Lo que no se atrevió a contar Washington Irving / José Pepe Quesada

Se llamaban Zaida, Zoraida y Zorahaida, y  este era su orden de edad, pues hubo precisamente tres minutos de diferencia al   nacer.

Leyenda de las tres hermosas princesas

Cuentos de La Alambra. W.Irving.

  

          Un día adoptó el Diablo la forma de una avispa y se coló en la sala donde tomaban su baño las tres hijas del rey Zurdo. Amparado en el murmullo de los caños sobrevoló sus cabezas, sin que el zumbido de sus alas lo delatara, hasta encontrar un lugar desde el cual espiar sus desnudeces. Introdujo su cuerpo diminuto en las estrías de un arabesco y esperó a que los velos resbalaran hasta el suelo para gozar de las sinuosas formas y de las turgencias encendidas de las tres princesas de La Alhambra.

          El Diablo, que atesoraba ya por entonces una andadura dilatada de enfermiza e incurable vigilancia carnal, pocas veces sentía el gorgoteo febril de su entrepierna, aburrido de pieles desnudas, hastiado de adivinar por dónde una gasa habría de descubrir la última sombra de una exhuberancia y cansado de prejuzgar los milimétricos filamentos que en la piel originan la llamada del tacto. Para él ya todo era previsible: la aureola carmesí de un pezón, el doble triángulo de una pelvis o hasta los lunares de una espalda o una nalga, le parecían accidentes repetidos de una geografía monótona y mil veces transitada. De manera que, mientras las muchachas friccionaban con desgana los recovecos de sus cuerpos, el Diablo abrevaba, distraído, de las salpicaduras de agua de los surtidores.

          Y en esas estaba el Diablo, refrescándose con el agua que el Darro suministra a la fortaleza, cuando entraron a chapotear con las princesas dos de sus sirvientas negras. Al Diablo se le nubló la vista, adivinando lo que el azar ponía antes sus ojos poliédricos de avispa, y mientras una descubría su desnudez de ébano y la otra se despojaba de sus velos, el Diablo notó una turgencia repentina alzándose de su abdomen. Cuando la más expeditiva de las negras puso sus manos sobre los pechos de la atolondrada Zorahaida y esta le entregó, con los ojos cerrados, los labios que el Diablo había supuesto vírgenes e intocables, del arco que lo disimulaba estalló una nube de polen y chiribitas de la que aún no se ha repuesto.

 

©Pepe Quesada

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Un pensamiento en “Lo que no se atrevió a contar Washington Irving / José Pepe Quesada

  1. Parece que el diablo, amigo Pepe, acostumbrado a las asexuales y desabridas experiencias de su pasado angelical, ahora no da abastos con esa otra realidad más interesante y diversa, más entretenida y gratificante, que a medida en que va adentrándose en ella, más diablo se vuelve. Muy bueno. El elemento lésbico entre mujeres de diferente cultura y pigmento me pareció diabólicamente erótico. JSC

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