Crustaceus Salinensis : retomando el tema / Dante A. Rodríguez Sosa

Me resulta imperativo darle basamento y profundidad a la leyenda que de modo muy curioso recrea Félix M. Ortiz Vizcarrondo bajo el título Crustaceus Salinensis. La época en que advine al conocimiento del caso que nos presenta fue aquella en que no existía la televisión. La pasión era el Cine con sus películas de vaquero, Charles Starret, Tim Mackoy, Bill Elliot, Roy Rogers y otros de igual o más reconocimiento. También de las películas de misterio como Frankestein y El Lobo Humano. Otras eran fantasiosas como King Kong y los Episodios de Flash Gordon y Superman. Fue una época de mucho diálogo y continúa comunicación entre todos los habitantes de Salinas.

Considero que el impacto del entorno cultural de entonces motivo mucho la creación de cuentos y leyendas populares por parte de personas muy inteligentes y con gran sentido del humor. Yo oía esas cosas y se las contaba a mi madre con gran sentido de credibilidad. La decepción no se hacía de esperar: ”Dante no seas pendejo, no estés creyendo todo lo que te dicen” Yo le argumentaba sobre la autoridad de la voz que me había hecho el relato y según pronunciaba su nombre, ella me ripostaba.
Mamy Fulano.
–Ese es un hijoelagranputa.
Mamy Sutano.
–Ese es un embustero.
Mamy Mengano.
–Ese es más embustero todavía.
Yo seguía y ella también.
–Ese es un soñador, a ese le patina el coco, ese es un coje bobos, es un cuentista…

Así nacieron muchas leyendas en el Salinas de aquella época, producto de la inventiva y de la imaginación. Claro animado por la gran credibilidad que le daba la gente a todos estos relatos pues no todos tuvieron a una Dona Tila a su lado. Tanta credibilidad se le dio a estos relatos que conocí personas muy serias que juraban haber participado en el Festín del Juey acuñado en Sierra Brava.

En este sentido creativo se distinguió la Barriada Vieja, así llamada para distinguirla del Modesto Cintrón. Contó entre sus máximos exponentes con Julin Jiménez, Don Vicente Rodríguez y Carlos Ortiz, a este último se le atribuye la creación de la fantasía del gigantesco Juey y por eso siempre escuché aludir al crustáceo como El Juey de Carlos. Estos personajes eran muy bromistas. Una broma muy constante era dar la noticia del fallecimiento a alguien con gran afecto por el muerto pero siendo falso el hecho de la muerte. Fueron incontables las ocasiones de los lloriqueos, gritos, remisión de coronas de flores a las casas, muchas de ellas para ser recibidas por el propio supuesto fallecido y otras cosas así. Eran bromas pesaditas pero nada ocurrió, salvo el mancillado prestigio de los actores muy bien catalogados por personas como mi madre que se las sabía todas.

No puedo dejar de mencionar que en la Ciudad Perdida Rafa Rodríguez, de Borinquen, era un relator de cuentos productos de su imaginación a quien nosotros escuchábamos por horas muertas contar historias verdaderamente inverosímiles pero que cautivaron nuestra imaginación de niños. La leyenda del Juey continua y créanme con todo y lo que he dicho a veces tengo dudas de que no haya sido cierto lo relatado. Solo el recuerdo de la mirada y la voz de mi madre, me espanta esa descabellada idea. Felicito Félix por traer a la memoria ese “hecho histórico”….????…?????

Dante A. Rodríguez Sosa

El crustáceo y la locomotora núm. 8 o el Jueyicidio / Félix Ortiz Vizcarrondo

Los crustáceos, en este caso los jueyes, abundan en las costas y algunos ríos del Golfo de México, el Mar Caribe y en la isla de Bermuda. Los pueblos costaneros del archipiélago puertorriqueño se han beneficiado de esa abundancia por las maravillosas leyes de la naturaleza. Debido a ellas, cada verano es la temporada de pescar jueyes en Salinas.  En el pasado ese era el tiempo de las afamadas corridas de jueyes.

Desde las islas cercanas a Tierra Firme los jueyes se unían entre sí formando una gran bola que era arrastrada por las corrientes marinas y las olas hasta las Antillas.  Una vez hacían contacto con las orillas antillanas se dispersaban y se internaban en el hábitat formado por manglares, humedales, poyales, cuevas de  jueyes vacías, cañaverales  y estuarios en las bocas de los ríos.

El arte de pescar jueyes requería un equipo que incluía un machete fino largo y puntiagudo llamado perrillo, una pala de corte, un saco y alguna trampa.   Además requería un jacho para alumbrar la oscuridad de las noches. Esa antorcha consistía de una botella con gas a la que se le insertaba un mechón de tela. Tampoco podía faltar la merienda para mitigar el hambre que producía la amanecida.

