejado de cantar. Fue para la fiesta de San Ramón, el patrono del pueblo.

La víspera, el Negro Otero, encargado de tocar las campanas, hostigado por la curiosidad, salió a darse un baño de gente y se zambulló entre la muchedumbre de mercaderes y vivanderas que habían invadido la Plaza de Armas. Vio las mismas curiosidades de los años  anteriores, como si fuera una repetición de las mismas ferias de  tiempos inmemoriales.

Ya estaba por volver al cuartito del campanario, cuando vio una cobra roja en la tienda de los hindúes, con grandes ojos amarillos y, lo que más le llamó la atención, fue una hermosa hindú, sentada en posición de loto, hipnotizando a la cobra. Sus cabellos lacios, negros, reposaban sobre sus muslos.

De su piel trigueña emanaba una sensualidad que desbordaba por sus poros. Sus ojos negros, negrísimos, rodeados de las más bellas ojeras del mundo y, en el centro de la frente, un punto rojo, que nunca supo su significado, pero eso ya no importaba, porque en ese instante conoció el vértigo del amor a primera vista: la vio envuelta en una aurora celestial, como una diosa hindú. Por eso nunca pudo perdonarse de que, en su afán de observarla mejor, se acercara a la baranda y, para hacer notar su presencia, emitiera un ligero tosido. La doncella hindú lo miró con el rabillo del ojo. Fue un instante eterno, que lo colmó del más intenso gozo, pero todo fue tan rápido que de un momento a otro, la muchacha yacía botando espuma verde por la boca, y la cobra escapaba como un rayo rojo hacia la negrura de la noche.

Los últimos en ver al Negro Otero dijeron que estuvo mirando las aguas del río Chiquito en su desembocadura con el río Ñácara. Esa madrugada del día de San Ramón, las campanas tocaron mucho antes que de costumbre, primero una sola vez, fuerte, luego varias veces más, discordantes, dejando un eco que taladró de pena algún corazón insomne. Recién pasadas las siete, cuando se percataron de que las campanas no llamaban a misa, lo encontraron colgado del badajo de la campana mayor, echando espuma verde por la boca y destilando un semen espeso entre sus calzoncillos.

Don Heráclito Seminario, boticario, doctor, maestro, declamador, consejero sentimental y necropsiador, no se asustó cuando descolgaron al negro Otero y lo escuchó decir: “¡Carajo!”, entre la espuma verde. Y en forma didáctica tuvo que explicarle a doña Matilde Coco que, pálida y sudorosa, faltándole la respiración, exclamó: ¡Santo Dios, está vivo este hombre! No doña Matildita, lo que pasa es que los gases, producto de la descomposición de las bacterias en el estómago, al salir por la garganta, producen un sonido que parece un quejido. No señor, a mí nadie me va a convencer de cojudeces cuando yo misma lo he escuchado con mis propios oídos.

Y así fue que todos supieron que el negro Otero se despidió carajeando este mundo. Ese día las chirocas no cantaron. Al parecer, la confusión en el toque de campanas les ocasionó un trastorno digestivo, y resultaron cagándose en todo el pueblo, con una mierda inconfundible, de una redondez perfecta, amarillo patito, con un punto negro en el centro.

Parecía una lluvia de mierda que al poco tiempo cubría calles y techos. Chulucanas, vista de lejos, parecía una manta amarilla con puntos negros.

Eso no fue todo: cerca de las diez de la mañana, cayó fulminada, como por un rayo, la primera chiroca, con su cuerpo amarillo, más amarillo aun y sus alas negras extendidas, más negras. Luego siguieron cayendo como si alguien las aventara con fuerza, una por una, hasta el mediodía.

Al día siguiente, cuando ya nadie esperaba escuchar el canto de las chirocas, a las cinco y cuarenta y cinco de la mañana empezaron a trinar miles de aves al unísono, como si nunca hubiera sucedido nada. Parecía increíble, pero allí estaban los cuerpos de las chirocas muertas, que la nueva Baja Policía demoró tres días en barrer  las calles y en limpiar los techos.

Muchos pájaros se pudrieron entre las grietas, dejando un olor a floripondios que impregnó el aire del pueblo hasta la llegada de las lluvias.

©David Arce.

El autor es un escritor peruano ganador de varios premios en certámenes de cuentos en su país.   Además de desempeñarse como médico psiquiatra practica la fotografía artística.