Pierre Bourdieu y la dominación simbólica de los medios de comunicación

El 23 de enero se cumplió el aniversario de la muerte de Pierre Bourdieu, considerado uno de los grandes científicos sociales del siglo 20.  Bourdieu se autodenominaba seguidor de Karl Kraus  y como auténtico krausiano admiraba la independencia intelectual del pensador austriaco. A propósito de este recordatorio que aparece bajo la firma de Joaquín Rodríguez en el blog Los futuros del Libro reproducimos para uso educativo un escrito de Bourdieu titulado Manual del combatiente contra la dominación simbólica. Un texto del siglo pasado cuya pertinencia sigue intacta para juzgar la “violencia simbólica” que ejercen los medios de comunicación contra los pueblos.

ACTUALIDAD DE KARL KRAUS 

MANUAL DEL COMBATIENTE

CONTRA LA DOMINACIÓN SIMBÓLICA

Pierre BOURDIEU

 

Karl Kraus hizo algo bastante heroico que consiste en cuestionar el mismo mundo intelectual. Hay intelectuales que cuestionan el mundo, pero hay muy pocos intelectuales que cuestionen el mundo intelectual. Lo que se comprende si se considera que, paradójicamente, es más arriesgado porque es ahí donde se encuentran nuestros retos y los demás lo saben, y se apresurarán a recordarlo en la primera ocasión, volviendo contra nosotros nuestros propios instrumentos de objetivación. 

Además esto lleva a ponerse a actuar—como se ve en los happenings de Karl Kraus— y, por lo tanto a entrar personalmente en el juego. Teatralizar la propia acción, como hacía Karl Kraus, dramatizar el propio pensamiento, es algo completamente diferente de escribir un artículo erudito que enuncia in abstracto cosas abstractas. Aquello exige una forma de valentía psíquica, cierto exhibicionismo quizá, y también talento de actor y disposiciones que no están inscritas en los hábitos académicos. Pero también significa arriesgarse porque cuando uno se pone en juego hasta ese punto no sólo se compromete en el sentido banalmente sartriano del término, es decir, en el terreno de la política, de las ideas políticas, se compromete uno mismo, se entrega uno mismo en prenda, con toda su persona, sus propiedades personales y, en consecuencia, uno debe esperar choques de rechazo.

No se exponen conferencias, como en la universidad, uno se «expone», que es algo eminentemente diferente: los universitarios exponen mucho en los coloquios… pero no se exponen mucho. Uno debe esperar ataques de los denominados personales porque atacan a la persona (¿no se ha acusado a Karl Kraus de antisemitismo?), ataques ad hominem, cuyo objetivo es destruir en su principio, es decir, en su integridad, su veracidad, su virtud, a quien por medio de sus intervenciones se instituye en reproche vivo, irreprochable él mismo. 

¿Qué hace Kraus tan terrible para suscitar semejante furor? (Todos los periódicos se han puesto de acuerdo para callar su nombre, lo que no le ha salvado de la difamación). Algo cuyo principio da en una frase que me parece que resume lo esencial de su programa: «Aunque cada día no haga otra cosa que copiar o transcribir textualmente lo que hacen y dicen, me tratan de detractor». Esta espléndida fórmula enuncia lo que se puede llamar la paradoja de la objetivación: ¿qué es mirar desde fuera, como un objeto, o, según palabras de Durkheim, «como cosas», las cosas de la vida y, más precisamente, de la vida intelectual, de las que se forma parte, de las que se participa, rompiendo el vínculo de complicidad tácita que se tiene con ellas y suscitando la rebelión de las personas así objetivadas y de todos aquellos que se reconocen en ellas?

 ¿Qué es esta operación que consiste en hacer escandaloso algo que ya se ha visto, se ha leído, algo que se ve y se lee todos los días en los periódicos? (Es un poco lo que hemos hecho con Actes de la recherche en sciences sociales, que tiene varios rasgos comunes con Die Fackel: por el hecho de pegar un documento, una foto, un extracto de artículo a un texto de análisis se cambia completamente el estatuto tanto del texto como del documento; lo que era objeto de una lectura un tanto distraída, de pronto puede adquirir una apariencia sorprendente, incluso escandalosa.