Los lugares donde más abundaban los jueyes y los sitios preferidos para ir en su caza eran:

El área que incluía Los Poleos, los terrenos junto a la Ceiba, los caños que nacían en  La Margarita, incluyendo la neverita, la boquita y la desembocadura del Río Abey.

La zona del Estero, Punta Arenas y Las Mareas

El Guay en Aguirre y la Zanja de Filio en San Felipe

La pesca nocturna de jueyes era todo un complicado proceso.  Por  lo regular, asistíamos al Teatro Monserrate la noche seleccionada para ir de pesca.  Luego de salir del cine nos vestíamos como si fuéramos  para un carnaval: camisa de manga larga, pantalón largo amarrado a los tobillos, tenis viejos o botas largas y gorra o sombrero.  Con esa vestimenta y el equipo de pesca comenzábamos la caminata a pies por  “La ruta jueyera.”  Usualmente la ruta incluía La Carmen, Playita, EL Estero, Punta Arena, Las Mareas y Aguirre. Ibamos con la esperanza de que la expedición rindiera bueno frutos, cosa que casi siempre era así.

La pesca de jueyes nocturna me trae a la memoria un anuncio de televisión.  Era sobre una marca de baterías.  En el anuncio aparecían dos personas intentando pescar jueyes.  Una de ellas usaba un flashlight para localizar los jueyes en la oscuridad de la noche. Al enfocar un juey, uno de decía al otro: “¡ciégalo Toño, ciégalo!” Claro, si la linterna no usaba la marca de baterías recomendada se desvanecía la luz y el juey escapaba.

En aquellos tiempos se pescaban jueyes grandes: los famosos palancú.  El caparazón de los Palancús llegaba a medir hasta seis pulgadas de diámetro.  Desgraciadamente hoy casi no existe ese tipo de juey  por la sobreexplotación de la pesca, la destrucción del hábitat, los herbicidas aplicados en los cañaverales y las trampas.  Todas esas razones evitan el desarrollo pleno de estos animales que tardan hasta 13 años en llegar a la adultez.  Solo quedan los recuerdos de antaño recogidos en el anecdotario salinense.

Precisamente hay  una famosa anécdota que es “vox populi.”  Iniciada en el siglo 20, ha pasado de generación en generación hasta formar parte del folclore salinense.  Pensando en su difusión por escrito se las narró a continuación.

En una barriada localizada junto a la vía del tren y los cañaverales estaban reunidos unos vecinos dialogando sobre sus aventuras durante las corridas de jueyes. Unos y otros narraban sus andanzas como pescadores de jueyes y no faltaba quien exageraba los hechos.

Carlos, uno de los presente, contó que una vez pescó un juey  tan y tan grande que para llevarlo a la casa tuvo que amarrarlo con una soga gruesa de 25 pies.  Para poder acomodarlo en el patio de la casa fue necesario romper  la verja.  Al rato de haber sido acomodado en el patio sonó el agudo silbido de la locomotora núm. 8 que se aproximaba a la cambija desde Los Poleos.  El crustáceo se asustó y logró soltarse.  En su huída invadió rieles de la vía y con su enorme palanca, reforzada con sus diez patas, inmovilizó al tren que venía arrastrando 15 vagones cargados de caña.  Sin embargo, debido al  incidente, el pobre crustáceo quedó maltrecho y lo sacrificaron.

Para cocinarlo lo hirvieron en la cambija, arca o tanque de metal donde se almacenaba agua para suplir a las locomotoras de vapor que utilizaba la Central Aguirre.

Se organizó una gran fiesta a la que fue invitada toda la comunidad. Para la celebración se  confeccionaron exquisitos platos que ahora serían la envidia del restaurante Manuel, el de los jueyes gordos.  Los asistentes pudieron saborear manjares como: asopao de jueyes, arroz con jueyes, salmorejo de jueyes. Además, tostones rellenos con carne de jueyes, así como croquetas, piononos y empanadillas de jueyes.   Todos esos platos fueron acompañados con guineos y viandas.

Para sacar la carne de las patas usaron un pequeño cilindro, de los que utilizan para compactar el pavimento de las carreteras y un marrón de veinte libras.

Después del festín las palancas las usaron como arados en los cañaverales y el casco se convirtió en la piscina de los chicos del vecindario.

No bien había terminado de hablar Carlos cuando otro vecino inquieto se apresuró a comentar que en una noche de pesca en Las Mareas, él y su hijo, capturaron jueyes hasta llenar dos lonas,  de las que acomodan 200 libras de abono.  Caminaron con las lonas a cuesta y cuando llegaron a la carretera núm. 3 las vaciaron para segregarlos en hembras y macho, sin que se escapara ninguno.

Estos relatos dejan algunas interrogantes en el tintero.

¿Qué suerte le deparó la vida al que se comió el primer juey?

¿Sería el enorme juey de la anécdota el primer dinosaurio dócil puertorriqueño?

¿Acaso el intento del crustáceo de descarrilar la Máquina núm. 8 fue una protesta laboral contra la Central Aguirre?

