Valeriano Amadeo, custodio del riego en La Isidora / Dante A. Rodríguez Sosa

Valeriano Amadeo, Valé, pasa a la inmortalidad por vía de la función de trabajo que le tocó desempeñar en la Colonia La Isidora, perteneciente a la Familia Godreau.  Fue por muchísimos años el custodio de los niveles de agua y del regadío programado para las distintas piezas de caña del lago artificial creado para dar vida a los cultivos.  A fuerza de tantos años de vivir en la cercanía del lago, la gente bautizó a ese cuerpo de agua como el Lago de Valé, diminutivo de Valeriano.

A diferencia de otros encargados, capataces y lambeojos, siempre fue muy permisivo en el uso de su lago.  Siempre y cuando se pidiera permiso, lo daba sin reparos.  Eso convirtió el lugar en el sitio predilecto para un chapuzón en cualquier época del año. HPIM2562

El lago estaba rodeado de una vegetación maravillosamente revestida de los más variados matices de verde, en las miles de plantas con diversa formas de hojas.  Era agua acumulada sobre tierra, pero era agua clara y limpia, y para mayor goce, era mejor bañarse en horas en que estaba llenándose, para disfrutar del chorro mientras las bombas de succión estaban prendidas y el tubo de 12 pulgadas tiraba su plena capacidad de caudal.  Meter la cabeza debajo del chorro era lo mejor y también tirarse de cabeza desde el borde de la compuerta.  La frustración que nos causaba a Luis Alberto Mateo Martínez y a mí llegar al Lago de Valé y encontrarlo lleno, pero con la bomba apagada, todavía la percibo.  Luis y yo entonces íbamos hasta el final de uno de los tubos, que se prolongaban desde la bomba hasta unas piezas de caña bien lejanas, para ya en la boca del tubo, cuestionarle a la bomba el por qué no estaba tirando agua.  Curiosamente el eco repetía la frase o pregunta que se hiciera de forma inexplicable tres o cuatro veces.  No teníamos alternativa, había que, a regañadientes, bañarse en el agua muerta.

Lo cierto es que el punto tomó notoriedad como refugio de enamorados, particularmente de jóvenes buscando un sitio adecuado para romper el coco y que nadie se enterara, aparte de que no hay hotel ni motel ni casa que supere la experiencia de una cita romántica en la forma primigenia.  Además hace falta, y digo que hace falta, el Lago de Valé para curar a los entumecidos cerebros de los adictos a la artificialidad como remedio para lograr cumplir el mandamiento.  En honor a la verdad Valé, quien con el correr de los años fue mi amigo, al que visitaba ocasionalmente, me confesó que solía tener siempre un poco de pitorro para la venta, y que sus mejores clientes eran las parejas asustadas.  Se hacía de la vista larga, pues tenía una visión muy afinada de lo que eran las circunstancias de la vida de frente a las fiebres humanas.  Por eso, la inmortalidad de Valé en el recuerdo del Lago de Valé, vale y valga la redundancia.  El miró su lago con espíritu humano, como uno de servicio propiciador del placer humano natural.

Penosamente hay que decir que otros como Matute y antes que él Indio, espantadores de ilusiones, de sueños y de querencias, no guardan la misma estatura de rememoración ni afloran al recuerdo cariñoso en verdad.

El Lago de Valé desapareció de la faz de la Colonia La Isidora y de ésta sólo queda nombrado el Cementerio Municipal de Salinas. Tarea mala la imitación del Lago de Valé con modernas y costosas piscinas: la Piscina de Campamento, la piscina del Albergue y no sé cuántas otras, que en nada llenan la sensibilidad humana. Su frialdad conmueve a la viagra y le resta a la vida sencilla. Gloria al Lago de Valé y a sus recuerdos.

© Dante A. Rodríguez Sosa

El rayo maravilloso / Roberto López

 

Cuando por razones que aun desconozco se ausentó el glorioso cantor de la voz de oro, Las Hijas de María le dieron el micrófono a Enrique y a empujones lo convirtieron en la primera voz de los Rosarios de Cruz.

