Mi encuentro al sur / Lilia E. Méndez Vázquez

Yo no soy de Salinas; sin embargo, el color ocre de sus paisajes y suelos está en mi registro genético: resuena en mí desde que bajo la cuesta de Cayey, y al ver el valle me parece que llegué a un lugar conocido desde siglos atrás. Y es que mis antepasados, por la cepa de mi madre, son oriundos de Barina, el barrio más al sur de Yauco, que colinda con el mar Caribe y comparte con Salinas su topografía y sus colores, aunque sus respectivas historias no son del todo iguales. Creo que de tanto oír las vivencias de mis abuelos y de la infancia de mi madre, ese entorno sureño permeó en mí, aún sin conocerlo.

Yo nací en pleno corazón de “la losa”, cuando todavía el Hospital Pavía era una casona rodeada de balcones. Descubrí a Salinas cuando hice mi primer viaje al sur en mi temprana adolescencia, de paso para ir al funeral de una tía abuela en Yauco.

En aquella época no existía la autopista y la ruta más cercana desde San Juan era la temida ruta de La Piquiña. Entonces, no entendía el recelo de los adultos a la ruta, porque para mí la cadenciosa carretera fue un descubrimiento maravilloso.

Hacer un viaje de San Juan a Ponce era un proyecto que se planificaba con días de antelación y se hacía por tramos, parando para estirar las piernas en La Muda, más adelante en Caguas y luego en Cayey, en un restaurante que si mal no recuerdo se llamaba La Unión de Todos. Allí se recuperaban fuerzas para emprender la gran hazaña de atravesar La Piquiña.

Recuerdo que íbamos en el carro de mi tío, porque era el único apto para el viaje y por eso iba estibado de gente como un carro público. Yo tenía unos diez u once años y contrastaba con el resto del grupo, compuesto de padres, tíos y abuela, extrañados por mi interés en ir al funeral de una parienta desconocida. Mi interés, a decir verdad, era encontrarme con aquellas fascinantes vivencias y no dejar escapar la oportunidad de recrearlas. A partir de ese viaje, siempre decía presente en cuanto funeral de pariente se mencionara, porque lamentablemente sólo se viajaba cuando había un funeral, y como la familia de mi madre era numerosa, fueron muchas las veces que pude disfrutar de los viajes a los velorios.

clip_image004Durante el trayecto me la pasaba brincando de una esquina a otra, asomándome por la ventana para admirar los árboles de flamboyán y almendra, que eran los que reconocía, y divisar el color plateado del yagrumo, destacándose entre el verdor del monte. Devoraba el paisaje de las abundantes miramelindas con sus tonos rosados y blancos que alfombraban todo el borde de la ruta. Contaba los muros de las alcantarillas de las tantas quebradas que pasábamos, que yo imaginaba banquitos puestos ahí para sentarse a admirar el paisaje, los mojones blancos de cemento que indicaban cada kilómetro que recorríamos y las cruces rodeadas de flores plásticas que aparecían cada dos o tres curvas, recordando la víctima de un accidente fatal. No fueron pocos los regaños que me llevé de mi padre, quien temía que las cañas que sobresalían de los camiones que repechaban por allí, me azotaran la cara, pero seguía asomándome para ver hacia abajo el final de los barrancos o hacia arriba las murallas que formaban las montañas que la carretera bordeaba.

Una de esas montañas quedaba tan cerca, que por más que me asomaba no la veía completa. Como la montaña no dejaba de atraerme, bajo la protesta de tías y abuelas, me arrodillaba en el asiento para seguir admirándola por el cristal trasero, hasta que desaparecía repentinamente en una curva del camino. Años más tarde supe que se trataba de las Tetas de Cayey.

clip_image006Ya cuando la carretera empezaba a enderezarse, la tensión desaparecía y podíamos entonces detenernos en algún puesto improvisado a la orilla para comprar frutas y viandas. Comprábamos fresas silvestres acomodadas en canastitas de paja, guineos niños, mangós, ñame y cuanta verdura no fuese cotidiana en nuestro menú.

Con el baúl cargado de olores, comenzábamos el tramo de la recta hacia Salinas y ahí aparecía el canal de riego que corría a lo largo de la carretera. Yo me entretenía persiguiéndolo con la mirada, brincando de una puerta a otra, cuando el canal cambiaba de rumbo. A veces se me perdía. Entonces localizaba a las lavanderas y le seguía la pista hasta que volvía a aparecer a la orilla de la carretera. Ya casi llegando al pueblo, el canal y yo, nos despedíamos hasta el viaje de regreso.

A la derecha, divisaba la cordillera, tan cerca y tan lejos, con sus montañas doradas que se me antojaban de plasticina y sacaba las manos queriéndolas moldear.

A través de la calle principal del pueblo y luego al doblar hacia Santa Isabel, mi diversión era delatar los negocios rotulados “Off limits” y “On limits” a pesar de la disimulada indiferencia de los mayores ante mis insistentes preguntas sobre su significado.

Más adelante, a la izquierda, un mar manso, cuya playa se adivinaba al borde de la carretera y el olor a salitre que se mezclaba con el intenso aroma proveniente del mar de cañaverales situados a la derecha del camino. En ese tramo perseguía la vía del tren que por ratos corría paralela a nuestro rumbo y observaba, por largos kilómetros, el cañaveral bailando al son del viento del Caribe, hasta que el sueño me vencía.

Luego de más de tres horas de viaje, despertaba al llegar a casa de las tías abuelas, quienes a pesar de su tristeza, se regocijaban al verme, convirtiéndome en el centro de sus mimos, y yo las acogía como si las conociera de toda la vida…

 

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Lilia E. Méndez Vázquez es bibliotecóloga. Trabajó durante 35 años en la Universidad de Puerto Rico, recintos de Río Piedras, Arecibo y Humacao. Es presidenta de Indices CONUCO, la base de datos que indiza revistas puertorriqueñas. Actualmente cursa el Certificado en Edición y Artes Editoriales en la UPR y diseño gráfico en la Escuela Vocacional de Trujillo Alto.