Todas las semanas se ven editoriales pretenciosos —para ser auténticamente krausiano habría que mencionar los nombres propios—, luego un buen día se recorta uno de ellos y se pega en una revista y todo el mundo lo encuentra insoportable, insultante, injurioso, calumnioso, terrorista, etc.). Arrojar sobre el papel y entregar al público hacer público lo que de ordinario sólo se dice en el secreto del chismorreo o de la maledicencia inverificable, como las minucias altamente significativas de la vida universitaria, editorial o periodística, conocida por todos y a la vez fuertemente censurada, declarándose personalmente garante y responsable de su autenticidad es romper la relación de complicidad que une a todos aquellos que están en el juego, es suspender la relación de connivencia, de complacencia y de indulgencia que cada uno concede al otro a título de revancha y que cimienta el funcionamiento ordinario de la vida intelectual. Es condenarse a parecer un grosero inoportuno, que pretende elevar a la dignidad del discurso erudito simples chismes malintencionados o, peor, una persona que rompe el juego o un traidor que se va de la lengua. 

Si el recurso a la cita objetivante inmediatamente es denunciado e incluido en el Índice, es que se ve en ello una manera de señalar e incluir en el Índice. Pero en el caso particular de Karl Kraus aquello a quienes él incluye en el Índice son aquellos que habitualmente incluyen en el Índice. En términos más universales, él objetiva a los poseedores del monopolio de la objetivación pública. Hay que ver el poder —y el abuso de poder— volviendo este poder contra quien lo ejerce y ello por medio de una simple estrategia de mostración. Hay que ver el poder periodístico volviendo contra el poder periodístico el poder que el periodismo ejerce cotidianamente contra nosotros. 

Este poder de construcción y de construcción de la publicación de gran tirada, de la divulgación masiva, lo ejercen los periodistas todos los días por el hecho de publicar o no publicar los hechos o las palabras que se proponen a su atención (hablar de una manifestación o de silenciarla, dar cuenta de una conferencia de prensa o ignorarla, dar cuenta de ella de una manera fiel o inexacta, o deformada; favorable o desfavorable), o bien incluso a granel, por el hecho de poner títulos o leyendas, por el hecho de poner etiquetas profesionales más o menos arbitrarias, por exceso o por defecto (se podría hablar de los usos que hacen de la etiqueta de «filósofo»), por el hecho de constituir como problema algo que no lo es, o a la inversa. Pero pueden ir mucho más lejos, con toda impunidad, a propósito de personas o de sus acciones o de sus obras. Sin exagerar, se podría decir que tienen el monopolio de la difamación legítima.

Quienes ha sido víctimas de estos enunciados difamatorios y quienes han tratado de desmentirlos, saben que no exagero nada. La cita y el collage tienen el efecto de volver contra los periodistas una operación que ellos hacen cotidianamente. Y es una técnica bastante irreprochable porque, en cierto modo, es sin palabras. Una vez dicho esto, no todos los intelectuales y artistas son siempre aptos para inventar técnicas de este tipo. Uno de los intereses de Kraus es ofrecer una especie de manual del perfecto combatiente contra la dominación simbólica. Él ha sido uno de los primeros en comprender en la práctica que hay una forma de violencia simbólica que se ejerce sobre los espíritus manipulando las estructuras cognitivas. Es muy difícil inventar y, sobre todo, enseñar las técnicas de la self-defense que hay que movilizar contra la violencia simbólica. 

