Sueño Yermo / Gloria Gayoso

 

 

Soñaba que soñaba con un mundo sin odios,

se aplanaba la arista,

se acicalaba la idea,

sueñocesaba la guerra, la lanza, el fusil, la reyerta.

Guardaba la metralla sus ruidos infernales,

transparentaba el aire sus neblinas inquietas,

el agua se blanqueaba los muslos

a la vera del océano.

Las manos de los hombres enlazaban amores,

crecían en caricias de purezas angélicas.

Soñaba que soñaba

pero el sueño no llega…

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© Gloria Gayoso

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Foto: Nuevas imágenes de la gestación de un bebé, #8 / 20minutos.es

Abelardo y el primer billar de Salinas / Dante A. Rodríguez Sosa

La estampa En el Billar de Abelardo de Edwin Ferrer provocó gratos recuerdos sobre Abelardo que recrean la historia del juego de billar en Salinas.  Mi abuelo se llamaba José Isabel Sosa Medina y nació en Isabela. Allí tuvo una finca en el Sector Las Marías del Barrio Bajuras, donde hoy ubica una urbanización y desde la cual se divisa el complejo hotelero “HAU” en la orilla del mar, que también eran parte de la propiedad.  Edelmiro mi hermano visitó el lugar antes de que se urbanizara en compañía de Doña Tila, nuestra madre. Mirando aquel paisaje, ella le indicó esos datos y le identificó los árboles de mangó cubano que había sembrado mi abuelo en la finca, cuya semilla llevó desde Salinas.

Don Bello, que así le decían, apelando al nombre y también, según mi mamá, a la belleza de su pelo color oro, era un comerciante extraordinario, de los que se decían quincalleros; una mini tienda por departamentos ambulante. Le encantaban los pleitos, según me relato el doctor Juan Primitivo Cardona,  por décadas el único médico con consultorio privado en el pueblo.  Abillardemás era un aventurero. Vivió en todos los pueblos de Puerto Rico y por eso a mi madre le encantaba hablar de las curiosidades de los pueblos y en particular de los nombres de cada pueblo. Se embarcó para Nueva York con mi mama varias veces, allá para los años de 1920, cuando muy poquitos puertorriqueños se atrevían a viajar por mar durante dos semanas corridas, que era la duración del viaje en el vapor Coamo o Carolina, entre otros. El caso es que además le encantaban las cosas prohibidas, tal como el alcohol en la época de la prohibición, y sobre todo los juegos de azar, tales como barajas, topos, cartas y cuanto Dios creó. Intentó montar en Puerto Rico una fábrica de cerveza con una fórmula de ese producto que consiguió en el clandestinaje en New York. Trajo, no sé si a Puerto Rico, pero por lo menos a Salinas, el primer billar.

El caso es que esa primera mesa de jugar billar se instaló en el local que ocupó posteriormente la última carnicería que hubo en Salinas, en la calle San Miguel, frente a la esquina de la Joyería Ruiz.  El local, entonces propiedad de mi abuelo, era una prolongación del edificio La Llave de Oro, edificio que construyó Bello en 1923.

El coime de ese primer billar en Salinas fue un jovenzuelo llamado Abelardo, luego Don Abelardo.  Este joven llegó a ser la mano derecha de abuelo, una especie de Sancho que sabía la vida y milagro de su Quijote. Así se inicio Abelardo como manejador de billares. Conocía a mi mamá y la quería muchísimo. Siempre fue una sorpresa cómo es que nos reconocía a todos los hermanos y siempre nos hablaba de sus correrías con abuelo por los campos de Salinas, en un coche tirado por caballos que iba cargando las más diversas mercaderías.

La pasión por los billares, ganada en su juventud junto a mi abuelo no tuvo nunca fin. Nadie que diga llamarse salinense y viviera en los años del Billar de Abelardo, puede desconocer de esa pueblerina estampa, pero vale indicar la génesis de ese icono: el Billar de Bello, muchísimo antes de que el tiempo se encargara de llamar a su descendiente el Billar de Abelardo.

© Dante A. Rodríguez Sosa, 2009.