Baltasar, un veterano de la guerra en Vietnam, vivía en un palomar en Sierra Brava y le gustaba quedarse dormido oyendo los cánticos de los Rosarios de Mayo. Eran las 8:00 de la noche, hora de tomarse la pepa que le controlaba su trastorno de doble personalidad. Una voz que titiritaba y se quedaba sin aire se coló por su ventana. Eso lo sobresaltó, y sin tomarse la pastilla, salió de prisa a investigar lo que estaba pasando en los Rosarios Cantados.

En el camino hacia la parroquia saludó a Doña Margara. Margara hacía muchos años que no hablaba con nadie, excepto con su gata Franchesca. En el balcón de su casa, se pasaba los días y las noches contemplando los astros y las nubes. Los inteligentes la tildaban de loca.

–Hoy parece que va a llover— dijo Baltasar.

Margara, con Francesca en su regazo y su mirada fija en el negro firmamento, lo ignoró. Baltasar siguió su camino y cuando va llegando a la plaza, oyó que la discordante voz del cantante principal cambió en medio de la canción. La nueva voz era agradable, musical y afinada.

– ¡Le aplicaron la grúa, Aleluya! – exclamó con júbilo.

Al cruzar la calle se encontró con Lucía, hermana de Margara. Lucía era una señora que solía ir a la iglesia todos los días y hablaba en lenguas extrañas. Siempre vestía de negro y usaba un velo sobre sus ojos. Cuando alguien se trepaba en el árbol de quenepas del patio de su casa, ella se ponía colérica y tiraba piedras sin atinar. Como le hendió la cabeza a unos cuantos “inocentes”, la gente sabida la tildaron de loca. Baltasar le dijo a Lucía:

— ¡Me alegro que sacaron a ese cantante tan malo! —

Lucía, bien altanera, lo miró por encima de los hombros, arqueando los labios y dilatando las narices, le respondió:

–el mismo clarín que empezó es el mismo que ahora suena.–

Y añadió en un largo pregón que sonaba como un merengue en francés:

— “bovále vicú, poito poto ven, basá basá basá”–o algo así por el estilo.

Baltasar siguió su marcha y llegó a la casa parroquial, y se encontró con Moisés, Clarence y Monchín, tres marginados del pueblo, que arrimados en la verja, disfrutaban de la música. Lrayosuego miró a donde estaban los cantores y vio a Enrique cantando frente a la cruz.

–“Enrique no es cantante, es imposible que cante tan bonito. Aquí hay una triquiñuela”– dijo Baltasar.

Embelesado y lleno de sospechas, en vez de gozar de la música y de la voz prodigiosa de Enrique, así como hacían los demás, decidió escrudiñar el asunto. Y escrudiñó tanto y tanto que empezó a ver visiones. Y vio que junto a Enrique había una luminosa figura de otro ser, un doble… otro cantante. Baltasar se le acercó a Moisés, un tipo que desde que avistó un ovni allá por la cambija, se quedó sin voz y solo podía murmullar. Y Baltasar le dijo a Moisés,

— ¡Mira que el que canta no es Enrique, sino el otro que está a su lado! —

Moisés, un poco disturbado, bien bajito le murmuró a Baltasar.

–Ve a donde el ojista que estás viendo doble.–

Y Baltasar lo corrigió y le dijo: –¿Te refieres al oculista?–

No,– dijo Moisés.

Y acercándose a Baltasar, en un carrasposo murmullo le dijo:

–Ve al ojista porque el oculista es para el culo.–

Baltasar no se curó de espanto y siguió buscando testimonio. Decidió preguntarle a Clarence, un tipo acomplejado y obsesionado con su enorme musculatura.

– Mira bien y verás que son dos los cantantes, algo así como si vieras doble– le dijo Baltasar.

