El secreto / María del Carmen Guzmán

Estampas

        A  Galdy (por desconocer su verdadero nombre)

 

Vivía con sus dos hermanos y un sobrino en  el este de la calle 153 del  Sur del  Bronx.  Rodeado de otros boricuas quienes compartían con el  las mismas inquietudes y el mismo sueño: regresar a la patria añorada cuando tuvieran dinero suficiente. Pero las circunstancias económicas desvanecían el anhelado sueño.

Su madre los crió y educó con mucho sacrificio y esmero. Ahora ellos trabajaban para  aliviarle la carga y dividirse los gastos y quehaceres  del  pequeño departamento como buenos hermanos.

Durante el verano se divertían  jugando al dominó y “tirándose unas cuantas frías,” junto a otros hispanos.  Esperaban los fines de semana con mucho entusiasmo; ubicaban sillas y mesas frente al vetusto edificio donde residían o frente a la “bodega” de la esquina y allí pasaban largas horas de confraternización. Convertían aquella calle “neoyorquina”  en un rincón criollo para recrear los días de verano en el barrio de su pueblo.  Como por arte de magia aparecían congas, maracas, guitarras, güiros y músicos para animar el jolgorio.  Lo cierto es que al caer la noche montaban su “gran combo”.

Durante el invierno, cuando el frio impedía la diversión al aire libre, convertían el pequeño departamento en salón de baile. Sacaban de la pequeña sala todo lo que impidiera brincar al son de la música favorita, dejando sólo el “componente” de discos de larga duración.  Siempre terminaban las fiestas en la cocina donde se preparaban sabrosos y apetitosos platos al gusto salinense. 

Un día llegó ella y se unió a la comunidad de fiesteros.

Su hermano comenzó a enamorarla y él, cumpliendo con el mandato de su madre de respetar a sus hermanos mayores la miraba de lejos, no sin antes advertirle a su hermano:

—Si es un juego, mejor déjala.

— ¡Estas celoso!  ¿Por qué no la enamoras tú?

—Porque  prefiero ser su amigo a perderla por completo.

— “Canto e’ zángano,”  volvió a burlarse su hermano.

Salió del departamento tirando la puerta tras de sí.

Sin previo aviso ella dejó de visitarlos.

Un día, sus hermanos  le contaron que ella había sido víctima de un asaltante que la siguió desde su casa cuando se dirigía a hacer las compras.

— ¿Quién sería el atrevido? Refunfuñó enfurecido.

Esa noche fue a verla, se paró frente a la ventana  y gritó su nombre desde la calle, pero ella no respondió a su llamado.

Tenía ganas de emborracharse y pelear, que alguien pagara la injuria. Permaneció frente a la bodega hasta muy entrada la madrugada cuando ya todos los presentes pasaban de borrachos.

Entre ellos había un tipo de “mala muerte” que decidió no acatar las normas de conducta y decencia cuando desató su instinto animal, bajó la cremallera de su pantalón, exhibió su emblema de “macho,” y se orinó delante de todos

—No seas grosero, ¿acaso no ves que hay damas aquí? Le increpó.

— ¿Dónde están? contestó el individuo riendo a carcajadas.

Se abalanzó sobre el individuo y volcó toda la ira y frustración que sentía, propinándole tremenda paliza.

El individuo se marchó pero regresó armado.  Le apuntó, apretó el gatillo una y otra vez hasta verlo tirado sobre la acera.

Cuando fueron a buscarla, sólo quedaba el olor a pólvora, la triste manifestación de un secreto y la falta de sentido de aquella muerte.

©María del Carmen Guzmán

 

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2 pensamientos en “El secreto / María del Carmen Guzmán

  1. Muy bueno, María del Carmen, ignoro si ha sido cierta la anécdota pero me atrapó la forma en que has contado este desdichado acontecimiento, donde los instintos de uno y el buen ser de otro se entremezclan.
    Cariños.

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