Karl Kraus también es el inventor de una técnica de intervención sociológica. A diferencia de este pseudoartista que pretende hacer «arte sociológico» cuando no es ni artista ni sociólogo, Kraus es un artista sociológico, en el sentido de que hace actos que son intervenciones sociológicas, es decir, «acciones experimentales» cuyo objetivo es llevar propiedades o tendencias escondidas del campo intelectual a revelarse, a desvelarse, a desenmascararse. Este es también el efecto de algunas coyunturas históricas que llevan a ciertos personajes a traicionar a plena luz lo que sus actos y, sobre todo, sus escritos anteriores sólo desvelaban bajo una forma extremadamente velada —pienso, por ejemplo, en Heidegger y su discurso del rectorado. Kraus quiere hacer caer las máscaras sin esperar la ayuda de los acontecimientos históricos. Para ello recurre a la «provocación» que empuja a la falta o al crimen. La virtud de la provocación es que da la posibilidad de «anticipar» haciendo inmediatamente visible lo que sólo la intuición o el conocimiento permiten presentir: el hecho de que las sumisiones y los conformismos ordinarios de las situaciones ordinarias anuncien las sumisiones extra-ordinarias de las situaciones extra-ordinarias.

Jacques Bouversse hizo alusión al famoso ejemplo de las falsas peticiones, verdaderos happenings sociológicos que permiten verificar leyes sociológicas. Kraus fabrica una falsa petición humanista, pacifista, a la que añade firmas de gentes simpáticas, realmente pacifistas y firmas de exmilitaristas recientemente convertidos al pacifismo (Imaginad por un momento lo que podría resultar hoy con los revolucionarios de Mayo convertidos al neoliberalismo). Los pacifistas son los únicos que protestan contra la utilización de su nombre mientras que los demás no dicen nada porque, evidentemente, eso les permite hacer retrospectivamente lo que no hicieron cuando hubieran debido hacerlo. ¡Esto es la sociología experimental!

Kraus despeja un determinado número de proposiciones sociológicas que son, al mismo tiempo, proposiciones morales. (Y rechazo aquí la alternativa entre lo descriptivo y lo prescriptivo). Las buenas causas dan horror y quienes se aprovechan de ellas: en mi opinión el estar furioso contra quienes firman peticiones políticamente rentables es un signo de salud moral. Kraus denuncia lo que la tradición llama el fariseísmo. Por ejemplo, el revolucionarismo de los literatos oportunistas del que demuestra que no es más que el equivalente al patriotismo y a la exaltación del sentimiento nacional de otra época.

Se puede imitar todo, incluso el vanguardismo, incluso la transgresión y los intelectuales que Karl Kraus parodia evocan ya a nuestros «intelectuales de parodia» —como los llama Louis Pinto— para quienes la transgresión (fácil, en general sexual) es obligada y todas las formas del conformismo del anti-conformismo, del academicismo del anti-academicismo, del que el «todo París» mediático-mundano es especialista. Tenemos los intelectuales taimados, incluso perversos, semiólogos convertidos en novelistas como Humberto Eco o David Lodge, artistas que emplean más o menos cínicamente trucos, procedimientos sacados de obras de vanguardia anteriores, comp. Philippe Thomas que hace firmar sus obras por coleccionistas y que tarde o temprano será imitado por otro que haga firmar sus obras por los mismos coleccionistas. Y así hasta el infinito.

Kraus denuncia también todos los beneficios intelectuales vinculados a lo que llamaremos el «devolver favores» y los mecanismos de la economía de intercambios intelectuales. Demuestra que la regla del toma y daca hace imposible cualquier crítica seria y que los directores de teatro no se atreven a rechazar una obra de un crítico poderosos como Hermann Bahr, que de este modo puede representarse en todos los teatros. Tenemos el equivalente con todos los críticos literarios que los críticos se disputan o a quienes confían la dirección de colección y yo podría dar ejemplos detallados de increíbles devoluciones de favores en las que de este modo pueden entrar en juego puestos universitario. 

Si nos reconocemos de manera evidente en Karl Kraus es que en gran parte las mismas causas producen los mismos efectos. Y que los fenómenos observados por Kraus tienen hoy su equivalente. Respecto a saber por qué a algunos de nosotros, escritores, artistas, en todos los países, sobre todo de lengua alemana, nos gusta particularmente Kraus, sin duda es más complicado. Ocupamos una posición y lo que nos gusta puede estar vinculado a esta posición. Es importante tratar de entender la posición de Kraus en su universo para tratar de entender lo que en esa posición hay de parecido u homólogo a nuestra posición que hace que coincidamos con su toma de postura.

