El Chivo / Edelmiro J. Rodríguez Sosa

18 mayo 2012

Era un hombre misterioso con una mirada penetrante parecida a la de un niño asombrado; y es que él era como un niño. De raza negra, alto, flaco y musculoso. Con su cabeza rapada se adelantó a la moda de los coquipelaos[1]. Le apodaban El Chivo. Su nombre subsumido en el apodo se perdió para siempre.

Vestía pantalón enrollado hasta la rodilla y camisa ancha con unos paños de colores vivos que cual bufanda le colgaban de su fuerte cuello. No usaba zapatos.

Vivía en El Arenal. Aquel barrio inmortalizado por la plena[2] de Manuel Jiménez, Canario: Yo no voy a Salinas, yo no voy a Salinas por no pasar por El Arenal. Y es que allí, además de El Chivo, habitaban los guapos, guapos del Arenal que le “tumbaban la cabeza” a cualquiera que iba a buscar jaleo al barrio.

En las noches de luna nueva, aprovechando la oscuridad, caminaba hasta la ceiba de Los Poleos, el árbol de los aguajes y apariciones, y allí a las doce de la noche, invocaba los espíritus de sus antepasados para que endurecieran su cráneo.

En las de luna llena caminaba desde su barrio por la vía del tren paralela a la carretera hasta el chucho. Se trepaba a lo más alto de la grúa y desde allí extendía sus manos hacia la reina de la noche pidiéndole protección durante las presentaciones del espectáculo.

Y es que nuestro personaje se ganaba la vida presentando un acto de alto riesgo. Tomaba una botella de cristal con su mano derecha y de un solo golpe la rompía contra su cabeza. Su testa era tan dura que no se le formaba ni un chichón ni botaba una gota de sangre.

Este espectáculo no se limitaba a su pueblo natal sino que se transportaba a otros pueblos de la isla para realizar su curiosa presentación. La gente se arremolinaba a su alrededor para ver su actuación y al final lo premiaban con un sonoro aplauso y unas cuanta monedas.

Cuentan que un día, mientras reparaba el techo de su humilde casa, dio un paso en falso y cayó de cabeza dando contra una roca. El impacto del golpe le causó una fractura múltiple en el cráneo que, irónicamente, culminó en su muerte.

 

©Edelmiro J. Rodríguez Sosa, 9 de febrero de 2012


[1]  Recorte de cabello a ras.

[2]  Ritmo musical autóctono de Puerto Rico.


Moncho el rey mago

30 diciembre 2011

No tiene camello, pero su pensamiento cabalga por los llanos del cañaveral. Tampoco tiene una estrella que lo guie, sólo los sentimientos puros de un corazón fuerte cuyos latidos sigue hasta la central azucarera.

El fuego pasó. La caña ahumada yace a la orilla de la zanja. Con sus botas de trabajo cubiertas de lodo y la cara tiznada por cenizas, cruza ante la mirada de los cortadores de caña que quedan perplejos… nada lo detiene. Ya está cerca.

Llega a la humilde choza parida de rendijas iluminadas. Sonrie, lleva un paquetito en sus envejecidas manos. En actitud reverente se quita el capacete y a los pies del pesebre le deja al niño sus besitos de chocolate. (Hersey Kisses)

©Marinín Torregrosa Sánchez, 29 de diciembre de 2011.


Don Goyo / Edelmiro J. Rodríguez Sosa

21 noviembre 2011

La primera vez que lo vi fue en la calle Barbosa esquina Muñoz Rivera frente a la tienda Valdelluly & Segarra. Era un hombre alto de tez cetrina, ojos negros inexpresivos y pelo blanco abundante. Su barba desgreñada y bigote, también blancos, a penas dejaban ver la boca. Cargaba sobre hombro izquierdo una mochila de tela, quizás confeccionada por él  mismo. En ella guardaba celosamente sus fracasos e ilusiones.

Como tantos otros vagabundos que llegaban a Salinas, nadie sabía su procedencia. Unos decían que era de Ponce, otros de Juana Díaz, otros de Villalba y otros de lugares tan distantes como Mayagüez. En fin mencionaban casi todos los pueblos de la isla.

A don Goyo se le tenía como a un loco más. Hablaba de un mundo incomprensible para los que al pasar por su lado lo escuchaban.

A veces me detenía ante él para ver si podía descifrar el contenido de su perorata. Entre unos pensamientos inconexos le oía hablar de temas agrícolas, sobre todo, de la importancia de cultivar la tierra para alimentar al puertorriqueño. Hablaba de que el agricultor puertorriqueño estaba abandonando el campo para irse a trabajar a las fábricas de la ciudad. De las grandes extensiones de tierra en barbecho. Habla de que él sería el agricultor que saciaría el hambre de los boricuas.

Un día comenzó a sembrar gandures a ambos lados de la carretera que conduce de Salinas a Guayama. Las semillas las sacaba de su mochila. Parecía como si dentro de la mochila se multiplicaran como se multiplicaba el aceite y la harina en Serepta.

Sembró gandures desde La Carmen hasta el Coquí. Por el día se le veía caminar carretera arriba y carretera abajo, sacando yerbajos aquí y allá para que los gandures crecieran saludablemente. Como un agricultor avezado, cuidaba amorosamente su finca.

Cuando las matas de gandures estaban listas para la  cosecha, don Goyo desapareció y nunca más se supo de él.

Muchos fueron los que cosecharon por largo tiempo el fruto de las matas de gandures de don Goyo. Por las mañanas se veían a lo  largo de la carretera padres y madres cosechando gandures para alimentar a sus familias.

Don Goyo en su sapiensa  que algunos llamaban locura, se fue a otros lares a dar el ejemplo de que vale la pena sembrar la tierra.

© Edelmiro J. Rodríguez Sosa

29 de septiembre de 2011.


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