Una canción de Dios / José Manuel Solá

14 abril 2012

Una canción que viaje el universo entero, que me de alas de pájaro o de ángel. Una canción que nazca en el azul de mi garganta desde lo más profundo de mi espíritu, que sacuda los astros, que se alargue en mis manos y la recoja Dios entre las suyas. Yo quiero dar mi corazón, pero de tal manera que todos los que lloran en el mundo lo sientan oración, lo sientan grito, lo sientan como un himno de alabanza, que sientan que este, mi pobre corazón, es un hosanna por todos mis hermanos de la tierra y que mi corazón sea su canto. Quiero cantar una canción que sea bandera de todos, esperanza de todos. Bendita sea la vida. Esta noche, si encuentro esa oración, la cantaré con tanta fuerza que se escuche hasta el más débil latido pero con tal fuerza que llegue hasta las manos de los hombres que inician las guerras, tan fuerte que haga estallar los tanques, los misiles, en las fábricas del terror, una canción que haga que las páginas de los libros de poesía se abran en las manos de los hombres, que haga caer la lluvia en los secanos, que haga florecer las espigas del trigo, que cicatrice y sane las heridas de los que conocieron el espanto de los bombardeos y las minas, una canción que viole las fronteras alambradas que impiden el abrazo de los niños, que impiden el amor y la inocencia… Una canción que convoque a la marcha de los zapatos gastados de los humildes que construyen la paz día tras día y no se cansan… Y yo quiero que todos la cantemos aunque nos cueste la vida. Ese es nuestro deber, nuestra alegría…

 ©José Manuel Solá, viernes 13 de abril de 2012


De interpretar y ser interpretado

24 marzo 2012

Por José Manuel Solá

Puedo estar seguro de las cosas que escribo o digo pero no tengo control de la interpretación que se pueda dar a mis palabras, de lo que se quiera inferir de las mismas. En eso influye mucho lo que se mueve en el espíritu del interlocutor, sus experiencias previas, sus prejuicios, la percepción que se pueda tener de mis intenciones. Dije que sobre eso yo no tengo control alguno y digo que ni siquiera debo intentar enderezar lo que otros tuerzan o enreden porque, ¿cómo convencer a otros de que están equivocados cuando ya están convencidos, seguros, anclados, en su juicio? En ese caso prefiero callar y esperar-esperanzado a que el tiempo ponga las cosas en su justa perspectiva y que cada uno asuma la responsabilidad de rectificar. No puedo –ni debo- hacer más. Hay gente muy buena que ocasionalmente y probablemente sin comprenderlo cometen injusticias. Yo no los juzgo. Les concedo el beneficio de la duda y dejo todo en las manos del tiempo.

He compartido décadas, días o apenas horas con otras personas. Por ello afirman: “…es que yo lo conozco…” Realmente, nadie conoce a nadie. Para “conocer” a otra persona habría que caminar muchos lugares, toda una vida, en sus mocasines, capear las mismas tormentas, tropezar en las mismas piedras, padecer sus mismas heridas, cruzar muchos desiertos y hasta conocer el sabor del agua que ha bebido. Sólo Dios conoce al hombre. Y no somos dioses.

El peor traductor o intérprete es el ego. El ego puede nublar la razón, el entendimiento, el juicio. El ego genera fantasmas enemigos, nos puede hacer creer que somos atacados abierta o solapadamente. El ego ve conspiraciones aún donde se ha sembrado una flor, donde se ha tendido una mano. El ego puede convertir en megalomaníaco al más noble de los espíritus. Si, el ego es muy mal consejero, intérprete, traductor. Y a ese YO no hay luz, relámpago, resplandor o palabra, que le aclare el sentido de las cosas pues hasta en la caída de un pétalo ve una pedrada en su contra. Por ello, creo, es mejor callar, mantenerse al margen del camino para que cada cual prosiga su andar –por el camino que sea- sin obstáculos, reales o imaginarios. Siempre cabe la posibilidad, la esperanza, de que al final el cansancio obligue al ego a descansar y le permita mayor claridad. Si ello no llega a suceder es lamentable, pero entonces no hay nada que hacer excepto soltar y dejar ir.

Cuando una persona comienza a sentirse grande, deja de crecer. El día en que crea que soy único, imprescindible, insustituible, me perderé en mí mismo, en el engañoso YO, que, como dije antes, tan mal traductor puede ser. “Bienaventurados los pobres de espíritu…”

Bendigo el agua que calma mi sed aunque yo no he intentado nunca explicar sus propiedades. El agua es buena porque es agua. Hasta ahí llega mi entendimiento de las cosas.

© José Manuel Solá


Era a las 9:00 de la noche, por WVJP, Radio Caguas / José Manuel Solá

17 marzo 2012

Hace un par de minutos escuchaba (adivinaron, en YouTube) Meditación, de Thais, interpretada por un tal Nathan Milstein. Por supuesto, evoqué otros tiempos.

Era la década de los años 1950 y a las 9:00 de la noche un locutor-declamador, llamado Ramón Vizcarrondo, recitaba poemas de corte popular por la emisora WVJP, Radio Caguas, siempre con el mismo trasfondo musical: Meditation, de Massenet.

Diría que yo tenía más de seis años de edad, pero menos de diez. Y mi mamá, que sabía que me gustaba aquel programa, lo sintonizaba religiosamente y que nadie osara cambiar de emisora: esa hora era propiedad mía. Algo de aquello quedó en mí.

Y, claro, evoco muchas cosas: la ventana de madera totalmente abierta, las montañas que separaban a Caguas de San Lorenzo, la luna grandota, allá arriba… La ventana era el marco perfecto para aquel paisaje nocturno mientras la pequeña sala de aquel hogar donde, gracias a Dios, abundaba la pobreza que nunca nos faltó, se convertía en un templo para la poesía. Tanto era así que un día hasta llegué a creerme poeta…

José Manuel Solá


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