Tengo un amigo, del que no sé nada hace años, al que le decíamos cariñosamente “el crustáceo soñoliento.” Al leer este escrito se acordará de mí. ¡Tapo!, por si acaso.

©Félix Ortiz Vizcarrondo
Edición de SRS

Los pescadores de jueyes / Dante A. Rodríguez Sosa

Siempre hablo con orgullo de mi primo segundo, Roberto Serrant Santiago, hijo de mi tía abuela Carmen Santiago Ortiz, tía Carmín.  Siendo muy joven ingresó en la marina mercante de Estados Unidos y por más de treinta años estuvo viajando alrededor del mundo. Eso le permitió visitar todos los continentes infinidad de veces y conocer las ciudades más importantes del globo terráqueo. Da gusto sentarse a escucharle contar sus aventuras por los siete mares y era mucho mejor cuando el tiempo no se había adelantado tanto y podíamos permanecer días y noches en ánimo “escuchandi bebendi”.

A propósito de la anécdota que voy a narrar, recuerdo que mencionaba lo mucho que le alegraba saber que una persona no podía viajar o ni siquiera montarse en un barco por razón de que se mareaba o vomitaba. Decía: —!Qué bueno que se marea, tenemos demasiado de hijoeputas a bordo!— La frase pretende reflejar la eterna aspiración de los marinos, de pasarla bien en las travesías sin estorbos que puedan perturbar la calidad de vida de que se goza en esos navíos y la felicidad que la vida en el mar conlleva.

Para mi madre, igual que para Roberto, el mar tenía un significado muy especial. Creo que fue por los viajes que hizo siendo muy niña de Puerto Rico a New York. Los nombres del Vapor Coamo, Carolina y otros de aquella época le eran muy familiares y como es natural a tono con su afinidad con el mar, le encantaban todos los mariscos.

Recuerdo de niño cuando llegaban al Pueblo los pescadores de La Playa de Salinas vendiendo pescado fresquecito: arrayaos y boquicoloraos, salmonetes y meros. Ella los esperaba puntualmente. Para mí, el pregón rutinario de los pescadores era como una canción de cuna a mis tiernos oídos de niño: —¡Pescao, pescaaaoooo, fresco pescaaaaoooo!— Los traían en una especie de carretilla de madera con una tapa enteriza que al levantarla dejaba expuestas las delicadas delicias marinas, acariciadas por los vidriosos pedazos del hielo de bloque picado a punzonazos, que traía el truck del hielo todos los días a Salinas desde Guayama. Gracias a que no había neveras ni freezers el pescado era el del día, fresquecito, para su consumo inmediato, sin alternativas. Bueno, corrijo, podía venderse poco después, a precio de pescao abombao.

Vendedor pescao En esa época, el pescao se vendía sin escamar entre quince y veinticinco centavos la libra. Confeccionarlo era una tarea artesanal. A mami le gustaba comérselo, pero no le gustaba escamarlo. Por eso, siempre le exigía al pescador una rebaja de precio, ya que según le decía: —Me lo tienes que dar más barato porque ahora tengo que esperar que pase por la calle un buen pendejo y pagarle para que lo escame.— Siempre pasaba alguien de ese talante, imagínense, la calle de Cayey, la arteria principal del comercio y punto de encuentro y de ebullición de la gente del pueblo y del campo en Salinas.

Una vez lograba que lo escamaran, lo salaba y procedía a guindarlo al sol en el cordel de secar la ropa, que se extendía por el patio pasando sobre el soleadero. Ya para las doce, el pescado estaba completamente seco y listo para el ceremonial de tirarlo al sartén, que astillaba a dúo con la candela del fogón. La forma del fogón era como la de una especie de altar con cuatro hornillas, construido en ladrillos pegados con una amalgama de cemento. Tenía cuatro huecos para sacar las cenizas y la pared de la parte de atrás era en lata, que estaba toda renegrida. Mi madre me dijo una sola vez: —¡no te acerques a la candela que eso está caliente y quema! —Nunca me quemé porque sólo toqué el fogón cuando estaba frío.

Realizados los movimientos oportunos a la confección y llegado el momento del ritual de la mesa, no me olvido de esa primera vez: —Dante, esto es pescao frito, tiene espinas que hincan y te pueden ahogar, ten cuidado al comerlo.—

Con esa instrucción sencilla, me lanzó a mi primera comunión con arrayao a los seis o siete años y “¡qué mucho pescao se comía!” Aprendí de memoria la anatomía de los peces, a saber dónde está la carne y dónde están las espinas. Para mí desde entonces disfrutar de un buen pescao frito equivale a oficiar una misa conmemorativa de aquel día sagrado en que mi madre me dijo, parafraseándola:—Come, pero recuerda: tiene carne y tiene espinas.—

