
Ío / Rima Brusi
22 agosto 2011
Esto no es una estampa puertorriqueña, pero sí se trata de un fenómeno internacional, al menos a juzgar por su impacto en las redes sociales. Me refiero al caso de Ivonne, una vaquita bávara que se escapó de su granja. Al parecer fue perseguida intensamente, en una búsqueda inicialmente reforzada con la presencia de su becerro, su hermana y un “novio” potencial, y eventualmente convertida en una cacería y una sentencia de muerte.
Entran las redes sociales: Se arma una campaña en Facebook y otros sitios, la vaca se “roba el corazón del pueblo alemán y del mundo“, se levanta la sentencia de muerte, y un refugio de animales bávaro decide adoptar a Ivonne, plantándose al frente de la campaña, que ya no es cacería sino rescate.
Yo miro las fotos de la vaquita huyendo, y leo la historia de su huída, y no puedo evitar hacer algunas conexiones. Después de todo, es domingo, y estoy tomando café y tratando de evadir temas como la criminalidad o el huracán que viene. El caso es que leo la historia de Ivonne y, tal vez por su especie o tal vez por la inicial de su nombre, pienso en otra vaca, la mitológica Ío. Recuerdo los contornos generales de la historia clásica y los comparto acá: Ío era una joven sacerdotisa de Hera (Juno), la celosa esposa de Zeus (Júpiter). Zeus, que tenía lo que llaman “commitment issues”, decide enamorar a Io a espaldas de su mujer. Pero Hera no es boba, se da cuenta de la movida, y baja a investigar. Para proteger a Ío, Zeus la convierte en una vaquita blanca.
Hera aún sospecha, y pone a su sirviente Argos, el de los cien ojos, a cuidar a la vaca. Argos duerme con 50 ojos abiertos, de modo que la pobre Ío, que para empezar ni estaba particularmente interesada en Zeus, ha perdido ahora no sólo la forma humana, sino también la libertad. Alguien (creo que era Hermes (Mercurio)) emborracha a Argos, quien cierra por fin todos los ojos, y la vaca escapa.
(Por cierto, Hera se enoja mucho con Argos, lo tilda de ebrio irresponsable y para castigarlo, lo convierte en pavo y le pone los ojos en la cola, con lo que la historia explica no solamente el origen de la vaca sino también el del pavo real. )
Zás. La vaca está libre, pero Hera la odia más que nunca. La huída de Ío, como ahora la de Ivonnne, es épica. No recuerdo bien toda la historia, pero sí que fue perseguida, que cruzó valles y montañas, que al final logró cruzar el mar y llegar a Egipto donde (presumo que todavía con su forma de vaca) se convirtió en una deidad egipcia. Los egipcios, como los bávaros del refugio que adoptó a Ivonne, la adoptaron para sí y le hicieron un lugarcito en un panteón distinto y aparentemente menos hostil.
¿Por qué recibe Ivonne toda esa atención? No puedo sino pensar que los consumidores de noticias del mundo compartimos, por las razones que sean, una inclinación a favorecer la excepción. Después de todo, ¿cuántos de los que hoy protegen la vida de Ivonne no se comen, alegremente, a sus hermanos y hermanas todos los días? Ese excepcionalismo nuestro define lo que se convierte en material noticioso (la vaca que se escapa) y lo que no (las muchas más vacas que no escapan, y que nos comemos.)
Este excepcionalismo ocurre en muchas otras esferas. Pienso por ejemplo en la educación, tanto en Puerto Rico como en Estados Unidos y otras partes: Nos encantan las excepciones educativas, los casos extraordinarios y esperanzadores. Mantenemos millones de niños en una situación educativa que sólo puede describirse como inferior, incluso deprivada, pero a veces descubrimos una excepción (un estudiante que a pesar de todo logra salir adelante, tal vez convertirse en músico famoso, o neurocirujano), y a esa excepción la abrumamos con atención mediática, alabanzas, becas…Los otros millones de niños siguen destinados al matadero laboral y cultural que representa la combinación de una educación mediocre y una economía hostil. Pero no los vemos. O no los vemos igual. No seguimos sus tribulaciones con la misma emoción, con el mismo suspenso.
