El relevo / Edwin Ferrer

corredoresComenzó su relevo jugando marro en las frígidas paredes de la logia frente a su casa decorada en su interior por pelotas, guantes y bates en todas las paredes de la sala.

—¡A que no me ponchas!— Decía Walton a Jorge Bisbal mientras apretaba el palo de escoba para batear la charpita.

—No. mejor vamos a echar un relevo—Dijo su amigo dándose por vencido y no poder poncharlo.

Fueron sus primeros pasos donde aprendió que la vida en aquel pequeño pueblo era un relevo que tendría que dominar para elevarse y aprender a volar. Fue gran pelotero, pero su destino estaba en sus piernas y corretear por la vida. Un día, en una triangular de pista y campo del área Sur, le tocó la curva en el evento de 4 x100 metros frente a Deograsia Baerga.   Al momento que Deo le entregó el batón, corrió más rápido que ligero, riéndose por las algarabías de los espectadores. Se lo pasó a Gustavo Toro y ese día ganaron el gran evento para darle una jubilosa victoria a Salinas.

Antes de graduarse de cuarto año fue llamado para pelear en la guerra de Vietnam. Fue unos de los relevos más importantes de su vida, porque arriesgaba la suya para ayudar a sus hermanos combatientes fuera de su patria.  Corría y corría por las malezas, esquivando las balas con su mochila de médico bajo aquellas nubes amarillentas de agente naranja.  Sólo pensaba en su patria, en sus amigos y en su hogar, echando frases al viento para desvestir la aurora y regresar a su pueblo con su pensamiento.

— ¡Viva Puerto Rico!— ¡Viva Salinas!— Gritaba desesperado el grito de los que verdaderamente aman a su patria cuando están lejos y cerca del peligro bélico. Su sonrisa se había apagado en aquella desastrosa jungla hasta que se licenció, para entonces poco a poco empezar de nuevo a reconquistar a su pueblo y alegrarse de nuevo.  Su sonrisa fue brillando más y más al encontrase con sus hermanas, primos y amigos.  Sin halagarse nunca, muchos no comprendieron que le dio gloria a su pueblo por haber puesto su vida en peligro para salvar la de otros.

Corretear con sus amistades, jugar dominó en el cafetín de Domitila, hablar de béisbol en el Figi, Figi, sentarse en la plaza del mercado a conversar con sus hermanos era su himno.  Sólo aquella nube maldita de aquel agente naranja pudo alcanzarlo en su relevo, pero su sonrisa fue la que ganó el evento.

©Edwin Ferrer 07/01/2009