Nos encontrábamos en plena Segunda Guerra Mundial. Me acuerdo como si fuera ahora mismo. Los tanques, los troces llenos de soldados, los cañones, las sapas y los Jeeps era el espectáculo diario. Las sirenas en horas de la noche avisando un “blackout.” La escasez de arroz y de alimentos de primera necesidad era el tema diario de conversación. Era lo que yo oía. —¡Pronto llegará un barco con alimentos! ¡Pronto traerán arroz!— Mientras tanto, el rey de la mesa era el pescao y el arroz de Parcelas Vázquez. Cuando llegaba harina de trigo, entonces hacían pan en la panadería de Pepe Vélez, el tío de José Tomás Vázquez Vélez, apodado Bigball.  Yo tendría algunos cinco o seis años. Mi madre tranquilamente me decía: —Toma esos diez centavos y vete a la panadería y cómprame una libra de pan. Coge por esta calle hasta llegar al final y allí viras para este lado y sigues derecho, derecho hasta que veas mucha gente y ahí es. Haces la fila, das los chavos y esperas por la vuelta.—

La primera vez había casi un motín, la gente peleándose por ser primeros en la fila de despacho. Me las arreglé para defender mi turno y llegué a casa con el pan. Luego fue más fácil por la confianza ganada y la familiaridad con la ruta.

El gusto por los mariscos no era manifiesto sólo por el pescao. Para los años de 1950 y 1951 el tío Aníbal, que vivía en el Barrio Arenal, el de los Guapos, religiosamente en época de reboso de mar llegaba con un saco de caracoles que se conocen como bulgao: manjar desconocido para las nuevas generaciones, acondicionados a los “fast foods” quienes, tristemente engañados, creen que están saboreando una delicia. Esos caracoles se echaban a hervir en agua y luego se despegaban y preparaban con mucho aceitito, en ensalada. Para entonces desconocía eso de “gourmet” pero ciertamente le caía muy bien al plato la clasificación. Para ese tiempo ya nos habíamos mudado para el Caserío Francisco Modesto Cintrón, apartamento número 91.

Como era muy natural y por costumbre, cuando uno llegaba a los once o doce años, los padres concedían permisos limitados para realizar ciertas andanzas, pero terminantemente prohibían acciones como bañarse en lagos, canales o ríos, entrar a piezas de caña o alejarse demasiado del área del Pueblo. Así comenzaron los recorridos de exploración por el Río Nigua a pescar camarones y sagas, comer higos de una tuna que crecía silvestre en el cauce, cazar tórtolas, recoger pepinillos, cundeamores, tomatitos silvestres y otros productos para reforzar la despensa de la casa y de paso se balanceaba la dieta.

Siempre me fue imposible resistir la tentación de un chapuzón en la Poza del Húcar, la Poza de la Moca, la Poza de los Tubos, el Charco del Puente de la salida para Santa Isabel y la Poza del Campamento, entre otras muy famosas entre los muchachos de aquellos tiempos. Todavía mejor era bañarse en lugares como el Lago de Calolo, Lago de Magero, Lago de La Playa, Lago de Caribe, el Lago de Valé o en el Canal de Riego de Las Marías, la Bomba de La Margarita o del Peligro y en La Nevera. Ésta última era una charca que estaba en el mismo cauce de la Boquita del Rio Nigua. Había crecido allí una Ceiba milenaria y por debajo del propio tronco salía un agua cristalina de manantial completamente fría que se podía beber. No era una poza muy honda, pero era rico bañarse en ella y de paso coger unos buenos camarones. Invariablemente mi madre al yo llegar a tiempo, con sólo mirarme sabía de la transgresión y la reprimenda y castigo eran inevitables y contundentes.

¿Y qué tiene ésto que ver con los pescadores de jueyes?

Inexplicablemente, no fue sino hasta que pasamos a vivir a la calle Federico Degetau número 89, de la Ciudad Perdida, en la mismísima orilla del IMG_0148Malecón, que por primera vez tuve la oportunidad de entrar en contacto con mis siempre reverenciados crustáceos, los divinos jueyes. Ocurrió un día, a eso de las dos de la tarde. Los trajo Arcadio Rivera (Cayo), un chofer de guagua pública de la Lapa que tenía una relación amorosa con Iraida García del Real (Toña), una amiga de mi mamá que vivía con nosotros. De inmediato, ante la presencia de mi mamá, Toña, Edelmiro, mi hermano y yo informó: —Los tengo ahí, tienen más de dos semanas en corral y están bien gordos.— Me quedé en babia pues no sabía a qué se refería el dichoso comentario. Sí me di cuenta que se trataba de algo bueno por las caras de alegría y excitación que presentaron Toña y Mami, quienes casi al unísono gritaron: —¡Échalos pa ca! ¡Échalos pa ca!—

Seguidamente, Toña salió para la parte de atrás de la casa y se aprestó a preparar las tres piedras donde se cocinaba con leña en las ocasiones cuando no había dinero para comprar gas kerosene. Me llamó la atención porque ese día había gas. Mami salió disparada para la alacena y de allá me gritó: —“Dante, dile a Pepe (Melero) que me mande un pote de sal.”— Poco después entró Cayo, con un saco muy pesado según se veía porque casi no podía con el mismo. Lo dejó en el patio y volvió a su auto para regresar con un latón de aquellos en que se envasaba la manteca de puerco, que fue la que comimos hasta que se inventaron el cuento del aceite de maíz Mazzola.