Quizá el hecho de que es un intelectual a la antigua, formado a la antigua (basta con oír su alemán, su dicción, etc.), que se siente amenazado por intelectuales de nuevo cuño: es decir, por un lado los periodistas que, a sus ojos, son la encarnación de la sumisión al mercado; por otra, los intelectuales de administración, y de administración de guerra, y los intelectuales de aparato, los intelectuales de partido, que desempeñan un papel muy importante en su batalla. Contra él existía la alianza de apparatchiks y periodistas. También en esto, mutatis mutandis, existen muchas analogías con el presente. Quizá, como hoy, se estaban desplazando los límites entre el campo intelectual y el campo periodístico, y las relaciones de fuerza entre ambos campos estaban cambiando, con el ascenso en número y peso simbólico de los intelectuales «mercenarios», sometidos directamente a las exigencias de la competencia y del comercio.

Así, el hecho de que nos reconozcamos en Kraus sin duda está vinculado a una afinidad de humor. Podemos preguntarnos si para ser «moral», por poco que sea, no es necesario un poco de mal humor, es decir, mal con uno mismo, con la propia posición, con el universos en el que se vive y, por lo tanto, estar contrariado, chocado o escandalizado por las cosas que todo el mundo encuentra normales, naturales; y, en este caso, privado de los beneficios de conformidad y de conformismo que caen en suerte espontáneamente a quienes están espontáneamente conformes; en una palabra, si no hay que tener cierto interés por la moral (que no hay que esconderse). Pero la debilidad de Kraus —y de toda crítica de humor— es que no capta demasiado bien las estructuras; ve sus efectos, los señala, pero sin captar la mayoría de las veces su principio.

Ahora bien, la crítica de los individuos no puede hacer las veces de la crítica de las estructuras y de los mecanismos —que permite convertir las malas razones del humor, bueno o malo, en razón razonada y critica del análisis. Una vez dicho esto, el análisis de las estructuras no lleva a quitar su libertad a los agentes sociales. Tienen una parcelita de libertad que puede incrementarse por el conocimiento que pueden adquirir de los mecanismos en los que están atrapados. Por esa razón los periodistas se equivocan cuando tratan el análisis del periodismo como una «crítica» del periodismo, cuando deberían ver en ello un instrumento indispensable para acceder al conocimiento y a la conciencia de las obligaciones estructurales en las que están atrapados y, por lo tanto, darse un poco más de libertad. 

La sociología, lo vemos, no invita a moralizar sino a politizar. Como pone al día unos efectos de la estructura, arroja la mayor de las dudas sobre la deontología y sobre todas las formas de la pseudocrítica periodística del periodismo, o televisual de la televisión, que no son más que otras tantas formas de hacer tasa de audiencia y de restaurar su buena conciencia, al tiempo que se dejan las cosas como están. De hecho, la sociología invita a los periodistas a encontrar soluciones políticas, es decir, a buscar en el mismo universo los medios de luchar con los mismos instrumentos de ese universo por el control de los instrumentos de producción y contra todas las obligaciones no específicas que se imponen a ellos. Y esto sabiendo organizarse colectivamente, creando, sobre todo gracias a Internet, movimientos internacionales de periodistas críticos; en una palabra, inventando en lugar de la «deontología» verbal con la que se relamen algunos periodistas, una verdadera deontología de acción (o de combate) en la que y por la que algunos periodistas denunciarían, a la Kraus, en tanto que periodistas, a los periodistas que destruyen la profesión de periodistas. 

 

Pierre BOURDIEU: INTERVENCIONES (1961-2001): CIENCIA SOCIAL Y ACCIÓN POLÍTICA. Hondarrabia: Hiru, 2004; pp. 463-471. Traducción de Beatriz Morales Bastos.

© de los autores y editores. REPRODUCCIÓN EXCLUSIVA PARA USO ESCOLAR.

Tomado del blog de filosofía y pensamiento de Ramón Alcoberro

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