Y no hay nada malo, por sí sola, en la atención que se le destina a Ivonne, o al estudiante pobre y prodigioso. Pero sí habría que examinar los cómos y los porqués de la invisibilidad mediática y emocional de los muchos.
Nada. Que estaba tomando café, y evitando pensar en el huracán, o en los asesinatos, y me encontré con Ivonne-Ío. Feliz domingo.
Fuente: Parpadeando
Ganimedes / por David Arce
14 junio 2011
Zeus, dios del Olimpo y abundante en carnes, se desparramó en la perezosa y a un chasquido de sus dedos, el joven Ganimedes se acercó presuroso con una palangana de plaqué con agua tibia a la cual le había agregado trece cucharadas de sal y un tercio de vinagre. Zeus lo miró como a un simple mortal, metió sus rechonchos y abotagados pies dentro del líquido tibio y suspiró.
Luego de un rato adquirió una actitud pontifical, miró a los demás dioses temerosos y con gruesa voz empezó a retumbar en las paredes su solemne ilustración: –Ganimedes el más bello de los mortales, príncipe de la familia real de Troya y descendiente de Dárdano, fue raptado por Zeus, quien se enamoró apasionadamente de él y se convirtió en águila para llevarlo al Olimpo y allí convertirlo en copero de los dioses, donde vertía el néctar en la copa de Zeus. De nada le valieron las quejas del padre para recuperar a Ganimedes, ni siquiera aquellos dos hermosos caballos blancos que le envió con Hermes le aliviaron su pesar. Nada lo alegraba ni siquiera el espectáculo de aquellos equinos que parecían alados y que cuando corrían desarrollaban una velocidad tal que realmente podían correr sobre las aguas.
Zeus, el alumno más viejo de la Universidad, había formado su propio Olimpo, adueñándose de por vida del local de la Residencia Universitaria, encajándoles, a primera vista, nombres de dioses, a los nuevos alumnos que venían de las provincias más lejanas del país.
Europa silenciosa en un rincón, parecía embelesada con las palabras de Zeus, acariciaba el recuerdo de un toro blanco y guiñaba imperceptiblemente el ojo izquierdo a Talos, como si la gigante escultura de bronce la pudiera comprender. Con una mano sostenía la correa de Laelaps, su leal y furioso pitbull, que le había regalado su prima de la selva, y con la otra mano sostenía una jabalina que decían que nunca fallaba, porque la punta destilaba curare, también de la selva.
Calisto apartada en otro rincón, ocultaba bajo un velo el duelo por su hijo Arcas, a quien la misma Tetis le reconvino nunca nadar en el mar, aunque los demás dioses del Olimpo decían que el velo le servía para ocultar las marcas de viruela de su rostro.
Ío, detrás del trono de Zeus, recordando a Argos Panoptes, el gigante de los cien ojos, al tábano que la picaba sin cesar, y sus huídas a Egipto; sin temblar levantó el brazo con la címbara, miró las paredes del Olimpo, los retratos de Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao, en su respectivo orden, luego la hoz y el martillo amarillos entrecruzados, y por último, la enorme bandera roja. Cerró los ojos y no hubo ningún alboroto, solamente el roce de las ropas de los dioses reconvertidos en humanos, el rumor de los pasos, el murmullo de sus voces, y el limpiar silencioso de la humedad de las paredes más rojas.
Ganimedes alzó la voz y con cierta ternura dijo: —crearemos un nuevo orden social, hemos empezado la lucha armada matando a Zeus porque ya se había convertido en un eterno burgués.
—Y en el más ruin violador—, replicaron al unísono los demás dioses del Olimpo, mientras seguían limpiando las paredes rojas.
© David Arce
Escrito por Sergio A. Rodríguez Sosa 