El proceso fue muy sencillo. Prender la leña fue cuestión de encharcarla con un poco de gas y esperar que se avivara el fuego para seguir atizando. Se colocó el latón con agua en posición firme. Cuando el agua ya estaba hirviendo a borbotones empezó el sacrificio de los delicados animalitos. Un verdadero espectáculo eso de ir cogiéndolos uno a uno para sumergirlos en el agua hirviendo. Luego se le echó la sal, orégano, cebolla, recao y otros condimentos de lugar. Para la ocasión el periodo de espera pareció no tener fin, pues se acordó darle una hora como garantía de limpieza total. Olvidaba mencionar que en una olla aparte se pusieron a sancochar unos gajos de guineítos verdes conjuntamente con unas yautiítas. Mientras se le daba candela a los animalitos noté que sus cascos asumieron unos un color rosadito tirando a amarillo, otros eran color grisaceo y otros eran azulitos. Ese espectáculo de tanto colorido se me quedó grabado de manera imborrable y es verdaderamente emocionante dar “rewind” para revivir la ocasión.

Habiendo transcurrido el tiempo requerido, estuvieron de acuerdo en que ya deberían estar y se acordó hacer la prueba maestra que comprueba que el juey está listo para comer. Fue algo muy sencillo. Mi mamá fue al latón y extrajo varias patas de jueyes y las trajo hasta la mesa, lugar donde nos habíamos mantenido todos en vigilia anticipatoria de algo grande que estaba por ocurrir.

Por derecho de principiante, la primera patita me la dieron a mí con las debidas instrucciones. Pártela en tres. A la parte más grande, pícale con los dientes un pedacito de cada punta y luego chupa. Así fue que lo hice; al pie de la letra. Cuando chupé, extraje toda la carne de un sólo cantazo y el casco quedó vacío. Así lo anuncié a todos los presentes. Fue un momento de real euforia tal y como la llegada de un atleta triunfante a la meta que se desplaza hacia el lugar a reclamar su trofeo.

Así, como bólidos salieron Toña a apagar la candela, Mami con una olla vacía a sacar jueyes del latón y Cayo por su parte a botar el agua de la vianda para colocarla en un divino platón. Llegaron los jueyes, la vianda, el ajilimójili, cucharitas y tenedores y un juey en cada plato. La mesa se hizo chiquita. Edelmiro y yo continuamos con las patitas. Eso fue lo primero, por consejos de alguien del grupo. —“Hay que dejar que se enfríen un poco.”— Al ratito vi cuando Toña abrió el primero. Estaba amarillito. Cuando yo abrí el mío estaba verdoso y negruzco. Pregunté: —¿Y qué es lo que se come de esto?— La respuesta fue unánime: —cómete todo, menos los cascos.—

Cuando empecé a comer sentí un amargor y así lo hice saber. Como que no sentía el gusto bueno. Parece que mi mamá lo adivinó y me dijo: —Moja el guineo dentro del casco y después te lo comes y verás. Échale salsita con el platanito pintón. Sigue, sigue con las patitas.— Poco a poco se me fue pegando el sabor y a cada prueba el gusto era mejor.

Mientras tanto, todo en la mesa era un chupa que chupa. Eso era lo que yo oía, sumado a los macetazos que se daban sin piedad, directo a la mesa de construcción casera en tabla bruta, para romper las bocas y cuerpos. El latón de jueyes que yo hacía cuenta que era muchísimo resultó pequeño. Cayo alegó que no quería más, ya que una docena era suficiente, Edelmiro y yo nos comimos dos cada uno y el resto del latón se lo comieron entre Toña, una vecina de nombre Iris y mami. Ese primer holocausto de jueyes fue suficiente para quedar prendado de la exquisitez del delicado crustáceo.

Pasaron los años y mi hermano Edelmiro y yo desarrollamos una gran afición por la pesca de jueyes. De momento recuerdo dos experiencias que merecen mención. La primera trata de una expedición de pesca de jueyes que organizó Martin Porrata. Esa tarde, nos reunimos en la casa de Jova localizada en un callejoncito que cruzaba de la calle de Guayama hasta frente del negocio La Guagüita de Juilín Jiménez. Entre otros aspirantes a pescadores de jueyes estaban Martín Porrata, Felix Ortiz, Efrin Ramos, otros dos o tres que no recuerdo, y yo. Martín se pasó hablando desde la seis de la tarde hasta que oscureció del banquete que nos íbamos a dar con los muchos jueyes que habríamos de pescar y de la gran fiesta que se organizaría ese día.