Clarence se enrolló las mangas, se quitó los anteojos de culo de botella y le zumbó un burrunazo, que si Baltasar no se agacha, le hubiera arrancado la cabeza. Finalmente decidió que discurrir el asunto no valía la pena y que era mejor disfrutar de la música. Dejando atrás lo que lo había vislumbrado, su alma se deleitaba porque Enrique cantaba con dulzura y el debido espíritu. Cuando más tranquilo se encontraba, llegó Celestino, un conocido erudito a la violeta. Y con la misma conjetura, Celestino le dijo:

–¡Aquí hay un truco,veo a otro cantante al lado de Enrique, como si fuera una doble visión!–

Baltasar abrazaba la diversidad humana y era muy afable, pero cuando se transformaba en Rambo, la cosa era distinta. La presencia de Celestino fue causa suficiente para la transformación. Baltasar guardó silencio, cambió la postura y entonces Rambo intervino. Rambo no quiso comulgar con aquel pretensioso impostor y así le respondi:

–¡Enrique canta muy bonito, pero que haga ver visiones, eso es una exageración!–

Y con toda la mala intención del mundo, Rambo añadió:

–Ve y pregúntale a Clarence–

Rambo era un buscapleito, y antes de irse al palomar, notó que Monchín estaba más “emperifoyao” que Iris Chacón. Cuando le pasó por el lado, le pinchó una nalga y se fue huyendo rumbo a Sierra Brava. Monchín se quitó los tacos y salió pitando detrás de él. No lo pudo coger y a todo pulmón le gritó:

–¡Ojalá te parta un rayo por el medio, caripelao!–

Minutos más tarde, los rosarios se suspendieron, no por la amenaza de lluvia, sino por un sal pa’ fuera que formaron Clarence y Celestino. Camino a su palomar, Rambo empezó a desvariar y Margara desde su balcón lo miró y le señaló hacia el cielo. Rambo se detuvo en el medio de la calle y cuando miró hacia arriba, vio caer estrellas de todos colores y tamaños; eran el preludio de sus pesadillas. La lluvia se hizo más fuerte y Rambo, en éxtasis, parecía desafiar a la madre naturaleza, o tal vez algún destello de artillería pesada. Margara cogió la gata para que no se mojara, le puso tranca a la puerta y le dijo a Francesca:

–Ese está más tostao que la madre que lo parió. —

rayo en las manosRambo extendió sus brazos, irguió su cuerpo y miro al cielo. En un heróico sacrificio, recibió toda la descarga de aquel destello de luz. Se cumplió el deseo de Monchín. Rambo se fue morar al paraíso de los combatientes y Baltasar sobrevivió para contarme esta historia.

© Roberto López

Romance en Caño Hondo / Edwin Ferrer

El sonido de las gallaretas ensordeció a Juan Cholo mientras hacían el ritual del amor sobre las palmeras del caño. Ese día Carmelina sujetaba el saco de jueyes mientras él levantaba las nasas.
— ¡Trae el saco que cogí uno grande!— le pidió a su novia mientras le pisaba las bocas al juey agarrándolo por el casco.
— ¡Diantre! que aparato, las bocas son mías.—musitó la muchacha mientras abría el saco de jute.
— Lo que tú quieras melao,— contestó.cangrejo
En ese mismo momento los pájaros del mangle comenzaron a agredirse por aquella blanca gallareta. El cielo soleado se había transformado en una sombra de nubes inusualmente obscuras, presagiando la llegada de aquella primavera que se cubría con los cantos y los aderezos de las aves. La brisa de las mareas  con el cantar y el trinar debajo del dorado crepúsculo aceleró el ritmo del corazón de los jóvenes, siendo testigos de aquel éxtasis del Salimar. El último grito ensordeció al padre de Carmelina, que vivía en una choza en el caño. Tunda venía corriendo con un machete cortando malezas y bambúes hasta llegar al lugar.
—Mija. ¿Qué está sucediendo aquí, por qué gritas?—Preguntó preocupado.
—No fui yo fue esa blanca gallareta,— dijo señalando al ave.
— ¡Juan Cholo! —exclamo Tunda.
El negrito se quedo estático mirando dentro del saco hasta que habló y dijo.
—Se me escapó un juey palancú. Mire a ver si lo atrampilla en esa cueva; y soltando el saco se fue corriendo del susto.—

©07/14.2009 Edwin Ferrer