Una canción que viaje el universo entero, que me de alas de pájaro o de ángel. Una canción que nazca en el azul de mi garganta desde lo más profundo de mi espíritu, que sacuda los astros, que se alargue en mis manos y la recoja Dios entre las suyas. Yo quiero dar mi corazón, pero de tal manera que todos los que lloran en el mundo lo sientan oración, lo sientan grito, lo sientan como un himno de alabanza, que sientan que este, mi pobre corazón, es un hosanna por todos mis hermanos de la tierra y que mi corazón sea su canto. Quiero cantar una canción que sea bandera de todos, esperanza de todos. Bendita sea la vida. Esta noche, si encuentro esa oración, la cantaré con tanta fuerza que se escuche hasta el más débil latido pero con tal fuerza que llegue hasta las manos de los hombres que inician las guerras, tan fuerte que haga estallar los tanques, los misiles, en las fábricas del terror, una canción que haga que las páginas de los libros de poesía se abran en las manos de los hombres, que haga caer la lluvia en los secanos, que haga florecer las espigas del trigo, que cicatrice y sane las heridas de los que conocieron el espanto de los bombardeos y las minas, una canción que viole las fronteras alambradas que impiden el abrazo de los niños, que impiden el amor y la inocencia… Una canción que convoque a la marcha de los zapatos gastados de los humildes que construyen la paz día tras día y no se cansan… Y yo quiero que todos la cantemos aunque nos cueste la vida. Ese es nuestro deber, nuestra alegría…
©José Manuel Solá, viernes 13 de abril de 2012
Escrito por Sergio A. Rodríguez Sosa
Puedo estar seguro de las cosas que escribo o digo pero no tengo control de la interpretación que se pueda dar a mis palabras, de lo que se quiera inferir de las mismas. En eso influye mucho lo que se mueve en el espíritu del interlocutor, sus experiencias previas, sus prejuicios, la percepción que se pueda tener de mis intenciones. Dije que sobre eso yo no tengo control alguno y digo que ni siquiera debo intentar enderezar lo que otros tuerzan o enreden porque, ¿cómo convencer a otros de que están equivocados cuando ya están convencidos, seguros, anclados, en su juicio? En ese caso prefiero callar y esperar-esperanzado a que el tiempo ponga las cosas en su justa perspectiva y que cada uno asuma la responsabilidad de rectificar. No puedo –ni debo- hacer más. Hay gente muy buena que ocasionalmente y probablemente sin comprenderlo cometen injusticias. Yo no los juzgo. Les concedo el beneficio de la duda y dejo todo en las manos del tiempo.