Alrededor de las siete, Jova nos preparó unos tazones de café prieto pues la noche sería una muy larga y debíamos mantenernos despiertos y alertas y qué mejor para eso que un café negro bien cargado.

Es curioso recordar la parafernalia que conllevaba uniformarse de pescador de jueyes. Pantalón largo amarrado con hollejos de mata de plátano a la altura del tobillo para evitar los ciempiés y otros insectos rastreros, camisa de manga larga abrochada en el cuello para defensa del zancual pululante en el área, una gorra que llamaban “burra” que tapaba los oídos y el cuello, un machete amolao hasta el cabo que le decían “perrillo”, un saco de los que se usaban para envasar cien libras de arroz , unos “bueyes”, que eran unas botas de cuero indomable, que hicieron que miles y miles de puertorriqueños mutilaran su pies con los malditos callos que ocasionaban, y un jacho de gas kerosene para alumbrase el camino. Algunos usaban gabanes viejos utilizando los bolsillos para cargar jachos o mechones adicionales. Todos en la tropa estábamos vestidos a la usanza del estereotipo del jueyero.

Tan pronto oscureció, salimos por la Calle Guayama, directo hacia la Colonia Carmen en donde doblamos hacia el Barrio Playita. Atravesando por una pieza de caña, salimos bien arriba en ese barrio para enfilarnos hacia el caño. En cuestión de una hora ya estábamos en pleno territorio jueyero. Caminábamos en fila en los trillos y cuando el camino era ancho lo arropábamos de frente. Cada jueyero o aspirante a jueyero era responsable de mirar con minucia hacia su lado para no perder de detectar un ejemplar. No era noche de luna, la visibilidad era algo escasa y de ahí lo escurridizos que estaban los perseguidos animalitos.

Seguimos la peregrinación hasta llegar a la casa de Don Rejo, que era la única en todo ese sector y ni señas de juey alguno. Pareciera como si alguien misterioso, tal como ocurre hoy en los caseríos, les hubiera avisado que íbamos para el lugar a realizar una redada que los llevaría directo al cadalso. Según avanzaba la noche, la frustración crecía. Ni rastros de jueyes ni de jueyeros, sólo nuestra partida como almas en pena camino al Barrio las Mareas.

A alguien se le ocurrió afirmar que si no había jueyes en el Barrio Las Mareas era porque se habían movido hacia la Central Aguirre, al pasto de Montesoria o por la Hacienda Vieja. Sugirió cruzar por el Bosque de Aguirre y así lo hicimos. En cuestión de minutos nos encontramos perdidos, sin saber si íbamos hacia Aguirre, hacia el pueblo, hacia Las Mareas o hacia dónde carajo. Por el momento, la pesca de jueyes pasó a segundo plano y nos concentramos en rescatar la ruta o dirección. La verdad es que en ese momento nos dimos cuenta de que nadie sabía dónde estábamos ni que azimuto tomar. En un momento dado, llegamos a una quebrada y entonces tomamos la ruta del agua hacia el mar. Entre una cosa y otra habían pasado las horas.

Eran pasadas las doce de la noche, no habíamos pescado ni un solo juey y estábamos perdidos, pero esperanzados en llegar al mar. Una hora adicional nos encontró dando bandazos en la maleza, que no podía ser más espesa. Al final, salimos a un camino y para sorpresa de todos apareció la casa de Don Rejo. Habíamos estado caminando en círculos, por lo que estábamos en el mismo sitio.

Pasado el susto, reanudamos la pesca. Alguien gritó: —¡uuunnn Juuueeeeyyy!—Martín era el afortunado. Había encontrado el primer juey. —“De ahora en adelante es que van a empezar a salir de sus cuevas,”— dijo con aire optimista. Acercándose al grupo juey en mano, listo para echarlo al saco, lo mostró. Entonces Efrin gritó: —¡Ese es un juey barbú, esos no se comen.!— Félix Ortiz dijo: —“No lo suelten, que yo lo afeito y me lo como.”— Siguió la discusión y finalmente se incluyó en el saco como la primera captura.

Mientras tanto, el cansancio se empezó a apoderar de toda la tropa. La frustración crecía y al final se decretó el fracaso de la expedición, su terminación y el inicio del regreso al pueblo. Nunca jamás he sentido un cansancio más grande que el de aquella noche regresando al pueblo desde Las Mareas. Los caminos no tenían fin. Me pesaba la ropa, los pies eran como dos pedazos de plomo, me picaba todo el cuerpo, sentía una frialdad desconcertante pues estaba enchumbao. Realmente casi me estaba arrastrando. Los demás iban en condiciones similares. —“Una noche perdida y un solo juey y pelú, digo barbú— balbuceaba entre dientes, Martín” Y seguía —¿Qué le voy a decir a Jova mañana? Todos los planes se han ido al piso. La comelata de jueyes no va.”— Era una especie de Lamento Borincano pero asociado a los jueyes.

