Don Siso / Josué Santiago de la Cruz

fantasmasTeníamos por costumbre pelear más de lo que jugábamos y por cualquier nimiedad, ya fuera por un mangó o por una canequita de maví, parecíamos perros y gatos. Pero aquella tarde nos unió el misterio y la fatalidad.

-Vamos a jugar a los fantasmas -, me dijo ella como el que se chupa una piragua y a mí que me gustaba el dulce, caí rendido a su deseo.

Oscurecía y no lográbamos que el juego nos excitara. Así que tomamos cada uno una sábana blanca y nos fuimos en busca de a quien asustar.

Nadie en Talas Viejas, al menos en el Rincón, donde vivíamos, nos tenía miedo.

-¡Váyanse a joder pal carajo!-, nos amonestó Juaní, cuando intentamos pararle las pocas greñas que le quedaban.

Igual nos pasó con Carlina, y Cecilia nos corrió con un palo.

Millán y Marcela se nos rieron en la cara y don Rafa nos mojó de arriba abajo con la manguera de regar las matas.

A Compay Tito no lo visitamos por respeto y a Maguiro por miedo a que nos repudiara la madre o nos metiera con el simiñoco, que era todavía más doloroso.

Derrotados, casi desistimos del juego por considerarlo aburrido, cuando a mi hermana, siempre curiosa y mala perdedora, se le ocurrió la genial idea de escondernos entre las amapolas del callejón que conectaba al Norte de Talas Viejas con la parte Sur, para asustar a un viejito que vivía por allí y todas las noches caminaba, con una latita en las manos, hasta la pluma pública que había a la entrada del callejón de doña Provi.

Esperamos un rato y cuando lo sentimos venir le dimos el susto de la vaca. Después arrancamos a correr más asustados que contentos por haber llevado el juego a sus últimas consecuencias.

Desconozco si a mi hermana aquello le causó el mismo efecto, pero aquella noche sentí que moría y al amanecer escuché a tía Cruz decirle a mi madre:

-Esta mañana encontraron a don Siso muerto en el callejón.-

© Josué Santiago de la Cruz

Saliche. Pinceladas de Mis Memorias / Edelmiro J. Rodríguez Sosa

Saliche era un hombre jovial de estatura mediana y tez blanca.  Se relacionaba con todo el mundo. Se podía decir que era un hombre de pueblo muy querido por todos en Salinas. Él era todo un personaje.  Nunca le oí pronunciar una palabra soez ni nunca lo vi enojado. Tenía un tono de voz bajo y hablaba pausadamente.

Pero Saliche era también el encargado de la Oficina del Servicio Selectivo en Salinas.  En esta oficina se tramitaba el reclutamiento de los nuevos soldados para el ejército de los Estados Unidos. Como parte del engranaje de reclutamiento, había una Junta Local compuesta por gente escogida por el aparato militar. Aunque uno no quisiera verlo así, detrás de ese personaje jovial estaba la figura temida del reclutador del servicio militar obligatorio.

Saliche solía caminar por el pueblo todos los días.  Cuando veía a un muchacho en edad  militar, en broma y en serio, lo ponía a temblar amenazándolo con llevárselo para el ejército.  Los jóvenes, en son de broma, cuando lo veían venir por la calle, se escondían como el que le huye al demonio, temiendo convertirse seguramente en carne de cañón, de una guerra en las que Estados Unidos llevaba las de perder.

Cuando los muchachos en edad militar formaban algarabías en algún lugar  del pueblo, los mayores, para espantarlos, les gritaban: “Escóndanse que por ahí viene Saliche.”

Cuando yo llegué a los 18 años, me inscribí en el Servicio Selectivo, como era obligación de acuerdo con la ley.

Desde ese momento, Saliche me quería enlistar en el ejército.  Sin embargo, como yo era estudiante, cualificaba para ser diferido. Estuve diferido hasta que terminé mis estudios en la Universidad de Puerto Rico en 1964.

Mundo sin guerraComo tantos otros jóvenes universitarios puertorriqueños y estadounidenses, yo objetaba la participación de Estados Unidos en la guerra de Vietnam y no quería participar en ella. Además de mis convicciones religiosas y pacifistas, consideraba que esa era una guerra interna entre dos facciones vietnamitas y Estados Unidos no tenía justificación moral alguna para intervenir.

Un año después de mi graduación, recibí la carta de inducción para presentarme a tomar los exámenes para entrar al servicio militar.  El tío Sam estaba reclamando a los jóvenes boricuas para enviarlos al teatro de guerra en Vietnam.

Fui citado al Edificio Rodríguez en San Juan para tomar los exámenes. Esta instalación había sido un hospital militar. Estaba a la entrada del Morro en San Juan. El ejército  utilizaba chóferes de carros públicos para transportar a los candidatos hasta ese lugar.  Ese día, Barna, nos llevó en su carro público hasta Fort Brooke, dejándonos a la merced del ejército en la entrada del Castillo El Morro.

Antes de tomar los exámenes escritos, me dije a mi mismo: “haz lo mejor que puedas en esos exámenes” y eso hice. Como yo, había un grupo de graduados de la universidad citados para ese día. Nos dieron los exámenes, tanto los escritos como el médico, separados de los demás candidatos. Cuando salí de los exámenes escritos un sargento me dijo que había sacado perfecto.

Paz en el MundoEl examen médico lo hacían en varias estaciones.  Como yo no quería entrar obligatoriamente al ejército, siempre que estaba en fila para tomarme la presión arterial aguantaba la respiración para que me saliera alta y así fue hasta la última estación.

El médico me dijo que mi presión alta era muy rara. Así que me acostó en una camilla y me dejó allí por unos interminables cinco minutos.  Yo seguí con mi estrategia.

Al cabo de los cinco minutos llegó el médico y me tomó la presión y salió alta.  Entonces me dijo: “respire por la boca.”  Luego de varias aspiraciones e inhalaciones me tomó la presión y ahí fue mi debacle.  La presión salió normal, al menos eso fue lo que me informó.

Cuando terminé de tomar los exámenes, un sargento regordete me dijo que yo era candidato para la Escuela de Oficiales.  Yo, siendo objetor, le conteste que yo era candidato para la cárcel porque para Vietnam yo no iba.

Me dieron un sándwich, un guineo y dos dólares para pagar el viaje de regreso a Salinas. Por cierto, yo me quedé en Caguas en donde ya residía con mi adorada esposa Nora.  Así que les economicé un dólar y cincuenta centavos.

Después de haber tomado los exámenes, continué las gestiones para que me defirieran del servicio militar.

Como resultado de todas esas gestiones me libré de tener que ir a Vietnam y fue Saliche el que se quedó con la carabina al hombro.

©Edelmiro J. Rodríguez Sosa