11 Noviembre 2009
En 1918, Stella Márquez Morales, una mujer de estatura diminuta, fue nombrada Superintendenta del Distrito Escolar Salinas-Santa Isabel. Había nacido en Ponce y era bisnieta de un terrateniente español llamado Nicolás Márquez. Su bisabuelo se estableció inicialmente en Santa Isabel y con el tiempo compró unas tierras en el barrio Río Jueyes de Salinas, creando una hacienda que llamó Isidora, enalteciendo así el nombre de su hija mayor.
Los comienzos de la labor de Stella Márquez como cabeza del distrito escolar fueron difíciles debido al estado de las escuelas y la educación en Salinas y Santa Isabel. La falta de profesionales naturales de la región, especialmente maestros, la motivó a luchar por el establecimiento de una escuela superior en Salinas.
Felizmente, convenció a las autoridades municipales a que financiaran totalmente la construcción y funcionamiento de la deseada escuela superior. En 1924 se construyó el edificio que fue inaugurado en 1925 dedicado a la memoria de Luis Muñoz Rivera. La recién inaugurada escuela estaba dotada con los mejores mobiliarios e instalaciones de la época, al punto de no tener que envidiar ninguna otra escuela superior del país. Abrió contando con biblioteca, teatro y laboratorios. Era financiada casi totalmente con fondos municipales y aunque no había la cantidad de estudiantes requerida para establecer una escuela superior, fue autoriza a funcionar como tal por el Comisionado de Instrucción de Puerto Rico.
Pero no solo logró Stella Márquez crear una escuela superior y organizar el primer año, sino que se las ingenió para organizar el cuarto año con sólo siete estudiantes. En un Puerto Rico que le negaba el derecho a la educación a las grandes mayorías y que estaba plagado de analfabetismo, contra viento y marea en 1928 se realizó la primera graduación de la Escuela Superior de Salinas. Josefa Monserrate, Julita Semidey, Nemesia Rivera, Rosaura Vázquez, Ada Martínez, Santiago Santiago y Enrique Renta, cinco chicas y dos chicos, fueron los primeros graduados de la Escuela Superior de Salinas, hace 81 años.
En esta ocasión, Roberto Quiñones nos proporciona dos fotos sobre los graduados de las 14ta y 16ta graduaciones de la Primera Escuela Superior de Salinas. Estas fotos de las clases de 1942 y 1944 recogen los rostros de los compueblanos que en aquellos años lograban graduarse de cuarto año. Entre ellos, quizás se encuentre el retrato de alguno de sus abuelos, padres y familiares, en el momento de graduarse de la Escuela Superior de Salinas, cuando su sede era el histórico edificio Luis Muñoz Rivera. Nuestra Primera Escuela Superior, que ahora se llama Escuela Stella Márquez Morales, en honor a su fundadora, tiene una hermosa historia de 84 años educando compueblanos nuestros, entre los que se cuentan la mayoría de los que colaboramos en Encuentro… al Sur.
©Sergio A. Rodríguez Sosa
Bibliografía
Márquez Morales, Stella. Memoria de mi vida profesional y la temática la historia de la Escuela Superior de Salinas. [San Juan, P.R., 1978]
Foto 1: Clase de 1942
Foto 2: Clase de 1944
Fotos proporcionadas por Roberto Quiñones
Pulse dos veces sobre las fotos para ampliarlas.
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Escrito por Sergio A. Rodríguez Sosa
11 Noviembre 2009
ÉL ERA ESTUDIANTE de segundo año de filosofía en la Universidad de Puerto Rico. Gustaba de aplicar lo que aprendía en sus clases.
Por eso, todos los viernes se iba para El Condado, área turística por excelencia en San Juan, a “hanguear” con las turistas.
Aquella noche se le dio buena. Estuvo con tres de ellas. A eso de las tres de la mañana salió de hotel tambaleándose. La jumeta le había salido gratis.
Un policía asignado al sector, dizque porque sabía inglés, al verlo en aquel estado y creyéndose que era un gringo, lo detuvo y le preguntó:
—Who are you ?
El filósofo mirándolo fijamente le respondió:
—What?
—Who are you ?,— volvió a repetir el policía.
Bueno, respondió el aprendiz de filósofo mirando al cielo estrellado:
—Yo soy una partícula infinitamente pequeña en este infinitamente grande universo. Me doy cuenta de que existo, de que por medio de los sentidos me comunico con el mundo físico. Pero hay algo dentro de mí que no entiendo. Le confieso que no sé de dónde vengo ni para dónde voy.
El policía lo miró extrañado y pensó para sí: “Si yo lo único que le pregunté fue el nombre”.
© Edelmiro J. Rodríguez Sosa, 2 de octubre de 2009.
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Escrito por Sergio A. Rodríguez Sosa
11 Noviembre 2009
Cuando el niño de los utrilones entró al salón, todo el mundo se echó a reír. Los deditos de Esteban sobresalían de la parte superior del calzado semejando las garras de un oso. Lo que no sabían los estudiantes era que él utilizaba aquellos zapatos de hule para llevar a su casa parte de la dieta. Todos los días iba al río Abey a pescar camarones y en una posa frente a Borinquen, se los quitaba, los sumergía en el agua y media hora más tarde pescaba cinco o seis crustáceos. Era una especie de trampa para asegurar la mestura del día.
Pasó el tiempo y el río se secó, dejando al niño sin la ilusión de aquel manjar rico en fósforo. Sólo el ruido de las maquinas excavadoras ensordecían toda la vecindad cuando extraían relleno para hacer urbanizaciones. Desde entonces, Esteban guardó sus utrilones e iba en chancletas a la escuela, esperando que el río volviera a crecer.
Hastiado del ruido de las máquinas, las risas y el polvorín, corrió hacia La Isidora y en una zanja arrojó sus utrilones. Un capataz que andaba cabalgando cerca le preguntó por qué se deshizo de sus zapatos. El contestó que no le servían para nada. El hombre de cabello blanco le dijo que no se desanimara, que tuviera fe; y quedó pensativo.
Media hora más tarde sacó del agua uno de sus utrilones y encontró dentro una anguila. Trató de pescarla y como era tan resbalosa no supo qué hacer. Pasó horas tratando de pescar aquel animal parecido a una culebra y casi dado por vencido, se echó tierra pulverizada en las manos y pudo capturarla. Cruzando el río cerca del malecón, la anguila se le resbaló de las manos y una máquina Caterpillar le pasó por encima triturándola en pedacitos. Esteban enfurecido, le tiró con los utrilones al maquinista y se fue corriendo rumbo a su casa, entristecido.
Veinte años más tarde hubo unos torrenciales aguaceros y el río comenzó a crecer de una manera tsunámica. Toda la gente del pueblo de Salinas se aglomeró en el malecón a ver el gran espectáculo. Un hombre que estaba cerca de las escaleras al final de la calle Monserrate se acercó al río y dos perros satos que bogaban en el agua se acercaron a él con dos utrilones repletos de camarones. El ingeniero se puso contento, dio las gracias a los perros y puso sus utrilones en una caja de cristal en su oficina donde hacía campaña a favor del medio ambiente.
©Edwin Ferrer 11/10/2009
*Utrilones –zapatos hechos de hule vendidos por medio dólar en los años 1960 a estudiantes de bajos recursos económicos de Puerto Rico.
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Plaza de los cuenteros | Etiquetado: cuentos, pesca, ríos, zapatos |
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Escrito por Sergio A. Rodríguez Sosa