Cuando ya estaba a punto de desfallecer, Efrin indico con regocijo: —¡Estamos llegando, miren las luces del Garaje Lanausse!”— En efecto estábamos próximos al pueblo, sacando fuerzas, ya de madrugada llegamos a la calle de Guayama y ahí nos despedimos para cada cual dirigirse a sus casa y a meditar qué habría de inventar para minimizar los devastadores efecto de una fracasada noche de pesca de jueyes.

Caí rendido en la cama y desperté al otro día en la tarde. La primera noticia fue que me había venido a buscar Efrin para que fuera con él y los otros muchachos a una comelata de jueyes. No lo creí. Sin embargo, por si las moscas llegue hasta la casa de Jova y Elena. Cuál no fue mi sorpresa al encontrar un latón de jueyes hirviendo y guineítos y todo. Nunca había comido tantos jueyes y tan buenos.  Ello en parte porque sobraron algunos debido a que dos invitados a la comelata resultaron ser alérgicos a los jueyes ya qye su ingesta le provocaba piquiña en la garganta y le salían ronchas en todo el cuerpo.  Recordé entonces, en el correcto buen sentido, el cuento de mi primo segundo, el marino Roberto Serrant Santiago, cuando alegre decía:  —!Qué bueno que se marea, tenemos demasiado de hijoeputas a bordo!—

Acabado el banquete pregunté quien había conseguido los jueyes. Efrin, elegantemente contestó que los había pescado en la jueyera de mi hermano Edelmiro.

¿Cóoooooomoooooo? Al llegar a casa, mi hermano Edelmiro estaba rabiando porque le habían robado unos jueyes y él decía que había sido yo. Nunca se lo acepté. Han pasado cincuenta y cuatro años y el otro día cuando visité a Edelmiro en su oficina de abogado, volvió por enésima vez a reclamarme y a increparme, alegando que yo le robé esos jueyes.

Me defendí lo mejor que pude diciéndole que los de ese día no fui yo pero el día de las cuatro docenas que me lleve para Aibonito con mis primo Cachy y nuestro hermano Fui, en ese caso era verdad pero que me considerara como un enfermo, simplemente un adicto a los jueyes.

No le costó otro remedio que reírse. Son cosas de jueyeros y él siempre fue un buen jueyero, un pescador de jueyes de verdad. Yo, simplemente un adicto.

Noche de corrida de jueyes / Edelmiro J. Rodríguez Sosa

Era noche de corrida de jueyes.[1] Mayo, el mes de las flores, estaba llegando a su fin. Por la mañana cayó un buen aguacero y todo el día hizo sol. Señal de que por la noche muchos jueyes saldrían de sus cuevas .

La historia que les cuento sucedió una de esas noches maravillosas llena de estrellas. Noche de corrida de jueyes y de compartir entre amigos pescadores de este sabroso crustáceo.

A eso de las tres de la tarde comenzamos a preparar los mechones en el Patio Ortiz, en la casa de Mingo y María.  A la botella le echábamos gas kerosene y un poco de sal para que no explotara el combustible al encender la mecha de tela de algodón.  Desconocíamos que estábamos preparando lo que en otros lugares llaman un coctel Molotov y lo usan para otros propósitos.

Pancho, Ariel, Abraham, Pito y su hermano Pascasio, Edwin, el nieto de Tomás el barbero, y yo estábamos listos para salir pa’ Las Mareas.  Ese día Pancho, el mayor de todos, llevaba el ron pá calentarnos en la fría noche.  Cada uno llevaba al menos un saco de yute con la esperanza de llenarlo de jueyes.  Pascasio, el menor de los jueyeros,  lleva un saco pequeño.  Era la primera vez que salía a pescar jueyes. Su hermano Pito llevaba uno grande.

Partimos pa’ Las Mareas a eso de las seis de la tarde. El recorrido lo hicimos a pie como era la costumbre. No había dinero para pagar transportación. Llegamos una hora después y nos acomodamos a la vera de la carretera esperando que fueran las ocho de la noche para salir a pescar.

Éramos presa de los mosquitos que salen en enjambres al ponerse el sol y se esconden una hora después.  Tratábamos de espantarlos usando las manos como alas que revoloteaban en el aire y con el humo de cigarrillos,  pero todo era inútil. No nos quedaba más remedio que sufrir sus picadas estoicamente.  Los alados anófeles atacaban en hordas salvajes.

A las ocho de la noche caminamos hacia el pastito quemado donde seguramente habrían jueyes por montones.  Al llegar estaban a puerta de cueva y había que lanzarse sobre ellos tapándole la entrada de la guarida para poder atraparlos. Pascasio trató de coger uno con la mala suerte que lo mordió en un dedo.  Se sacó un grito que se oyó en el pueblo y los jueyes corrieron asustados a guarecerse en sus cuevas.  Ahí terminó su pesca por esa noche.

Pancho divisó un juey grande palancú parado sobre un tronco y se lanzó sobre él.  Por mala suerte el tronco cruzaba un hoyo que algún vecino había abierto para construir una letrina. Pancho cayó en el hoyo. Solo se veía su gorra de ala corta flotando en el agua.  Logró sacar la cabeza y gritó a todo pulmón: – sáquenme de aquí.-  Todos acudimos en su auxilio.  Más tarde en la noche, cuando le pedimos un poco de ron para calentarnos alegó que se le había perdido la caneca en el hoyo de la letrina.  El tufo que tenía demostraba lo contrario.

Entrada la noche el pasto se iba llenando de luces amarillas parpadeantes semejando cientos de Jachos Centenos.[2] Los jueyeros venían de Salinas y sus barrios, de Cayey, Aibonito y Guayama.

Ya a las once de la noche los jueyes habían abandonado sus cuevas y empezaba la corrida en grande.  Miles de jueyes paseaban recelosamente por el pastito quemado en busca de comida y de consorte para preservar la especie. Las jueyas se quedaban dormidas plácidamente sobre el agua, quizás refrescándose luego de pasar todo un día metidas en la cueva o tal vez, ese era el envite coqueto al juey macho para aparearse. Cosas de mujeres.

Ariel, que era un jueyero avezado,  y yo, que siempre lo acompañaba, nos separamos del grupo acercándonos a los mangles costeros. Como llovió por la mañana y el suelo era de poco drenaje, cosa que conocía Ariel,  los mangles estaban anegados y los jueyes trepaban por las raíces aéreas y los troncos.  Así que nos acercábamos a las raíces y a los troncos, las meneábamos y salían de cada mangle por lo menos diez jueyes.  Esa noche llenamos los sacos en menos de lo que canta un gallo.  Terminada la faena nos dispusimos a encontrarnos con nuestros amigos. Al vernos, los amigos se asombraron.  Ellos solo tenían medio saco.

Pascasio a penas tenía cinco jueyes en su saquito que habían cogido para él los muchachos. Ariel y yo se lo llenamos, pero el saquito no resistió y se rompió escapándosele todos los jueyes. Pascasio quedó desconsolado.  Abraham le prestó un saco y todos se lo llenamos.

Al final de la jornada todos teníamos los sacos llenos.  Ahora el problema era cargarlos hasta el pueblo.  Con los sacos en las espaldas iniciamos el camino de regreso. De pronto Edwin salió gritando, un juey le había mordido la espalda. Los demás, acostumbrados a esas picadas ya ni caso le hacíamos.

Con la luz del alba llegamos a la carretera al pie de La Jagua. Extenuados por la carga decidimos esperar la guagua[3] de Viña. Estábamos mojados y con los zapatos llenos de fango.  Viña, un hombre simpático, bonachón y amigo de todos, estaba preparado. Sabía que era temporada de jueyes y había colocado al lado de su asiento de chofer una pequeña jaula.

A los lejos divisamos la guagua.  No hubo necesidad de hacerle señales para que se detuviera él ya estaba pensando en el salmorejo de jueyes[4] que se comería. Se detuvo y nos aprestamos a subir, pero con la advertencia de que sacudiéramos el fango de los zapatos antes.  Al entrar, cada jueyero ponía tres jueyes en la jaula de Viña, esa era la tarifa para llegar al pueblo.

Al llegar al pueblo y bajarnos de la guagua entonamos nuestro grito de triunfo: llegaron los jueyeros, ya… ya…  Aquellos sacos repletos de jueyes nos convertía en envidiados pescadores poseedores de una exquisita riqueza culinaria.

Ahora nos tocaba echar los jueyes en nuestras respectivas jaulas y engordarlos. El maíz era el alimento favorito.  Los engordaba relativamente rápido y los ponía amarillitos por dentro.

Algunos jueyes los vendíamos a un dólar la docena y el resto los usábamos para consumo propio. Los hervíamos en agua con sal y  lo acompañábamos con guineos[5] verdes, yautías hervidas y una salsa confeccionada con ajo, salsa de tomate y aceite de oliva que llamábamos ajilimójili. Nos reuníamos todos y hacíamos un banquete.

Las noches de corridas de jueyes, con todas sus peripecias y anécdotas antes y después de la corrida, quedaron grabadas en mi mente como un agradable e indeleble recuerdo juvenil de mis vivencias en la comarca del Cacique Abey.

©Edelmiro J. Rodríguez Sosa

11 de noviembre de 2009


[1] Juey: Cangrejo que vive en cuevas escarbadas por él cerca de las costas.

[2] Ver Leyenda del Jacho Centeno en Encuentro al Sur.

[3] Autobús o bus, en el Caribe.

[4] Carne de jueyes en una salsa especial.

[5] Bananos, llamados guineos en Puerto Rico porque vinieron con los esclavos de la Guinea africana.